domingo, 16 de mayo de 2010

OPINIÓN: Licencia para matar

El calderonismo considera que puede abatir la esperanza nacional de cambios y mejoría si continúa asesinando a lo mejor de una nación (los niños ABC, los jóvenes de Juárez y, ahora, los estudiantes del Tec, por citar unos pocos ejemplos notables) y si sigue demostrando a todos que ese terrorismo de Estado puede seguir adelante sin castigos verdaderos, sometido todo a la falsa lógica apabullante de una “guerra” contra el mercadeo de drogas que, entre otras cosas, ha generado en 2009 un demostrado crecimiento de la producción nacional de narcóticos y de las ganancias de sus operadores “ilegales”, sobre todo aquellos que son los institucionalmente consolidados como empresarios favoritos de los dos sexenios panistas.

Felipe Calderón ha otorgado en todo el país una licencia sin restricciones a los cuerpos armados federales para que, instalados así en un virtual estado de excepción, puedan actuar por encima y a contrapelo de la legalidad, realizando cateos, detenciones e incluso asesinatos a partir de consideraciones subjetivas, errores previsibles y figuras procesales primitivas, propias de regímenes dictatoriales, como las “denuncias anónimas” que se han constituido en falaz recurso de “justificación” de arbitrarias acciones policiacas y militares que están provocando bajas civiles constantes que, salvo en ocasiones de especial relevancia (como está sucediendo con el caso de los dos jóvenes estudiantes de posgrado del Tec de Monterrey), suelen ser atribuidas sin mayor valoración judicial a enfrentamientos entre narcotraficantes, ajustes de cuentas entre pandillas o, como quiso justificar el pasado 21 de marzo el devaluado secretario de Gobernación, a la desgracia de quedar en el fuego cruzado entre presuntos narcos y militares.

El comandante Felipe ha desatado una facciosa guerra macabra únicamente contra ciertos segmentos de la parte social no ejecutiva del proceso de creación de riqueza nacional llamado narcotráfico (ni quien toque con el pétalo de un disparo siquiera discursivo a los cárteles de cuello blanco, a empresarios y banqueros que disfrutan las ganancias del negocio cuyas infanterías diariamente son acribilladas). Y en ese proceso de criminalización ha convertido a todo habitante de este país en pieza de indagación ríspida a cargo del nuevo poder dominante, el de las armas y, dado el caso, de violencia sin límites ni contrapeso alguno: cualquiera puede ser (ya lo es, ya ha sido) maltratado de palabra en retenes inconstitucionales, sometido a revisiones excesivas y sin sustento, golpeado y posiblemente herido o asesinado por no obedecer, parcial o totalmente, supuestas órdenes o consideraciones que provienen de mandos cuya visión clasifica de inmediato a todo individuo ajeno a sus corporaciones como un eventual enemigo al que en la primera oportunidad se debe deshabilitar y, llegadas las circunstancias, eliminar.

Felices los que se dicen gobierno porque Estados Unidos acepta su “responsabilidad compartida”, que consistirá en seguir aplicando medidas unilaterales en México para que en este traspatio continúen la sangre y el miedo social, mientras en los jardines imperiales pro-sigue el plácido consumo de los enervantes nomás en suelo tercermundista combatidos.

Estados Unidos se compromete a entregar más dólares al atorado vecino pobre para que éste se llene de equipo, tecnología, asesores y agentes provenientes del país de las barras y las estrellas, todo lo cual formará parte de una reactivación financiera de la llamada Iniciativa Mérida que en realidad será un aceptado caballo de Troya para el control de un México que ha llegado a ser ingobernable (aunque no todos los dólares serán en efectivo, sino parcialmente en especie, para beneficiar a los productores gringos con compras con dinero “donado” y para evitar los sabidos actos de corrupción local que ese botín provocaría de entregarse directamente).

México se compromete a firmar los términos de cuan-to acuerdo le sea presentado por la parte dominante y a poner patrullas, policías, soldados y marinos cada vez que la interventora oficial, señora Clinton, necesite venir personalmente a verificar el cumplimiento de lo convenido. Igualmente, la residencia de paso llamada Los Pinos estará disponible para que al final de esas visitas ejecutivas algún funcionario extranjero pase a informar al ocupante de la citada residencia que los trabajos concluyeron satisfactoriamente (para los intereses de Estados Unidos).

México también se compromete a entender invariablemente que la frase “debemos estar juntos para hacer frente a esta amenaza” del narcotráfico significa que las decisiones y acciones locales serán siempre sometidas al criterio y resolución de los comisionados estadunidenses, sean éstos o no el embajador especialista en estados fallidos, de apellido Pascual. Para evitar controversias que pudiesen concitar la intervención de peritos traductores, la parte mexicana también acepta que la alocución “no se trata de reuniones, de discusiones, nuestros presidentes quieren resultados”, habrá de ser siempre entendida como un reconocimiento plenipotenciario de que el presidente Obama quiere resultados (en apoyo de este punto se deja constancia de que los mexicanos no cuentan, en realidad, con figura institucional que hiciera necesario dirimir a qué presidente se pudiera referir la antedicha frase).

Firman el contrato de anexión silenciosa, como testigos de honor, Fernando Gómez Mont, ya especializado en estos menesteres, y la canciller Patricia cuya función EsPenosa. De inmediato la parte estadunidense tomará control del manejo operativo de las fronteras mexicanas en términos migratorios (aduanas, aeropuertos, etc.) y políticos y policiacos en municipios y ciudades donde el desbordamiento oportunamente provocado haga necesaria la intervención de las fuerzas troyanas, incorporando así los conceptos estadunidenses de seguridad nacional y migración al menú que deberán servir los meseros hispanoparlantes.

(Texto de Julio Hernández López, La Jornada, marzo 22 y 24, 2010).

ANÁLISIS: A cien años de 1910

Cien años después de iniciada la revolución de 1910, en las profundidades del México popular, en los barrios proletarios de las aglomeraciones urbanas, en los desolados y antiguos campos de cultivo en que vegetan millones de campesinos hambrientos y carentes de todo, entre los millones de jóvenes sin perspectiva de ascenso social y destinados a la ignorancia y el desempleo, en las abandonadas comunidades indígenas. En esos espacios se está gestando otro proceso revolucionario. Se reeditarán entonces las hazañas de coraje, valor e inteligencia que desplegaron en 1910 las masas populares encabezadas por Villa y Zapata, y antes, las masas plebeyas que se agolpaban en las filas de los insurgentes de 1810.

Las revoluciones son los momentos culminantes en que encarnan los anhelos milenarios de emancipación y libertad de las masas oprimidas. Los explotados durante años toman conciencia de su situación y despliegan todas sus energías y con su acción transforman las sociedades. Son estallidos espontáneos de la ruptura de los pesados límites de la rutina de la necesidad cotidiana. Los oprimidos asaltan el cielo en búsqueda de su liberación.

Pero las revoluciones no se repiten. Cada revolución corresponde a su época, tiene sus protagonistas específicos y cumple tareas históricas concretas del periodo por el que atraviesan las formaciones económicas y sociales que las gestan.

La revolución que se gesta en estos días sombríos en el México profundo no será una repetición de la de 1910. Hoy la población de más de cien millones de habitantes poco se parece a los quince millones de mexicanos de 1910, cuya abrumadora mayoría eran campesinos.

Los trabajadores de la ciudad y el campo son hoy y lo serán aún más mañana los protagonistas principales de las luchas por la transformación de México.

El capitalismo depredador reina soberbia y arbitrariamente, exprimiendo la fuerza de trabajo de millones de trabajadores y saqueando los recursos naturales, energéticos, marítimos, fluviales, lacustres, forestales, volviendo eriales las tierras más fértiles y sembrando por todo el territorio nacional el desastre ecológico.

La mejor celebración de las hazañas liberadoras de hace cien y doscientos años es preparar las nuevas condiciones de la conciencia revolucionaria de los trabajadores: independencia absoluta con respecto de los explotadores, de sus gobiernos y partidos, unidad de todos los sectores de trabajadores, de los oprimidos del campo y la ciudad, capacidad de actuar políticamente de acuerdo a sus intereses contra la explotación capitalista hacia la transformación radical de la sociedad, surgimiento en el seno de las masas de una vanguardia política lúcida que opere como cerebro colectivo de las primeras para lograr orientarse a la construcción de una sociedad nueva basada en la solidaridad de clase e internacionalista.

Hoy en México la revolución que se prepara no puede mantenerse aislada en las fronteras nacionales, es decir, nacionalista. La globalización capitalista no va a retroceder, la revolución mexicana, y la de sus hermanas en los países latinoamericanos, para triunfar, deberán partir de la realidad existente y vincular sus luchas internacionalmente, porque la globalización capitalista los ha unido irremisiblemente.

La humanidad se plantea hoy tareas inéditas, de una complejidad inaudita en la que sólo la unión solidaria e internacionalista de los pueblos puede hacerles frente con éxito: la lucha contra las guerras imperialistas, contra el hambre y la miseria que aqueja a la mitad de la población en el mundo, contra la violación y la destrucción ecológica en marcha que ha producido el cambio climático con sus consecuencias devastadoras en potencia. Este es el mundo en el que el pueblo de México está inserto y al que su próxima revolución deberá responder en su desarrollo.

Comprender lo anterior y actuar en consecuencia para preparar esa transformación revolucionaria que se requiere, nacional e internacionalmente, es la mejor forma de honrar verdaderamente la memoria de los hombres y las mujeres cuyas gestas insurgentes recordaremos este año, aniversario del bicentenario del inicio de la independencia de México y del estallido de la Revolución de 1910.

(Tomado de LUS, no. 49).

NOAM CHOMSKY: Los no elegidos arquitectos de política

Los desplazamientos del poder en el mundo, actuales o potenciales, constituyen una de las preocupaciones de los analistas políticos y los observadores. Una de las preguntas es si China desplazará (o cuándo lo hará) a Estados Unidos como el protagonista dominante global, tal vez junto con India.

Este cambio provocaría que el sistema mundial volviera a algo como era antes de las conquistas europeas. El crecimiento económico de China e India ha sido rápido, y gracias a que rechazaron las políticas occidentales de desregulación financiera sobrevivieron la recesión mejor que la mayoría. Sin embargo, surgen interrogantes.

Una medición estándar de bienestar social es el Índice de Desarrollo Humano de la ONU, cuyos datos más recientes corresponden a 2008. India ocupa el lugar 134, ligeramente por encima de Camboya y por debajo de Laos y Tayikistán, aproximadamente el mismo sitio que ha ocupado durante años. China se ubica en el lugar 92, empatado con Belice, un poco arriba de Jordania, debajo de República Dominicana e Irán.

India y China también tienen mucha desigualdad, así que más de mil millones de sus habitantes caen aún más en la escala.

Otra preocupación es la deuda de Estados Unidos que, se teme, coloca al país bajo el yugo de China. Aparte de un breve interludio, desde hace mucho Japón ha sido el principal tenedor internacional de deuda del gobierno estadunidense. Además, el apalancamiento de los prestamistas está sobrevalorado.

En cuanto al poder militar, Estados Unidos se yergue completamente solo. Y Obama está imponiendo niveles históricos con su presupuesto militar. Casi la mitad del déficit estadunidense se debe al gasto militar, intocable en el sistema político.

Al considerar los otros sectores de la economía de Estados Unidos, el premio Nobel Joseph Stiglitz y otros economistas advierten que debemos cuidarnos del fetichismo deficitario. El déficit estimula la recuperación, y puede superarse con una economía al alza, como sucedió después de la Segunda Guerra Mundial, cuando éste era mucho peor.

Se espera que la deuda crezca, debido principalmente al totalmente ineficiente sistema privatizado de cuidado de la salud –también virtualmente intocable–, gracias a la habilidad de las empresas para superar la voluntad pública.

No obstante, el marco de estas discusiones es engañoso. El sistema global no sólo es una interacción entre Estados, en el que cada uno busca cierto “interés nacional”, ajenos a la distribución del poder interno. Desde hace mucho se ha entendido eso.

Adam Smith concluyó que los “principales arquitectos” de la política en Inglaterra eran los “comerciantes y manufactureros”, quienes se aseguraban de que sus propios intereses fueran “atendidos de la forma más peculiar”, sin importar sus “penosos” efectos sobre los demás, incluyendo el pueblo de Inglaterra.

La máxima de Smith sigue siendo cierta, aunque actualmente los “principales arquitectos” son las corporaciones multinacionales y, particularmente, las instituciones financieras cuya participación en la economía ha explotado desde los años 70.

En Estados Unidos hemos visto una dramática ilustración del poder de las instituciones financieras. Durante la última elección presidencial aportaron el núcleo del financiamiento del presidente Obama.

Naturalmente esperaban ser recompensados, y así fue, con los Programas de Alivio de Activos en Problemas (TARP) y con mucho más. Por ejemplo, Goldman Sachs, la más dominante en la economía y el sistema político. La firma hizo una fortuna vendiendo títulos respaldados por hipotecas e instrumentos financieros muy complejos.

Conocedora de la fragilidad de los paquetes que ofrecía, la firma aceptó apuestas con la gigantesca aseguradora American International Group (AIG), de que tales paquetes iban a desplomarse. Cuando el sistema financiero se colapsó, AIG también se vino abajo.

Los arquitectos de política de Goldman no sólo negociaron un paquete de rescate para Goldman, sino también lograron que los contribuyentes salvaran a AIG de la bancarrota, consecuentemente rescatando a Goldman.

Ahora Goldman está registrando ganancias históricas y pagando gruesos bonos y, junto con algunos otros bancos importantes, es más grande y fuerte que nunca. El público está furioso. La gente puede ver que los bancos que fueron agentes principales de la crisis están prosperando grandemente, mientras la población que los rescató se enfrenta a un desempleo de casi 10 por ciento.

El descontento popular finalmente produjo un cambio de retórica de la administración estadunidense, que respondió acusando de codiciosos a los banqueros, junto con algunas sugerencias de política económica que a la industria financiera no le agradan (la Regla Volcker y otras propuestas).

Dado que se suponía que Obama iba a ser su hombre en Washington, los principales arquitectos pronto se movilizaron para lanzar sus instrucciones: “a menos que Obama se alineara nuevamente, enviarían sus fondos a la oposición política”.

En pocos días, Obama informó a la prensa que los banqueros eran “buenos tipos”, singularizando a los dos principales, JP Morgan Chase y Goldman Sachs: “Al igual que la mayoría de los estadunidenses, no tomo a mal la riqueza o el éxito de la gente –dijo Obama–. Es parte del sistema de libre mercado”. Que es, precisamente, como se interpretan los “mercados libres” en la doctrina del capitalismo de Estado. Ese cambio radical en el discurso de Obama es una fotografía reveladora de la máxima de Smith en acción.

Los arquitectos de la política también están operando un verdadero cambio de poder: de la fuerza de trabajo mundial al capital trasnacional.

Martin Hart-Landsberg, economista y especialista en China, explora la dinámica. China se ha convertido en la planta ensambladora de un sistema de producción regional. Japón, Taiwán y otras economías asiáticas desarrolladas exportan partes y componentes de alta tecnología a China, donde se ensamblan y exportan los productos terminados.

El creciente déficit comercial de Estados Unidos con China ha generado preocupación. Consecuentemente, éste se ha reducido marcadamente con Japón y el resto de Asia conforme toma forma el nuevo sistema de producción regional. Las manufactureras estadunidenses están siguiendo el mismo camino, enviando partes y componentes a China para que ésta ensamble y exporte, en su mayoría de regreso a Estados Unidos. Para las instituciones financieras, comercializadoras gigantes de venta al menudeo, y los dueños y gerentes de industrias manufactureras, estos desarrollos son celestiales.

En 2007, Ralph Gomory, director de la Fundación Alfred P. Sloan, testificó ante el Congreso que “en esta nueva era de globalización, los intereses de las empresas y los países han divergido”. En contraste con el pasado, lo que es bueno para las empresas globales estadunidenses ya no necesariamente es bueno para los ciudadanos estadunidenses.

Examinemos a IBM. A finales de 2008 más de 70% de los 400 mil trabajadores de la empresa estaba en el extranjero, de acuerdo a la revista Business Week. En 2009, IBM redujo su nivel de empleo en Estados Unidos otro 8%.

Para la fuerza laboral, el resultado podría ser “penoso”, según la máxima de Smith, pero es bueno para los principales arquitectos de la política. Las investigaciones actuales indican que aproximadamente una cuarta parte de los empleos estadunidenses será “extranjerizado” en dos décadas, y los que queden se enfrentarán a menos beneficios y peores sueldos debido a la mayor competencia de los trabajadores remplazados.

Este patrón sigue después de 30 años de estancamiento o desplome para la mayoría, pues la riqueza fluye hacia pocos bolsillos, llevando probablemente a la mayor desigualdad social en la historia de Estados Unidos.

Pese a que China se está convirtiendo en la ensambladora y plataforma de exportaciones del mundo, los trabajadores del país están sufriendo junto con el resto de la fuerza laboral mundial, como lo anticiparíamos en un sistema diseñado para concentrar riqueza y poder, y para que los trabajadores compitan entre ellos globalmente.

En el mundo, la participación de los trabajadores en el ingreso nacional se ha reducido en muchos países –radicalmente en China–, generando creciente inestabilidad en esta altamente desigual sociedad.

Así que tenemos otro cambio importante en el poder mundial: de la población general a los principales arquitectos del sistema global, proceso asistido por el socavamiento de la democracia funcional en los países más poderosos.

El futuro depende de cuánto esté dispuesta a soportar la gran mayoría, y si se puede desarrollar una respuesta constructiva que confronte los problemas en el centro del sistema de capitalismo de Estado de dominación y control. De lo contrario, los resultados podrían ser tétricos, como lo revela más que ampliamente la historia.

(Texto de Noam Chomsky, La Jornada, 7/III/10).

REVOLUCIÓN: Por un proletariado con cabeza

La izquierda revolucionaria ha de aparecer claramente como la fuerza más unitaria del proletariado —me refiero ahora al proletariado en el sentido más amplio de la palabra—. Si lo consigue, habrá empezado a abrir brecha. Esto cambiaría ya algo en el campo político, es la primera meta táctica que hay que alcanzar: Ernest Mandel, Marxismo abierto

1. La verdadera tragedia del pueblo mexicano es el de carecer de un auténtico partido revolucionario. A los grandes y graves problemas sociales del país debemos sumar el de la falta de una organización política clasista-proletaria, anticapitalista, antiimperialista, socialista y democrática. Existe, pues, una profunda crisis de dirección revolucionaria.

La situación actual se podría caracterizar hasta cierto punto —pero solamente hasta cierto punto— de esta manera: Los de arriba ya no pueden gobernar tan fácilmente, y los de abajo ya no se dejan gobernar tan fácilmente; dicho de otra forma: los de abajo no quieren ser gobernados como hasta este momento y los de arriba no pueden gobernar como antes. Para ser más precisos, los procesos políticos actuales van hacia una situación coyuntural llena de tensiones sociales y de conflictos.

Para que la crisis prerrevolucionaria se transforme en una evidente crisis revolucionaria se requiere de condiciones subjetivas extraordinarias que no podemos determinar cuándo ocurrirán, pero si qué tipo de condiciones son imprescindibles para que suceda. De ello da cuenta Lenin en su texto “izquierdismo”, enfermedad infantil del comunismo (1920). Si bien Lenin no habla explícitamente del papel del partido, está implícito en su formulación cuando habla de los revolucionarios, pues éstos están organizados en un partido. Para el proletariado es indispensable tener una cabeza (la conciencia colectiva organizada), por así decir, que tenga la capacidad de dirigir el movimiento revolucionario.

En México hay una profunda crisis del Estado, especialmente el de su actual gobierno panista respecto, entre otras cosas, a su legitimidad política, como resultado de un fraude electoral. En el marco de una situación de un gobierno débil políticamente y de un malestar de grandes sectores populares por el hartazgo respecto de la impunidad y la corrupción de la clase política en el poder, una contradicción mayúscula es la inexistencia de una alternativa de poder clasista mediante una organización política de los trabajadores.

2. Desde el año de 1962, en su famoso libro, José Revueltas había analizado críticamente la cuestión de la ausencia en México de una organización partidista revolucionaria, que a la fecha sigue vigente. Sus profundas reflexiones sobre un proletariado sin cabeza culminan en una tesis central del libro: la inexistencia histórica del partido de la clase obrera. Como podemos leer en el prólogo: “A principios de los (años) sesenta, el autor (Revueltas) consideraba que el “marxismoleninismo” había sido completamente desvirtuado en México y que “había que regresar a su fuente viva y regeneradora”. En pocas palabras, Revueltas establecía la tesis de una profunda crisis histórica del Partido Comunista y del movimiento revolucionario en México, y afirmaba tajantemente que “El proletariado mexicano debe desenajenarse de la ideología democrático-burguesa; dos de cuyas ramas ‘marxistas’ son, de una parte, el Partido Comunista Mexicano, y de la otra, el lombardismo. La liquidación ideológica de ambas corrientes es el requisito indispensable para que la conciencia obrera pueda convertirse en la conciencia organizada y concreta de su clase, es decir, en su partido”. Revueltas confirma la necesidad de la creación del partido proletario de clase como cabeza, como conciencia organizada, del “cerebro colectivo que piense por la clase, para la clase y con la clase”.

La extinción del Partido Comunista Mexicano (PCM) en 1981, o la muerte de Vicente Lombardo Toledano en 1968, no resuelven el problema expuesto por Revueltas. Lo cierto es que el proletariado en general no se ha desenajenado de la ideología democrático-burguesa precisamente por la ausencia del partido clasista que contribuya a solucionar la crisis organizacional proletaria. Más aún, todavía existe vagando como espíritu fantasmal la ideología estalinista y lombardista en algunos sectores izquierdistas, que añoran los grandes días de “gloria” del PCM y del Partido Popular Socialista (PPS).

3. La vieja consigna de Marx, pero vigente por su enorme importancia, de que la “emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos” permite entender en gran parte la situación de la crisis organizacional de la izquierda socialista mexicana. Históricamente, la clase obrera ha estado domesticada políticamente por la burguesía mexicana e imperialista. Esto viene ocurriendo desde los primeros años posrevolucionarios y tal hecho dio sustento político por largas décadas al bonapartismo a la mexicana. En pocas palabras, el mexicano no se ha podido quitar el yugo de la clase dominante local y foránea. El proletariado mexicano ha estado ausente, en la práctica, de la vida política nacional como clase social antagónica al poder dominante. Al margen de la discusión sobre las poderosas razones por las que impera esta situación, es un hecho histórico que debemos reconocer de entrada; la cuestión innegable es que un sector considerable y significativo de los trabajadores mexicanos está sometido a un control gremial corporativo mediante los sindicatos charros, semicharros o “blancos” (patronales). El proletariado en general está domesticado política e ideológicamente por el Estado, en tanto cuanto éste es representante del capital en su conjunto, y eso es un verdadero problema por resolver entre los sectores democráticos clasistas de trabajadores y los núcleos de izquierda radical. De ahí que un factor clave y estratégico para la construcción del partido proletario es la democratización sindical o la organización de sindicatos democráticos clasistas y combativos. Esto es algo consabido desde hace muchas décadas, sin embargo, el hecho es que sigue siendo una tarea fundamental si queremos verdaderamente empezar a construir un partido revolucionario representativo de los intereses del pueblo trabajador. El hecho importante en sí mismo de que algunas luchas y movilizaciones del sindicalismo existan como expresión de la lucha de clases tales como las que protagonizan los maestros de la CNTE, contingentes de trabajadores mineros en huelga, o de electricistas (del SME), entre otras, no significa que exista realmente un ascenso del movimiento proletario, todavía maniatado políticamente. Revueltas decía que “las acciones espontáneas de la clase obrera, si bien expresan ciertas formas ‘naturales’ de su ser independiente, no constituyen su independencia real, pues se reducen a manifestarse como simples luchas obreras pero no de la clase obrera”.

El grueso de los trabajadores petroleros, electricistas, del magisterio, mineros, por citar algunos sectores, están pasivos en la crisis actual, precisamente por estar controlados políticamente. A ello debemos sumar la ausencia de una alternativa gremial organizada clasista, como podría ser una central o una confederación sindical democrática e independiente.

4. El partido, o como quiera denominarse la forma organizativa del proletariado revolucionario, es o debe ser el instrumento de lucha por el poder de los trabajadores en la sociedad, de sus verdaderos intereses históricos, y no la suplantación o simulación de tales intereses. El partido debe encarnar a un sector, así sea minoritario, del proletariado fabril. Esta consideración nos conduce necesariamente a la reflexión en torno a la conformación del proletariado como sujeto histórico-revolucionario y la concreción de su conciencia de clase. Es decir, a la discusión sobre la cuestión de la centralidad del proletariado como sujeto revolucionario. Este tema, relativo a los problemas de la lucha y la organización de los trabajadores, a nuestro juicio, sigue siendo vital. Ernest Mandel decía que: “Uno de los méritos principales de Marx en la historia del movimiento socialista consiste en que mostró hasta qué punto los movimientos radicales de emancipación sólo pueden tener éxito si se vinculan no sólo con intereses específicos de clase, sino también con una visión del conjunto social y de clase que permita al proletariado llevar a cabo la transformación radical de la sociedad. Que se lo permita en el sentido económico de la palabra, es decir, que disponga del poder necesario para ello. Que se lo permita en el sentido político-sociológico de la palabra, en la medida en que muestre al menos periódicamente, la inclinación a ello… Todo retroceso de la centralidad del proletariado como sujeto revolucionario a determinaciones vagas o inexactas conduce a que el socialismo no sea ya visto como resultado de la lucha de clases librada en la realidad, condicionada por una situación social y unos intereses materiales, sino sólo como la consecuencia de proyectos ideológicos o programáticos”.

5. ¿Cómo construir una alternativa de poder proletario? Marx ve en el proletariado al sujeto de la acción revolucionaria transformadora por antonomasia de la sociedad capitalista; es el sujeto en que deben focalizarse los esfuerzos organizativos sobre la base del principio emancipatorio y autónomo políticamente respecto del poder burgués. El principio de la conciliación o del colaboracionismo de clases, en cualquier terreno de la lucha de clases, no tiene nada que ver con la práctica revolucionaria y sí mucho con el reformismo pragmático y oportunista. Una de las tareas principales ha de ser romper el control de los aparatos burocráticos sindicales corporativos sobre la clase obrera o en su caso debilitar en gran medida ese control, pues las premisas objetivas para ello están dadas. En México pueden ocurrir estallidos sociales de diversa magnitud, como es el caso de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), pero si no existe una coordinación elemental y extensiva de las luchas de resistencia popular, obrera, campesina, estudiantil, indígena, etc., muy poco se puede esperar políticamente de estas revueltas e insurrecciones, muchas de ellas heroicas. Se trata de construir una unión de fuerzas alrededor de relaciones de clase; de organizar polos de resistencia social. Esto no implica, sin embargo, la subordinación de los diferentes movimientos sociales (feministas, ecologistas, culturales, etc.) a un movimiento obrero en permanente reconstrucción, sino la búsqueda de convergencias en las que el propio capital sea el principio unificador activo. Es decir, orientar el potencial revolucionario de las masas hacia la toma del poder por el proletariado y la transformación socialista de la sociedad. Aquí cabe la referencia a la noción estratégica de la revolución permanente en contraposición a la fórmula gradual, etapista y del llamado socialismo en un solo país, de corte estalinista.

Hoy es claro que ninguna organización o fuerza política por sí misma puede avanzar significativamente en la lucha contra el poder dominante. La clase trabajadora eleva su conciencia de clase en la medida en que lucha por sus demandas concretas y específicas.

Hoy la discusión sobre la orientación ideológica en la construcción de cualquier partido revolucionario debe considerar, ante todo, el predominio de ciertos principios políticos fundamentales sobre la base de una firme voluntad de lucha y de conciencia elemental de clase, como una elevada conciencia de izquierda anticapitalista (antineoliberal), socialista, de un antiimperialismo manifiesto, de un espíritu unitario y solidario, de estructuras y formas organizativas sustentadas en el centralismo democrático, y de un internacionalismo proletario acorde a los preceptos fincados por Marx. La consigna por un gobierno obrero, campesino-indígena y popular debe de ser una consigna permanente.

(Texto de Román Munguía Huato, LUS, no. 49).

HOWARD ZINN: El recuerdo del Holocausto

Hace algunos años, cuando daba clases en la Universidad de Boston, un grupo de judíos me pidió que diera una charla sobre el Holocausto. Hablé aquella tarde, pero no sobre el Holocausto de la Segunda Guerra Mundial, no sobre el genocidio de seis millones de judíos. Estábamos a mediados de la década de 1980 y el gobierno de Estados Unidos estaba apoyando a los gobiernos de los escuadrones de la muerte en América Central, así que hablé de la muerte de cientos de miles de campesinos en Guatemala y El Salvador, víctimas de la política estadounidense. Lo que yo planteaba era que no se debía encerrar con alambre de espino el recuerdo del Holocausto judío, reducirlo moralmente a un ghetto, mantenerlo aislado de otros genocidios de la historia. Me parecía que recordar lo que les había ocurrido a los judíos no servía para mucho a menos que suscitara indignación, ira, acción contra todas las atrocidades, en cualquier parte del mundo.

Unos días después en el periódico del campus había una carta de un miembro de la facultad que me había oído la charla, un refugiado judío que había huido a Argentina desde Europa y después a Estados Unidos. Se oponía enérgicamente a que yo hubiera ampliado la cuestión moral de los judíos de Europa en la década de 1940 a pueblos de otras partes del mundo en nuestra época. El Holocausto era un recuerdo sagrado. Era un acontecimiento único, que no se podía comparar con otros acontecimientos. Se sentía indignado por el hecho de que habiendo sido invitado para hablar sobre el Holocausto judío, yo hubiera hablado de otras cuestiones.

Me acordé de esta experiencia cuando hace poco leí el libro de Peter Novick, The Holocaust in American Life (El Holocausto en la vida estadounidense). El punto de partida de Novick es la pregunta de por qué, cincuenta años después del acontecimiento, el Holocausto tienen un papel más prominente en este país (el Museo del Holocausto en Washington, cientos de programas sobre el Holocausto en las escuelas) del que lo tuvo en las décadas inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Seguramente en el centro del recuerdo está un horror que no se debería olvidar. Pero en torno a este centro, cuya integridad no hay necesidad de realzar, ha crecido una industria de memorialistas que han trabajado para mantener este recuerdo vivo para sus propios fines.

Algunos judíos han utilizado el Holocausto como un medio de preservar una identidad única que ellos ven amenazada por los matrimonios mixtos y la asimilación. Desde la guerra de 1967 los sionistas han utilizado el Holocausto para justificar una mayor expansión israelí por tierra palestina y para construir apoyo para un atribulado Israel (más atribulado, como había predicho David Ben-Gurion, desde que ocupó Cisjordania y Gaza). Y los políticos no judíos han utilizado el Holocausto para construir apoyo político entre un grupo numéricamente pequeño pero influyente de votantes judíos (fíjense en los solemnes pronunciamientos de presidentes del país que llevan yarmulkas para poner de relieve su angustiada simpatía).

No me habría convertido en historiador sin haber pensado que mi deber profesional era acudir al pasado y no emerger nunca de él, y estudiar acontecimientos ocurridos hace mucho tiempo sólo por el hecho de ser únicos, sin conectarlos con acontecimientos que están ocurriendo en mi época. Yo pensaba que si el Holocausto tiene algún significado debemos transferir nuestra ira a las brutalidades de nuestro tiempo. Debemos expiar el haber permitido que ocurriera el Holocausto judío impidiendo que hoy ocurran atrocidades similares; en efecto, utilizar el Día de Expiación no para rezar por los muertos sino para actuar por los vivos, para rescatar a aquellos que están a punto de morir.

Cuando los judíos se vuelven hacia su interior para concentrarse en su propia historia y apartan la vista de las terribles experiencias de los demás, de manera terriblemente irónica están haciendo exactamente lo mismo que hizo el resto de mundo, con lo que permitió que se produjera el genocidio. Ha habido momentos ignominiosos, farsas del humanismo judío, como cuando las organizaciones judías presionaron en contra de que el Congreso reconociera el Holocausto armenio de 1915 basándose en que esto diluiría el recuerdo del Holocausto judío. O cuando los diseñadores del Museo del Holocausto abandonaron la idea de mencionar el genocidio armenio después de que el gobierno israelí presionara en sentido contrario (Turquía es el único gobierno musulmán con el que Israel tiene relaciones diplomáticas*).

Otro de estos momentos se produjo cuando Elie Wiesel, presidente de la Comisión del presidente Carter sobre el Holocausto, se negó a incluir en la descripción del Holocausto el asesinato por parte de Hitler de millones de personas no judías. Según él, eso hubiera sido falsificar la realidad en nombre de un universalismo equivocado. Novick cita las palabras de Wiesel en las que afirmaba que “nos están robando el Holocausto”. A consecuencia de ello, el Museo del Holocausto sólo se refirió de pasada a los cinco millones o más de personas no judías que murieron en los campos nazis. Construir un muro en torno a la excepcionalidad del Holocausto judío es abandonar la idea de que la humanidad es toda una, de que todos, sea cual sea nuestro color, nacionalidad o religión, merecemos los derechos iguales a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Lo que les ocurrió a los judíos bajo Hitler es único en los detalles pero comparte características universales con muchos otros acontecimientos en la historia de la humanidad: el tráfico de esclavos, el genocidio de los americanos originarios, la injurias y muertes de millones de trabajadores, víctimas del espíritu del capitalismo que sitúa el beneficio por encima de la vida humana.

En los últimos años, al tiempo que cada vez se rendían más homenajes al Holocausto como el símbolo central de la crueldad de los hombres, hemos colaborado con una interminable cadena de crueldades por medio del silencio y la falta de acción. Hiroshima y My Lai son los símbolos más dramáticos, y ¿hemos oído a Wiesel y a otras personas que mantienen la llama del Holocausto indignarse contra estas atrocidades? Countee Cullen escribió una vez en su poema También los Scottsboro merecen su canción (después de la condena a muerte de los hermanos Scottsboro**): Seguramente, dije,/ ahora los poetas cantarán/ pero no alzaron grito alguno/ me pregunto por qué.

Ha habido las masacres de Rwanda y las hambrunas en Somalia que nuestro gobierno ha contemplado sin hacer nada. Ha habido los escuadrones de la muerte en América Latina y se ha diezmado a la población en Timor Este, y nuestro gobierno ha colaborado activamente con ello. Nuestros presidentes que acuden a la iglesia, tan piadosos en sus referencias al genocidio contra los judíos, continúan suministrando los instrumentos de la muerte a los perpetradores de otros genocidios.

Es cierto que hay algunos horrores que parecen estar más allá de nuestro poder. Pero existe una atrocidad actual a la que podemos ponerle fin. Novick lo señala y el médico y antropólogo Paul Farmer lo describe con todo detalle en su notable nuevo libro Infections and Inequalities (Infecciones y desigualdades), y es la muerte de diez millones de niños en todo el mundo cada año de desnutrición y enfermedades evitables. La Organización Mundial de la Salud calcula que tres millones de personas murieron el año pasado de tuberculosis, una enfermedad que es evitable y curable, como ha demostrado Farmer en su trabajo médico en Haití***. Con una pequeña proporción de nuestro presupuesto militar podríamos eliminar la tuberculosis.

Nuestro objetivo no es minimizar la experiencia del Holocausto judío, sino ampliarla. Para los judíos significa reclamar la tradición del humanismo universal judío frente a un nacionalismo centrado en Israel. O, como lo expresa Novick, volver a una conciencia social más amplia que fue el sello distintivo de los judíos estadounidenses de mi juventud. Los judíos israelíes que en los últimos años protestaron por que se pegara a los palestinos en la Intifada y que se manifestaron contra la invasión de Líbano demostraron esta toma de conciencia más amplia.

Para otros, ya sean armenios, o personas originarias estadounidenses, africanas, bosnias o de donde sea, esto significa utilizar sus propias historias sangrientas no para ponerse a ellos mismos contra otros, sino para crear una solidaridad más amplia contra quienes tienen la riqueza y el poder, contra los perpetradores, contra los horrores de nuestro tiempo

El Holocausto puede servir para un propósito poderoso si nos lleva a pensar el mundo de hoy como la Alemania de la época de la guerra, donde millones de personas morían mientras el resto de la población acudía obedientemente a sus tareas. Es una idea aterradora que los nazis en su derrota salieran vencedores: hoy Alemania, mañana el mundo. Esto es, hasta que abandonemos nuestra obediencia.

* Actualmente Jordania, Egipto y Mauritania mantienen relaciones diplomáticas oficiales con Israel. Pero a raíz de una intensa campaña por parte de Israel para “normalizar” relaciones con los países árabes, las relaciones no oficiales existen al menos con casi todos los países árabes musulmanes del Golfo además de con Marruecos, con Túnez y con Argelia a través de oficinas “de interés”.

** Los hermanos Scottsboro eran nueve hermanos de raza negra acusados de violar a dos mujeres sin hogar blancas en 1931, en plena época del segregacionismo estadounidense.

*** Paul Farmer es autor de un libro sobre Haití que se ha convertido en un clásico, Haiti para qué, Hondarribia, Hiru, 2002.

(Texto inédito en castellano de Howard Zinn de 1999, rebelión, 30/I/10).

VENTANAS: Dos poemas de Thanasis Kostavaras

El viaje

Dónde vamos
Dónde despilfarramos nuestras palabras más bellas, nuestros sueños más valientes...

Nos movemos como el fuego y nos apagamos lentamente sin dejar nada.
Cuando en nosotros alguna vez bramaron ríos./ Cuando florecieron mares.
Cuando bosques se hicieron tempestuosos, iniciando
viajes más allá de estas montañas cerradas.

Dónde vamos.

Regresamos.
Cada vez más inevitablemente, cada vez más desesperados/ regresamos.

Sin que hasta ahora viajemos./ A ninguna parte.

El circo

No he dicho nada todavía./ No he dicho nada aunque fluya siempre nuestro dolor
entre banderas, altavoces y fuegos artificiales.

Pero nuestro dolor más grande no se dice, no se escribe./ No lo escuchan los demás.

Sólo da vueltas dentro de nosotros. Como el león, gruñendo,/ comiendo de nuestra carne.

 SILVIO RODRÍGUEZ


Nuestro dolor más grande no se cambia en gloria./ No se vuelve circo ni mercado.˜

(Publicado en La Jornada, 25/X/09).

VENTANAS: Serena camina Antonia

Como un río bajando por la montaña,/ es Antonia,

dejando a su paso,/ vida y esperanza.

A siete árboles sus raíces riega,

con amor y devoción su sed sosiega.

Antonia de dulce mirada,

¿con qué he de comparar tu naturaleza?

¿con la de una estrella en la oscuridad brillando,

o una blanca tempestad de arena?

Con un rosario como amigo,/ serena camina Antonia;

a cada paso las campanas/ le indican su destino.

Solemne se inclina,

junta sus manos, en su rostro la paz revela…

tantos años no han sido en vano.

Serena camina Antonia,/ consciente de su andar,

tranquila por su obra/ y pureza en su mirar.

En sus ojos brillan

los recuerdos de una hermosa juventud,

endulzada por el amor,

de un hombre de virtud.

En sus pupilas encuentro

la verdad del mundo entero,

la sencillez con pies descalzos,

la honestidad del corazón tierno.

Sin bastón que la sostenga,/ serena camina Antonia.

Sus pies de bronce dejan huella

por el paso de la victoria.

Dueña de su espacio,

de su tiempo y travesía;

silenciosa riega el árbol

de la sabiduría.

Como un río que baja por la montaña/ es Antonia;

dejando a su paso/ vida y esperanza.

Las aves de los siete árboles,

se divisan sobre el mar,

y sus aguas dulces las vigilan,

cazando en ultramar.

Ochenta veranos han visto

pasar a este río de aliento,

y los pescadores que ahí nadaron…

encontraron alimento.

Miguel A. Luna, Monterrey, N. L. Junio, 2009.