domingo, 1 de abril de 2012

OPINIÓN: La visita de Benedicto XVI a México




El Papa vendrá a México no sólo a orar, ofrecer consuelo y esperanza a un pueblo herido por la violencia y la inseguridad cotidiana. Sin duda, hay una innegable dimensión política que los actores involucrados en la visita quieren enmascarar. Presentamos de manera esquemática algunas claves básicas de la primera y probablemente única visita de Benedicto XVI a México.
1. Será una visita pastoral y política. El Papa viene justo en medio del proceso electoral; no es un accidente y menos una inocente coincidencia. Se engarzan intereses con la intención de que todos ganen; el gobierno de Felipe Calderón busca la bendición y la legitimidad pontifical a su impugnada estrategia de combate al crimen, que atempere los cuestionamientos justo cuando su mandato llega a término; quedar menos vulnerable a los posicionamientos y discursos electorales. La jerarquía católica, por su parte, se favorece naturalmente con la visita: verá fortalecida la intención de politizar su agenda moral no sólo contra el aborto, nuevas parejas, defensa de la familia, sino ante la debatida libertad religiosa; aquí pretende un mayor espacio para la intervención institucional en la sociedad. Tampoco son accidentes las celeridades y procedimientos hasta atropellados de los legisladores para aprobar el artículo 24 constitucional. Dicha precipitación legislativa pone en evidencia arreglos. ¿Por qué la prisa y cuáles son las condiciones de dicha concertación?
2. Disputa electoral por el capital político católico. Aparentemente, Josefina Vázquez Mota y el PAN se verían beneficiados por los discursos ideológicamente cercanos del Papa. Sin embargo, ante el pragmatismo de la clase política, uno puede esperar todo. El PRI de Peña Nieto se ha mostrado en materia religiosa tan conservador como el PAN. Impera el cálculo político y los candidatos se apresuran para salir en la foto. En ese tenor, hasta López Obrador, desde su “república amorosa”, ha levantado la mano para buscar un encuentro con Benedicto XVI. ¿Existe el voto católico, y qué tanto peso tiene la jerarquía para incidir en la intención del voto?
3. Benedicto XVI corrige su estrategia hacia América Latina. Después de casi siete años de pontificado, México es el primer país de la América hispanoparlante que Benedicto XVI visita. Con cierto reproche, el cardenal Juan Sandoval Íñiguez cuestiona el eurocentrismo del Papa y afirma que viene a “pagar una deuda”. El llamado continente de la esperanza, la región con el mayor número de católicos, se va cayendo a pedazos. Todavía en la década de 1970 la mayor parte de las naciones latinoamericanas tenían arriba de 90% de católicos. Esta proporción se ha derrumbado estrepitosamente en los dos países con mayor número de católicos en el mundo: Brasil baja a 68% y México a 83%. Centroamérica presenta la mutación religiosa radical, en la que en países como Nicaragua y El Salvador los católicos apenas rebasan la mitad de la población. En términos geopolíticos, o eclesiósfera, el Vaticano podría estar reorganizando su estrategia frente a la región, sin duda relegada por la estrategia del Papa.
4. Ratzinger recoge sus frutos latinoamericanos. En el contexto de la celebración del bicentenario de la Independencia de varios países de América Latina, Benedicto XVI cosecha los frutos que sembró hace más de 20 años en la región. Recordemos que el cardenal Ratzinger, prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, sometió con aspereza las opciones de los católicos progresistas en América Latina que tenían presencia en los sectores sociales populares: campesinos, indígenas, obreros, mujeres, pobladores de barriadas, etcétera. Las sanciones a Leonardo Boff son uno de tantos ejemplos. Bajo el espíritu de la guerra fría, en los pasados años 80 dicha corriente fue inhibida, triturada y reducida a su mínima expresión. El mayor pecado de la teología de la liberación, según el propio Ratzinger, fue dejarse contaminar por las ideologías marxistas. Ese espacio social popular fue abandonado sin una hipótesis pastoral alternativa. El hueco fue rápidamente cubierto por los nuevos movimientos religiosos, especialmente por los de carácter pentecostal o parabíblicos, como los Testigos de Jehová. Sin que sea el factor determinante, el propio Ratzinger ha contribuido a la debacle católica en la región. Tiene una responsabilidad indiscutible y ahora enfrenta su propia paradoja.
Su limitado carisma mediático y la sombra de Juan Pablo II; su salud y ancianidad; su soledad en Roma, enfrentado no sólo a filtraciones de información, sino la reconfiguración de fuerzas en una atmósfera cercana al precónclave o fin de ciclo pontifical y, sobre todo, la incomprensible ausencia en su agenda de un encuentro con víctimas de abuso sexual, que incluyen las de Marcial Maciel. Concluyo retomando un artículo muy lúcido de monseñor Abelardo Alvarado Alcántara, obispo auxiliar de México, quien resalta las “circunstancias especiales” de la visita, en particular “la crisis de fe que se vive en la Iglesia, los escándalos por los casos de pederastia que han provocado fuertes ataques a la Iglesia y a la persona del pontífice; el proceso de secularización que se da a escala mundial, pero especialmente notable en países de raigambre católica”. Coincido con él: el continente latinoamericano avanza, a la vez que se advierte su nuevo protagonismo emergente en un contexto más complejo, plural y diversificado. En términos sociológicos queda claro que todo discurso religioso, por piadoso y espiritual que parezca, conlleva un modelo societal y un proyecto histórico. El Papa en México hablará no sólo de espiritualidad, pero tampoco sólo de política.
(Texto de Bernardo Barranco V., La Jornada, 14/III/12).


INTERNACIONAL: Aniversarios de la “nohistoria”




George Orwell acuñó el útil término de nogente para criaturas a quienes se les negaba la condición de personas porque no se ceñían a la doctrina estatal. Nosotros podríamos añadir el término nohistoria para referirnos al destino de las nogente, eliminadas de la historia por causas similares.
La nohistoria de la nogente se ilumina por la suerte que corren los aniversarios. Los importantes son usualmente conmemorados, con la debida solemnidad, cuando corresponde: Pearl Harbor, por ejemplo. Algunos no lo son, y podemos aprender mucho acerca de nosotros al extraerlos de la nohistoria.
En estos días estamos dejando de conmemorar un suceso que tiene un gran significado: el 50 aniversario de la decisión tomada por el presidente Kennedy de lanzar una invasión directa sobre Vietnam del Sur, lo que pronto se convertiría en el crimen más extremo de agresión desde la Segunda Guerra Mundial.
Kennedy ordenó a la fuerza aérea de Estados Unidos que bombardeara Vietnam del Sur (para febrero de 1962, se habían realizado cientos de misiones aéreas); la guerra química autorizada para destruir los cultivos de alimento y así someter a la población rebelde; y poner en vigor programas que, en última instancia, obligaron a millones de aldeanos a refugiarse en viviendas improvisadas en la periferia urbana y en campos de concentración virtuales, llamados aldeas estratégicas. Allí, los aldeanos serían protegidos de las guerrillas nativas a las que, como bien sabía la administración estadunidense, apoyaban voluntariamente.
Los esfuerzos oficiales para justificar los ataques fueron mínimos y, en su mayor parte, mera fantasía.
Fue típico el apasionado discurso del presidente a la Asociación Americana de Editores de Periódicos, el 27 de abril de 1961, cuando advirtió que estamos enfrentando en todo el mundo una conspiración monolítica e implacable que depende principalmente de medios encubiertos para expandir su esfera de influencia. En Naciones Unidas, el 25 de septiembre de 1961, Kennedy afirmó que si esa conspiración lograba alcanzar sus fines en Laos y Vietnam, las puertas quedarán abiertas de par en par. Los efectos a corto plazo de esto fueron reportados por Bernard Fall, respetado especialista e historiador de Indochina –no un pacifista, pero sí uno de quienes se preocupaban por la suerte de los pueblos de esos atormentados países–.
A principios de 1965 calculó que aproximadamente 66 mil sudvietnamitas habían sido abatidos entre 1957 y 1961; y otros 89 mil entre 1961 y abril de 1965, en su mayoría víctimas del régimen cliente de Estados Unidos o del aplastante peso de las fuerzas armadas estadunidenses, el napalm, los bombarderos a reacción y, finalmente, gases que causan vómitos.
Las decisiones se mantuvieron en la oscuridad, como lo fueron las consecuencias que todavía persisten. Para mencionar tan solo un caso: Tierra quemada, por Fred Wilcox, el primer estudio profundo del impacto terrible y aún en proceso de la guerra química sobre los vietnamitas, se publicó hace unos meses –y seguramente se unirá a otros materiales de la nohistoria–. El núcleo de la historia es lo que ocurrió. El núcleo de la nohistoria es desaparecer lo que ocurrió.
Para 1967, la oposición a los crímenes en Vietnam del Sur había adquirido una escala sustancial. Cientos de miles de tropas estadunidenses asolaban Vietnam del Sur, y las áreas con mayor población eran sometidas a intensos bombardeos. La invasión se había extendido al resto de Indochina.
Las consecuencias se habían tornado tan horrendas que Bernard Fall pronosticó que Vietnam, como entidad cultural e histórica ... se ve amenazada con la extinción ... (a medida) .... que la campiña literalmente muere bajo los impactos de la mayor máquina de guerra que se haya lanzado contra un área de este tamaño.
Cuando la guerra terminó, ocho devastadores años después, la opinión general estaba dividida entre los que la llamaban una causa noble que pudo haberse ganado de haber habido mayor dedicación; y, en el extremo opuesto, los críticos, para quienes fue un error que resultó demasiado costoso.
Aún estaba por ocurrir el bombardeo de la remota sociedad campesina del norte de Laos, que fue de tal magnitud que las víctimas siguieron viviendo durante años en cuevas para tratar de sobrevivir; y poco después el bombardeo de la rural Camboya, que superó el nivel de todo el bombardeo de los aliados en el teatro de guerra del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial.
En 1970, el asesor nacional de Seguridad Henry Kissinger había ordenado una campaña de bombardeo masivo en Camboya. Cualquier cosa que vuele o cualquier cosa que se mueva –un llamado para un genocidio de un tipo que rara vez se encuentra en los registros archivados.
Las de Laos y Camboya fueron guerras secretas en cuanto a que el reportaje de ellas fue escaso y los hechos son muy poco conocidos por el público en general o incluso por elites educadas que, sin embargo, recitan de memoria todos los crímenes reales o imaginarios de enemigos oficiales.
Otro capítulo en los abundantes anales de la nohistoria.
Dentro de tres años podremos –o quizá no– conmemorar otro suceso de gran relevancia contemporánea: el aniversario 900 de la Carta Magna.
Este documento es el cimiento de lo que la historiadora Margaret E. McGuiness, refiriéndose a los juicios de Nuremberg, proclama como una forma particularmente estadunidense de legalismo: castigo sólo para aquellos que se pueda demostrar que son culpables mediante un juicio justo con una miríada de protecciones de procedimiento.
Esta Gran Carta declara que ningún hombre libre será privado de sus derechos excepto por juicio legal de sus pares y por la ley de la tierra. Estos principios fueron posteriormente ampliados para su aplicación a todos los hombres en general. Cruzaron el Atlántico e ingresa- ron a la Constitución de Estados Unidos y a la Carta de Derechos, que declararon que ninguna persona puede ser privada de sus derechos sin un proceso debido y un juicio rápido.
Por supuesto, los fundadores no tenían la intención de que persona se aplicara a todas las personas. Los nativos americanos no eran personas. Ni lo eran los esclavos. Las mujeres apenas calificaban como personas. Mantengámonos, no obstante, apegados a la noción núcleo de la presunción de inocencia, que ha sido arrojada al olvido de la nohistoria.
Un paso adicional en cuanto a socavar los principios de la Carta Magna se dio cuando el presidente Barack Obama firmó la Ley Nacional de Autorización de Defensa, que codifica la práctica de Bush y Obama de detención indefinida sin juicio bajo custodia militar.
Tal trato es ahora obligatorio en el caso de aquellos acusados de ayudar a las fuerzas enemigas durante la guerra contra el terrorismo u opcional si los acusados son ciudadanos estadunidenses.
Su alcance es ilustrado por el primer caso de Guantánamo que llegó a los tribunales bajo el presidente Obama: el de Omar Khadr, ex soldado niño acusado del terrible crimen de tratar de defender a su aldea afgana cuando era atacada por fuerzas de Estados Unidos. Capturado a los 15 años de edad, Khadr fue encarcelado durante ocho años en Bagram y Guantánamo, y luego llevado ante una corte militar en octubre de 2010, donde se le dio a elegir entre declararse no culpable y permanecer para siempre en Guantánamo, o declararse culpable y cumplir sólo ocho años más de condena. Khadr eligió esto último.
Muchos otros ejemplos iluminan el concepto de terrorista. Uno es Nelson Mandela, sólo eliminado de la lista de terroristas en 2008. Otro fue Saddam Hussein. En 1982, Irak fue eliminado de la lista de estados que apoyan a los terroristas para que la administración Reagan pudiera proporcionar ayuda a Hussein después de que los iraquíes invadieron Irán.
La acusación es caprichosa, sin revisión o recurso para invalidarla, y usualmente refleja objetivos de política. En el caso de Mandela para justificar el apoyo del presidente Reagan a los crímenes del Estado de apartheid cometidos para defenderse de uno de los más notorios grupos terroristas del mundo: el Congreso Nacional Africano de Mandela. Todo esto mejor consignado a la nohistoria. 
(Texto de Noam Chomsky, La Jornada, 11/II/12).



OPINIÓN: Eloy Alfaro (1842-1912)





“Y así estaba, recogido, los nervios finos por saber, cuando su puerta se abrió de golpe. Él se incorporó, tieso y veraz.
“–¡Silencio! ¿Qué quieren de mí?
“Un tiro en la cabeza le hizo caer suavemente, como un desvanecer de piel y huesos… Desnudo ya, descolgado de su aventura, le llevaron hasta el filo del corredor, alto, alto, alto y de allí le aventaron contra el patio” (La hoguera bárbara, Alfredo Pareja Diez-Canseco, 1944).
Hace cien años, el 12 de enero de 1912, la vida de Eloy Alfaro, prócer del Ecuador moderno, llegó a su fin. En la abyección y el ultraje digitado por los liberales de levita y conservadores chupacirios que hoy continúan acechando, como buitres de la historia, la revolución ciudadana del presidente bolivariano Rafael Correa.
Alfaro nació en Montecristi, pueblo caliente ubicado en la combativa provincia de Manabí, cuna del "liberalismo machetero". Desde los 24 años, en la fragua militar contra los gobiernos conservadores llegó a general en jefe de la revolución liberal (1895), siendo elegido dos veces presidente de la república (1896-1901/1907-11).
Las derrotas del Viejo Luchador fueron amargas cuanto fructíferos sus muchos exilios en Panamá, donde fue acogido por el líder liberal Belisario Porras y en Nicaragua por el presidente José Santos Zelaya, quien le confirió el grado de general.
Melodía que Alfaro conocía por los relatos de las luchas independentistas que de niño le contaban su madre, y de joven Francisco Calderón, viejo cubano vinculado al primer grito emancipador de América Latina (Quito, 1809). Calderón había emigrado a la ciudad ecuatoriana de Cuenca y fue padre del capitán Abdón Calderón, muerto a los 18 años a causa de las heridas recibidas en la batalla de Pichincha (1822).
Según el historiador cubano Regino Sánchez Landrián, sería en Panamá donde Alfaro amplió sus horizontes. Allí entabló amistad con el colombiano Vargas Vila, el dominicano Máximo Gómez, José María Merchán, Antonio Maceo y otros ilustres patriotas antillanos y jefes mambises que se hallaban exiliados en el istmo cuando en la manigua cubana concluyeron las primeras acciones bélicas contra España, a finales de 1870.
En octubre de 1890 se entrevistó en Buenos Aires con el director del diario La Nación, Bartolomé Mitre, quien enterado de su inminente partida a Estados Unidos le entregó una suma importante para su corresponsal en Nueva York, José Martí. Alfaro andaba sin un peso, pero el dinero llegó intacto a manos del destinatario. En carta al ideólogo alfarista José Peralta le confiesa: "Recuerdo que la fortuna premió mis desdichas cuando conocí a Martí en aquel frío octubre por encomienda del señor Bartolomé Mitre".
En Vida y muerte de Eloy Alfaro, el biógrafo Roberto Andrade asegura que fue en Lima donde Máximo Gómez y Eloy Alfaro sostuvieron varias entrevistas, acordando la solidaridad y fraternidad cuando nada predecía el triunfo político de ambos. Alfaro cumplió, y así lo expresa Maceo, El Titán de Bronce, en carta fechada en Pinar del Río el 12 de junio de 1896:
"Por la prensa española he sabido que usted, en cumplimiento de lo que un día me ofreció, ha trazado en pro de la causa cubana. Reciba, por tan señalada prueba de amistad y de consecuencia, mis más expresivas gracias y las de este ejército." En efecto, no bien Alfaro alcanzó el poder, se dirigió a la reina de España y le solicitó la independencia de Cuba.
En ese mismo año de 1896, el gobierno alfarista convocó a un Congreso Nacional Americano, que debía reunirse en México para discutir la doctrina Monroe. Encuentro que fue boicoteado por el Departamento de Estado. Apoyándose en una circular de Miguel Covarrubias (encargado de negocios mexicano en Washington), el historiador ecuatoriano Juan Paz y Miño recuerda que para el secretario Richard Olney “…el Ecuador no tenía el prestigio bastante para acometer ni para llevar a cabo una empresa de la importancia que debía tener un Congreso americano”.
El guión de los enemigos de América Latina no ha variado. En 1900, durante la agresión y boicot de Alemania y Francia a los puertos de Venezuela por deudas impagas, el periódico británico Herald atribuía a “un diplomático europeo” lo siguiente:
“Hay muchas razones para creer que Cipriano Castro ha entrado en una conspiración con los presidentes del Ecuador y Nicaragua y los jefes revolucionarios de Colombia, animados por el propósito de unir cuatro países en una sola confederación… el presidente Castro ha estado fraguando aquel plan y que ha dado poderosos y frecuentes auxilios a los revolucionarios de Colombia, con absoluto menosprecio de todo principio de neutralidad, y aún de decencia…”
No satisfechos, quienes asesinaron a Alfaro en el penal García Moreno de Quito (donde el prócer se hallaba preso junto con sus lugartenientes), descuartizaron su cadáver.
¡Mueran los masones! ¡Mueran los herejes! ¡Viva la religión! Arrastrados por las calles céntricas, los pedazos del Viejo Luchador y el resto de las víctimas fueron quemados en el parque El Ejido.
Pareja Diez-Canseco evoca: “En la punta de una bayoneta, la barba de don Eloy viajaba iluminada por las llamas”.
(Texto de José Steinsleger, La Jornada, 18/I/12).



OPINIÓN: Neruda y el centenario del Partido Comunista




Este año celebramos y conmemoramos los 100 años de vida del Partido Comunista De Chile. Cien años de vida y de lucha junto al pueblo y a los trabajadores. No ha sido una vida, ni un camino fácil. Pero a pesar de la represión, pese a los golpes que hemos recibido en los diferentes periodos de la vida partidaria. Aún en estos días, aún en estos tiempos, seguimos presentes, vigentes, y seguimos siendo un partido de raigambre obrera, campesina e intelectual, inspirado por el pensamiento de Marx y Lenin. Seguimos existiendo y porfiadamente luchando por el socialismo en el convencimiento de que otro mundo mejor es posible. En esta nota dedicada Pablo Neruda y desde el oficio de escribir, entrego un aporte militante en el año del Centenario de mi Partido.
Pablo Neruda, militante del Partido Comunista De Chile, fue un destacado activista político, siendo Senador de la República, integrante del Comité Central del Partido Comunista y pre-candidato a la Presidencia.
Pablo, tu poesía, alimento necesario como el aire que respiramos. A España en el corazón, tu canto renació en la guerra. Bella tu obra, el Nobel no cambió tu esencia terrenal. La lucha de los pueblos, vegetaciones milenarias, Odas al amor, como el pan en la mesa, eso nos diste. Nosotros, recibimos tu poesía, tu canto, tu verbo. Emocionados vimos en tus palabras, vida, ilusiones. Residencia en la tierra tu dirección. Poeta tu curriculum. Una Prosa Poética al camarada Pablo, alma poética, terrenal, estelar. Dejaste  para las  generaciones  futuras  tu poesía militante al pueblo, a las gentes. Nos llega en las lluvias del sur.
Sobre la sangre derramada en ciudades y pueblos de la patria, sobre pirámides de libros cuyas palabras murieron en la hoguera, sobre el destino truncado de los presos políticos, de los desaparecidos, de los asesinados, sobre las almas desterradas a tierras sin nombres, construyó el general de mercenarios el gobierno militar de la incultura, la dictadura de los halcones de la guerra.
Pablo, cuando tu alma se fue hasta las alturas de Machu Picchu, comenzó una época terrible. Tus palabras quedaron junto a la gente organizando futuro. El mismo día de tu funeral comenzó a renacer el verbo sobreviviente del holocausto.
Modestas mujeres, hombres de trabajo la gente, el pueblo obrero y el pueblo campesino, estudiantes y cantantes, poetas y artistas, gritaron tu nombre, tus versos eran un grito de combate, bajo la mirada atenta de soldados armados. Con llanto en los ojos y coraje en el alma, el pueblo comenzó a cantar La Internacional. En todo el territorio de la patria prisionera se agitaron las almas combatientes. Ese día pusiste en el pecho del pueblo cuchillos que yacían enterrados.
Yaces poeta insomne, en tu lecho de elementos terrenales, ojos de futuro, cantos prolongados en la historia del tiempo. Vengo a cantar contigo. Traigo del sur las lluvias y las vegetaciones exuberantes, traigo rayos y truenos para que sembremos tempestades.
Vengo a cantar contigo, vengo de montes y quebradas vengo del Valle del Elqui, del pueblo de Canela, por esos lares dejé el arado esperando en las semillas. Estoy aquí para cantar contigo, y rencender el horizonte con las palabras. Estoy aquí, vengo a cantar contigo
Pablo Neruda, vienes desde el vientre del pueblo, desde las profundidades de la vida, desde socavones dormidos en lechos minerales, desde caminos rurales por los que la brisa de los días va besando la piel de los senderos. Vienes desde las alturas de los andamios con los que los obreros construyen grandes edificios.
Vienes desde las grandes ciudades de carreteras de asfalto y cemento, de rostros fríos, indiferentes, ausentes como el amor en fuga. Vienes desde el campo con olor a madre tierra en la que los labradores depositan semillas germinales.
Vienes desde territorios de alfareros, manos de arcilla y greda de las que salen ollas, jarros y vasos como pájaros del nido. Vienes desde mares reflejados en la luna de tus ojos, vienes desde los continentes perpetuados en los versos de tu poesía.
Vienes volando desde las alturas de cordilleras milenarias, testigos del paso de la cruz y la espada testigos del paso de la sangre y el fuego que invadieron de norte a sur nuestras tierras. Vienes desde territorios de habitantes indomables renaciendo en la raza templada por el fuego de los volcanes. Vienes desde la serenidad de las noches silenciosas del desierto. Desde todos los rincones de la patria, viene tu voz, tu canto, tu poesía.
Pablo Neruda, camarada poeta, en las grandes alamedas de la patria cerradas aún para el pueblo, entre banderas incendiarias y consignas, la gente grita e invoca tu nombre.
Pablo Neruda, camarada poeta, ¡Ven a renacer en la semilla!
Desde las alturas viene la poesía nerudiana, en estos tiempos. Aún vital y vigente. Trae las lluvias torrenciales del sur en sus pupilas. Sus pies van reconociendo los caminos, re- bautizando las tierras con nombres y recuerdos renacidos de los tiempos antiguos, antes de que las botas, fusiles y bayonetas las dividieran en regiones. Sus pasos van rencendiendo fuegos dormidos años centenarios, siglos milenarios.
Pablo aire y  agua, Pablo fuego y tierra, Tu  poesía se contiene en  todos los  elementos. Tu poesía conjuga la esencia de la vida. ¡Canta, canta poeta del pueblo! ¡Canta, canta poeta de raza indomable! Lautaro y Caupolicán cantan contigo.
¡Canta, canta poeta de los enamorados! ¡Canta, canta poeta de amantes fortuitos! Tu poesía de corazón rebelde, canta en las voces del viento. El pueblo hace suyo tu canto, sus manos buscan la lámpara que dejaste encendida. Capitanes del pueblo la encontrarán, y tu canto llevando aires de libertad, iluminará la patria desde el norte hasta la Araucanía.
(Texto de Norton Contreras Robredo, rebelión, 25/II/12).




OPINIÓN: Un bicentenario al revés





Es una lástima que apenas hace unos cuantos días llegara a mis manos el libro de Manú Dornbierer a propósito del bicentenario de la Independencia de México, en el que se abordan diferentes temas de actualidad nacional. Por fortuna la generosidad de Manú compensó el retraso que, además, como portada, exhibe el óleo de William Ellis, 1848, en que se ve a las tropas estadunidenses desfilar en el Zócalo de la ciudad de México, y en que la bandera de las barras y las estrellas ondea en el asta principal del palacio de los Virreyes (el cuadro original pertenece a una colección privada).
¿Por qué esta presentación tan fuerte para la mayoría distraída de nuestros compatriotas? Es que aquí se concentra la primera flecha envenenada de Manú. La segunda está en el recuerdo que hace la autora de la carta de Robert Lansing (1924), secretario de Estado de Woodrow Wilson, en que sugiere a los estadunidenses no empeñarse en imponer por la guerra como presidente a un ciudadano de ese país, “porque tendría un costo muy elevado y destruiría muchas propiedades extranjeras”. A Estados Unidos le convendría tener paciencia y seguir otro camino:
“…México es un país extraordinariamente fácil de dominar, porque basta con controlar a un solo hombre: el presidente… Debemos abrirles a los jóvenes mexicanos ambiciosos las puertas de nuestras universidades y hacer el esfuerzo de educarlos en el modo de vida americano, en nuestros valores y en el respeto al liderazgo de Estados Unidos. México necesitará de administradores competentes. Con el tiempo, esos jóvenes llegarán a ocupar puestos importantes y eventualmente se adueñarán de la Presidencia. Sin necesidad de que Estados Unidos gaste un centavo o dispare un tiro, harán lo que queremos. Y lo harán mejor y más radicalmente que nosotros”. Manú concluye que éstos son los presidentes neoliberales de México: Miguel de la Madrid, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón.
Como ya se habrá adivinado, este libro es un “homenaje” al revés, irónico radicalmente, a las “festividades” del bicentenario que hoy, a diferencia del homenaje porfiriano, parecería concebido para denigrar los 200 años, por dos razones: la primera es que hoy no habría demasiado que festejar y exhibir en México como actos de independencia; la otra es que más bien llegan a la memoria actos y decisiones recientes que comprometen gravemente y aun niegan la independencia de México. Manú Dornbierer es muy aguda al reunir y señalar los numerosas motivos que sitúan a nuestros actuales gobernantes en el polo opuesto de los mexicanos que hicieron la independencia.
Manú se refiere al “plan México”, a la guerra de las drogas, al neoliberalismo, a este “bicentenario sin obras”, al petróleo, a la pérdida de soberanía alimentaria y a tantos otros hechos que material y espiritualmente ponen en serias dudas la legitimidad del gobierno mexicano para llamarnos país independiente.
Desde luego, Manú Dornbierer nos recuerda que Dick Cheney, vicepresidente de George W. Bush, fue el verdadero inventor de la “guerra de las drogas”, cuando terminó la guerra fría y se encontró el nuevo gobierno con un excedente impresionante de capital ya innecesario para un eventual enfrentamiento con la Unión Soviética. La “guerra de las drogas” logró la criminalización de los productores y traficantes “en todos los países, menos en Estados Unidos”. También logra “proteger contra viento y marea a sus usuarios de drogas (el mayor mercado del mundo), aumentar el consumo local antes del tránsito y venderles a estos países colosales cantidades de armas y… unirlos al carro del inmenso negocio”.
También, muy pertinentemente, nos dice que el TLCAN “ha hecho más daño a México que el colonialismo español… Cada vez más países del orbe se independizan políticamente a través de sus instituciones… que gradualmente sustituirán a la OEA dominada por Estados Unidos”.
Manú Dornbierer sintetiza muchas páginas para decirnos, con economía y eficacia, que en las filas de los actuales gobernantes mexicanos hay infinidad de gestos destinados simplemente a ocultar y disimular, que resultan el polo opuesto de la autenticidad de los inspiradores y creadores de la independencia del país, y que su moral está por los suelos si la comparamos con la de quienes independizaron a México en distintas etapas de su historia.
En otro momento dice Manú (transcribiendo a J. D. Longstreet, quien escribió un artículo titulado The coming invasion of México) “que el gobierno mexicano es incapaz de obtener algo que se parezca al orden, porque los que tienen el verdadero mando del país son los que quieren matar y seguirán creciendo a menos que entren tropas de Estados Unidos a restaurar el orden y la seguridad…”, etcétera.
Todo esto parecería exagerado en primera instancia, pero no lo es tanto si penetramos seriamente en la mentalidad y perspectiva de los actuales gobernantes de México y de muchos gobernados. En definitiva no hay que ir tan lejos de la situación efectiva que vivimos con el actual (y los recientes) equipo de gobierno mexicano, sobre todo si consideramos el sentimiento general de los compatriotas respecto a los mismos.
Entre las distintas cuestiones que trata en sus escritos, Manú alude a la ausencia de ideas para la conmemoración del bicentenario. Ideas que no brotaron de la ciudadanía porque no había mucho que festejar; tampoco de los círculos de gobierno porque a ellos no les interesaba ni les interesa la independencia, la distancia con la gran potencia vecina, sino apenas la disposición de unos y otros para hacer negocios, esa sí desbocada. Tal es el criterio principal de Calderón y de su equipo de gobierno y también, por lo que sabemos, la irrefrenable voracidad del PRI para los negocios.
(Texto de Víctor Flores Olea, La Jornada, 12/III/12).

OPINIÓN: Un precursor de genios




Algunos prefieren llamar “secreta” a la literatura que por diversas razones no alcanza la gloria de la popularidad. Secretas sí, para el gran público, pero no para esos lectores voraces que suelen ser los colegas escritores. Así, hay obras cuyo destino parece ser el de nutrir literaturas y crear linajes, arriesgando nuevas formas de narrar y pensar, aun a costa de su propia posteridad. Son literaturas “madres”. A diferencia de los padres literarios, las “literaturas madres” son abiertas, pródigas, inconclusas. Sus descendientes, los escritores-lectores que tuvieron el privilegio de acceder a esa obra “secreta” se alimentarán de su genialidad, con la convicción que habría sido negligencia no imitar esa senda. Las palabras no son mías, sino del escritor Jorge Luis Borges, pronunciadas frente a la tumba de su colega Macedonio Fernández hace sesenta años, en febrero de 1952.
Escritor fuera de serie, Macedonio Fernández nació en Buenos Aires en 1874. Estudió abogacía, simpatizó con las ideas revolucionarias del fin del siglo XIX, y en 1897 fundó con otros intelectuales una colonia anarquista en la selva paraguaya que terminó poco después de comenzar. Por entonces creía en la capacidad del socialismo para responder “muy satisfactoriamente a la pregunta económica del problema social”, aunque advertía también que el “drama del mundo” contiene “muchas otras interrogaciones”. En 1901 se casó con Elena de Obieta, con quien tuvo cuatro hijos. En 1905 inició una correspondencia con el filósofo y psicólogo estadunidense William James, hermano del escritor Henry James, relación epistolar que se mantuvo hasta la muerte de James en 1910. En ese año fue nombrado fiscal en el Juzgado Letrado de Posadas, en el noreste del país, donde también fue director de la biblioteca y conoció al escritor Horacio Quiroga. Se cuenta que lo despidieron porque nunca condenó a nadie.
Trabajó como abogado hasta que la muerte de su esposa, en 1920, provocó una ruptura radical en la vida de Macedonio. Los niños pasaron al cuidado de familiares mientras él abandonó para siempre su profesión y se dedicó a escribir como un loco, viviendo en modestas pensiones. Sus únicas propiedades eran una sartén, un calentador, una pava para el mate, una guitarra y una fotografía de William James.
Desde esas pensiones oscuras Macedonio se convirtió en el referente de la vanguardia intelectual rioplatense de los años veinte, con jóvenes promesas como Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal o Raúl Scalabrini Ortiz.
En un mundo de apariencias y escalafones, de premios y homenajes, Macedonio eligió la austeridad, el aislamiento y el desdén de lo mundano. Aunque no dejó de interesarse por su tiempo. En 1927 se postuló a la Presidencia. Inventó su propia candidatura como un golpe de humor, a fin evidenciar las debilidades del escenario político argentino. En los años treinta apoyó a su amigo Scalabrini Ortiz en sus postulados de un “nacionalismo popular anticolonialista”. Por la misma época le escribió a Alfonso Reyes declarándole su interés por su carrera de “artista y de obrero de la iberoamericana identidad”.
La pasión de este nómade urbano fue el pensar; mejor dicho el pensarescribiendo. Y escribió como ninguno antes que él. Inventó artefactos literarios de todo tipo para expresar el caoscosmos. Cultivó el arte de los brindis, de los saludos, de los prólogos, de los comienzos. Y de hecho se convirtió en maestro de la vanguardia, del humor, del ultraísmo, de lo real maravilloso. Su obra es, pues, madre de literaturas. Hay trazos de Macedonio en Ricardo Piglia y en Gabriel García Márquez, en Clarice Lispector y en Italo Calvino (Si una noche de invierno un viajero parece inspirada en El museo de la novela la eterna), en el absurdo que derrocha María Elena Walsh, y en la historieta argentina, desde Fontanarrosa hasta Quino. La macedónica frase “Buenos días Mundo, siempre fenomeneando” (de Cuadernos de todo y nada) parece salida de la boca de Mafalda... cincuenta años antes que Quino le diera vida. Y Jorge Luis Borges, más que dilecto heredero, admitió frente a su tumba “Yo, por aquellos años lo imité, hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio.” Macedonio narra esta relación con su particular estilo en su autobiografía escrita para la revista Sur (ver Macedonio Mix).
En un texto de 1948 Ramón Gómez de la Serna escribió acerca del mundillo intelectual rioplatense:
Entre esa mezcla que tiene todos los matices, hay un literato singular, el que más admiro yo, porque ha reunido la arquitectura del pensamiento y la lengua española a la arquitectura criolla: Macedonio Fernández, que lleva sesenta años sin ser visto, cuando es el precursor de todos.
Pero no solamente fue venerado hasta el plagio. También fue ninguneado. Manuel Mujica Láinez lo trató de “loco y mamarracho, sólo digno de ser escuchado”, y Adolfo Bioy Casares confesó en 1976 su perplejidad ante los escritos de Macedonio, cuya fama consideraba un invento de Borges.
El museo de la novela la eterna se publicó en 1967, quince años después de su muerte. Escrita en tres momentos de su vida, a los treinta, continuada a los cincuenta y a los setenta y seis. Correcciones, críticas, borradores: ese es su argumento, el hilo desesperadamente difícil de encontrar. Macedonio es el teórico de la novela, la novela buena y la novela mala, el que desarma los géneros tradicionales apenas ingresado el siglo XX: zurcidos, remiendos, comienzos y retrocesos, recomendaciones... es la novela ilegible de Macedonio: “He logrado en toda mi obra escrita ocho o diez momentos en que, creo, dos o tres renglones conmueven la estabilidad, la unidad de alguien.” Su argumento es el lenguaje. La novela de Macedonio es el desmontaje de la novela.
“Filósofo de un país sin filosofía”, Macedonio Fernández se propuso abrazar la muerte del yo como forma superior de la vida. Casi un imposible para un argentino. Y, sin embargo, parece haberlo conseguido. Su obra permaneció invisible durante décadas, camuflada en la trama de las literaturas que lo sucedieron.
Murió el 10 de febrero de 1952, a los setenta y ocho años.
(Texto de Esther Andradi, La Jornada, 26/II/12).


OPINIÓN: La soledad de América Latina





Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.
Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros, y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana encargada de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.
La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santa Anna, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general Gabriel García Morena gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.
Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, ilumi nó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetu que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéros sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. Ha habido 5 guerras y 17 golpes de Estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto, 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi 120 mil, que es como si hoy no se supiera donde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres encintas fueron arrestadas y dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 muertes violentas en cuatro años.
De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 12 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el pais más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.
Me atrevo a pensar, que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.
Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construirse su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de  la incertidumbre durante  20 siglos antes  de que un  rey etrusco la implantara en la historia, y que aun en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna. Aun en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.
No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos hará sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.
América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.
Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.
Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad so bre la tierra.
Discurso del escritor, el 8 de diciembre de 1982, al recibir el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo, Suecia, que reproducimos en ocasión del trigésimo aniversario de esa histórica entrega.
(Texto de Gabriel García Márquez, La Jornada, 4/III/12).