domingo, 1 de abril de 2012

OPINIÓN: Decir y escuchar




La comunicación de gobierno, como la denominan los especialistas, es hoy en día una herramienta más de la acción política y, en consecuencia, de la gobernabilidad. Constituye un ámbito especializado de la gestión que es imposible de descuidar por parte de los gobernantes, en vista de su importancia y de la influencia que los sistemas complejos de comunicación tienen sobre las audiencias que, en este caso, constituyen también la ciudadanía. La gestión política no se puede concebir sin comunicación.
Es interesante señalar también que así como todo acto tiene una expresión comunicacional que es susceptible de ser leída de distintas maneras, también es verdad que no todo es comunicación. Por esta razón es imposible disimular los errores de una gestión con campañas de marketing o con estrategias de comunicación para impactar y convencer a las audiencias ciudadanas de que está ocurriendo algo que va en sentido contrario a lo que sus ojos y sus sentidos perciben. Se puede disimular o engañar por un tiempo, pero finalmente la verdad terminará aflorando si existen voces diversas, pluralidad de fuentes y perspectivas. Es una realidad de la que no se convencen todavía ciertos dirigentes políticos.
Tampoco es tan fácil instalar mentiras o difamaciones, salvo en condiciones monopólicas como las que existieron en tiempos no demasiado remotos en la Argentina. Afortunadamente esas etapas están quedando atrás, aunque todavía vivamos las arremetidas de quienes no se resignan a perder el privilegio del relato único que les otorgaba el control monopólico de los medios y, como parte de la ofensiva, salen a denunciar una presunta pretensión gubernamental de controlar el discurso.
Más allá del debate político sobre estos asuntos, es oportuno recordar que los estudiosos de la comunicación han dado por superada la confusión entre información y comunicación. La comunicación es multidireccional o no es tal; es relacional o no es tal; es proceso, contenidos, estéticas y lenguajes o no es tal; es diversa y democratizadora o no es tal. No hay comunicación en la unidireccionalidad y la información, siendo parte, no agota la comunicación. Todo esto habla de una complejidad evidente en lo conceptual y en lo real, que se ha profundizado con el desarrollo vertiginoso de las tecnologías de la comunicación.
Lo dicho es aplicable a la comunicación en general, pero también y de manera particular a la llamada comunicación de gobierno. Esta acción política comunicacional no puede limitarse sólo a los anuncios, a los discursos. Para ser tal, para mejorar en calidad –también para alcanzar eficacia– requiere de la riqueza misma de la comunicación. Es decir, habilitar la posibilidad del diálogo, del intercambio o, en otras palabras, de la construcción colectiva de sentidos. No se construyen sentidos colectivos con la redundancia de un discurso, con la repetición de frases o eslóganes más propios de la propaganda que de la comunicación entendida como un proceso cognitivo, cultural, social y político.
Las eventuales fallas en una comunicación de gobierno no deberían mirarse solamente por lo que se dice o lo que se omite, sino también y fundamentalmente por la existencia o la ausencia de canales fluidos para recabar, recibir y socializar opiniones, reacciones, puntos de vista que provienen de la ciudadanía, de los actores sociales, comunitarios, sindicales y políticos.
Se trata fundamentalmente de habilitar la escucha como parte esencial de la comunicación de gobierno que, por esta vía, se enriquece en sus contenidos y abre alternativas para construir una comunicación más democrática, con posibilidades de constituirse en sólida base de sentidos compartidos entre emisores y receptores que abandonan un rol estático y estereotipado para ser, simultánea y activamente, audiencias-emisoras y emisores-audiencias.
Ese es el valor profundo de la comunicación en la que no existen roles estáticos o inmodificables. Pero es también el sentido político de la comunicación que quiere aportar a la consolidación y profundización de la democracia, desde la escucha de la diversidad. Porque habilitar y profundizar la escucha es, al mismo tiempo, potenciar la palabra liberada. Argentina ha dado y está dando pasos muy importantes en cuanto a la democratización de la comunicación. La comunicación de gobierno, como estrategia de acción política y como herramienta de gobernabilidad, debería ser también un capítulo para incluir en los próximos debates. En todos los niveles y en todas las jurisdicciones, sin importar el color político de los gobernantes.
(Texto de Washington Uranga, página 12, 14/III/12).

OPINIÓN: ¡Viva “La Pepa”!





¿Cuándo empezó el gran debate ideológico y político en nuestra América? ¿Con el primer informe de Colón, o al arrancar la empresa feudal de la Conquista? ¿Luego de la caída de Tenochtitlán, el Incario y el exterminio de los pueblos originarios? ¿Con la disolución de la Gran Colombia, o con las primeras aventuras de los yanquis al sur del río Bravo?
Durante los faustos del bicentenario, y en el océano de publicaciones aparecidas con motivo de la gesta independentista, hubo más dudas que certezas. En las 20 repúblicas del continente (más la colonia de Puerto Rico) y en el Estado español menudean, cuanto menos, 22 enfoques oficiales del asunto, más los incontables que no lo son.
En los próximos días, el islámico-andaluz y ardiente puerto de Cádiz celebrará el bicentenario de la primera Constitución española, promulgada en el día de San José, un 19 de marzo, y exaltada por los liberales al grito de “¡Viva la Pepa!” cuando Fernando VII la derogó junto con las Cortes, no bien retornó de su dorada prisión en Francia (mayo 1814).
Los debates constitucionales de “La Pepa” fueron precedidos por el caos y vacío de poder causados tras la abdicación del borbón Carlos IV (marzo 1807), el encarcelamiento de su hijo y heredero Fernando por Napoleón, el ejemplar levantamiento del pueblo contra la ocupación francesa y la matanza de Madrid (mayo 1808), y la jura de fidelidad de “los grandes de España” a su hermano José Bonaparte (Bayona, junio 1808/diciembre 1813).
En toda la península, espontáneamente, los burgos y aldeas organizaron focos guerrilleros y juntas populares en “defensa de la patria”, mezclando lo más comprimido de la milenaria sociedad con los partidarios de las castas malditas del absolutismo feudal. Paradójicamente, los invasores decretaron en Bayona una constitución progresista. Pero sería en Cádiz (azotada por la fiebre amarilla y bajo el bombardeo francés), donde los constituyentes liberales y revolucionarios de España y América discutieron en torno a qué hacer con aquella confusa democracia en armas.
Carlos Marx, quien analizó con prolijidad la “revolución española”, escribió: en su conjunto, el movimiento pareció dirigido más bien contra la revolución que por ella. De un lado, una guerra de independencia nacional en nombre del sátrapa Fernando; y por otro, la reasunción de la soberanía popular… sin jacobinos. Y por sobre todo, el gran error que apuntó el historiador argentino Jorge Abelardo Ramos: “primero ganar la guerra y después hacer la revolución”. Con lo que así, como en 1936, se perdieron ambas.
Como fuere, “La Pepa” se anticipó en un siglo al esquema del Commonwealth. Hecho negado y ocultado por los historiadores británicos y franceses que hoy dictan cátedra a los intelectuales contrabandistas y reaccionarios de América Latina. Porque en su artículo primero, la Constitución de Cádiz explicitó: “La nación española es la reunión de los españoles de ambos hemisferios”.
Entonces, y por primera vez en 300 años, la “cuestión americana” quedó planteada. Sólo que: ¿cuál España? ¿La de “la hoz con el martillo o la del martillo sin la hoz” evocada por Vallejo en uno de sus poemas más lúcidos y sentidos?
A los debates de Cádiz llegaron diputados elegidos de todo el imperio: de Nueva España y Nueva Granada, del Río de la Plata y las capitanías generales de Cuba, Puerto Rico, Guatemala y Chile, de provincias de Venezuela y de Filipinas. Y al calor de aquellas polémicas, muchos delegados empezaron a sentirse más americanos que españoles. ¿Había llegado la hora del “Nuevo Mundo”?
Dividida entre “liberales” y “serviles” (demócratas burgueses y nobles clericales), “La Pepa” sustituyó el término “Indias” por el vocablo “América”. En Venezuela, la junta patriótica de Barinas estimó que “…los diputados concurrirán a las Cortes generales de la nación entera siempre y cuando la convocación se forme con la equidad y justicia que merece la América, y siempre que formen una parte de España”. Asumiendo la defensa de la igualdad de indios y americanos, el inca Yupanqui del Perú dio la gran lección: “un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”.
Naturalmente, el PSOE no existía aún. Sin embargo, el diputado español Palacios se anticipó al pensamiento de un Felipe González: “En cuanto a que se destierre la esclavitud, lo apruebo como amante de la humanidad; pero como amante del orden político lo repruebo” (1811).
Y cuando los ingleses hablaban de la “intolerancia” religiosa de España, el procurador general del principado de Asturias, Álvaro Florez Estrada, les recordaba que la maldición española era el oro y la plata de América, y que las leyes británicas excluían de toda representación a casi un cuarto de su población, porque era católica (Ramos).
“La Pepa” fue abolida y sus diputados perseguidos. Mas dejó huella profunda en el gran debate de lo que en España y América Latina somos y no somos. A los que en ambas orillas del Atlántico luchan hoy por el “otro mundo” posible, no les vendría mal revisar los contenidos de aquellos debates premonitorios, reveladores, inconclusos y totalmente vigentes.
(Texto de José Steinsleger, La Jornada, 14/III/12).



ANÁLISIS: Las herramientas en la historia humana




Si bien el fin de la sociedad centrada en el trabajo pagado tiene que ser empíricamente verificado, conceptualmente lo que me parece fuera de duda es que en la trayectoria humana que arranca en la antropogénesis y está ahora en el umbral de una nueva época, el trabajo es central. Éste está pasando por una transformación radical que modifica su carácter mismo, por lo que resulta evidente la importancia de reflexionar sobre el significado de la encrucijada civilizatoria y antropológica que vivimos.
Dice György Márkus (sistematizando a Marx) que lo que “ante todo distingue al hombre del animal es su específica actividad vital, el trabajo, que constituye su más propia esencia”. Trabajo es “ante todo una actividad que se orienta a la satisfacción de necesidades no directamente sino sólo a través de mediaciones. Estas mediaciones son, sobre todo, medios de trabajo (o de producción) producidos por el propio ser humano, son herramientas que “el hombre sitúa entre sí mismo y el objeto de su necesidad y hace actuar como criterio de su actividad”. Mientras en los animales los medios de producción (garras, dentadura, cuernos, etcétera) son parte de su organismo y son producto de la evolución biológica, en el ser humano los medios de producción son externos1. Esto lo ha expresado de manera gráfica Desmond Morris, a partir de la situación del simio que vivía en los árboles y comía frutas y se vio obligado a bajar al nivel del suelo por cambios climáticos:
“La evolución podría haber favorecido el camino de desarrollar un matador más típico, parecido a gatos y perros, una especie de gato-simio, por el proceso de alargar los dientes y uñas para convertirlos en armas en forma de colmillos y garras. Pero esto los habría puesto en competencia directa con los altamente especializados gatos y perros matadores y hubiese sido desastroso para los primates involucrados. En su lugar, un nuevo enfoque fue adoptado: desarrollar armas artificiales en lugar de naturales, y funcionó2.
Pero el trabajo es una actividad no sólo mediada sino también consciente y este rasgo también distingue al ser humano del animal. Dice Marx:
“Concebimos el trabajo bajo una forma en la cual pertenece exclusivamente al hombre. Una araña ejecuta operaciones que recuerdan las del tejedor, y una abeja avergonzaría, por la construcción de las celdillas de su panal, a más de un maestro albañil. Pero lo que distingue ventajosamente al peor maestro albañil de la mejor abeja es que el primero ha modelado la celdilla en su cabeza antes de construirla en la cera. Al consumarse el proceso de trabajo surge un resultado que antes del comienzo de aquél ya existía en la imaginación del obrero, o sea idealmente. El obrero no sólo efectúa un cambio de forma de lo natural; en lo natural, al mismo tiempo efectiviza su propio objetivo, objetivo que él sabe que determina como una ley, el modo y manera de su accionar y al que tiene que subordinar su voluntad.” (Karl Marx, El Capital, Tomo I, Vol. I, p. 216, edición Siglo XXI.)
Por tanto, el trabajo es actividad mediada conciente. Además, el trabajo no sólo transforma la naturaleza exterior, sino que altera también la naturaleza del hombre mismo que se apropia de nuevas potencialidades esenciales, propiedades, capacidades y necesidades humanas (Márkus, op. cit. pp. 22-23). En síntesis, el trabajo se manifiesta como proceso de auto-creación del hombre en la historia (Ibíd. p. 31). Esta actividad mediada conciente de auto-creación humana, ha llegado a una etapa de transformación radical que, como dice Rifkin, puede llevar a la humanidad a una edad de oro o a la descomposición social. Elemento central en dicha historia es la evolución de las herramientas, de las fuerzas productivas: desde las primeras herramientas de mano, pasando por arcos y flechas y el molino hidráulico, hasta la fábrica totalmente automatizada. Salto fundamental, la revolución industrial consistió centralmente en el desarrollo de maquinaria. Marx distingue: el mecanismo motor, el mecanismo de transmi sión y la máquina-herramienta. Ubica la esencia de la revolución industrial en la última:
“La máquina-herramienta es un mecanismo que ejecuta con sus herramientas las mismas operaciones que antes efectuaba el obrero con herramientas análogas. El número de herramientas con que opera simultáneamente una máquina-herramienta, se ha liberado desde un principio de las barreras orgánicas que restringen la herramienta de un obrero” (El Capital, Tomo I, Vol. II, Siglo XXI, pp. 454-455).
De la maquinaria de los siglos XVIII y XIX, fruto de la revolución científico-técnica, se llega en la segunda mitad del XX a los complejos autónomos de producción:
(Como resultado del) desarrollo impetuoso de la ciencia y la técnica los instrumentos de trabajo superan los límites de las máquinas mecánicas y asumen funciones que los convierten, en principio, en complejos autónomos de producción; el aspecto subjetivo de la producción, invariable durante siglos, se modifica: desaparecen progresivamente las funciones de la producción directa realizadas por la fuerza de trabajo simple; la técnica va suplantando al hombre en las funciones directas de ejecución, de manutención, de manipulación y, finalmente, de regulación. Nuevas fuerzas productivas sociales penetran en el proceso directo de producción; la principal es la ciencia y sus aplicaciones técnicas. La originalidad que lo define como revolución científico-técnica, está en que modifica radicalmente el lugar ocupado por el hombre. Elimina completamente la actividad del hombre en la producción directa y la traslada a las etapas preproductivas: a la preparación tecnológica, a la investigación, a la ciencia, a la preparación del hombre. Asegura el triunfo del principio automático en el más amplio sentido del término.” (Radovan Richta et al., La civilización en la encrucijada, Artiach, Madrid, 1972, pp. 35-38.)
La actividad humana de hoy (en principio) sería: 1) diseñar robots; 2) programar los robots pre-existentes para que fabriquen los recién diseñados; 3) programar los nuevos robots para que fabriquen los bienes o provean los servicios planeados; y 4) vigilar, a través de monitores, que los procesos productivos marchen adecuadamente e intervenir sólo cuando resulta necesario; 5) la investigación y el desarrollo tecnológico. Como dicen Radovan Richta y coautores, “una vez que el hombre cesa de producir las cosas que las cosas mismas pueden producir en su lugar, se abre ante él la posibilidad de consagrarse a una actividad creadora que movilice todas sus fuerzas, que tienda a la investigación de vías nuevas, a la expansión de sus capacidades. La difusión general de este tipo de actividad humana marcará de hecho la superación del trabajo”.
Partiendo de lo precedente y de la discusión sobre evolución humana de mi tesis doctoral, podemos postular las siguientes etapas en la evolución del trabajo humano desde su génesis: a) uso eventual de herramientas naturales (simios); b) uso sistemático de herramientas no fabricadas (simios bípedos); c) fabricación semi-conciente de herramientas, en la cual el pro ducto no está plenamente moldeado (antes de hacerlo) en la mente del productor (Homo habilis); d) fabricación plenamente conciente de herramientas de piedra (Homo erectus); e) fabricación de herramientas de metal (Homo sapiens); f) maquinaria (siglo XVIII); g) sistemas autónomos de producción (2ª mitad del Siglo XX). La gráfica muestra la evolución de las ventas de robots electrónicos en el mundo, indicador de la última etapa.
1 György Márkus, Marxismo y ‘antropología’, Grijalbo (1973/1985), pp. 18-19.
2 Desmond Morris, The Naked Ape. A Zoologist’s Study of the Human Animal, Delta Publishing, Nueva York, 1967/1999, p. 21. Hay edición en español titulada El mono desnudo (Random House Mondadori).
(Texto de Julio Boltvinik, La Jornada, 9/IX/11).





VENTANAS: Cuba en los “Espejos” de Galeano





Martí
Paseaban el padre y el hijo por las calles floridas de La Habana, cuando se cruzaron con un señor flaquito, calvo, que caminaba como si estuviera llegando tarde.
Y el padre advirtió al hijo: -Ojo con ése. Es blanco por fuera, pero por dentro es negro. El hijo, Fernando Ortiz, tenía catorce años.
Tiempo después, Fernando iba a ser el hombre que supo rescatar, contra siglos de negación racista, las ocultas raíces negras de la cubanía.
Y aquel peligroso señor, el flaquito, el calvo, el que caminaba como si estuviera llegando tarde, se llamaba José Martí. Era hijo de españoles el más cubano de los cubanos, el que denunció:
-Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España.
Y repudió la falsa erudición llamada Civilización, y exigió: -Basta de togas y de charreteras, y comprobó: -Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz.
Poco después de aquel cruce en La Habana, Martí se echó al monte. Y estaba peleando por Cuba cuando, en plena batalla, una bala española lo volteó del caballo.

Fundación de Cuba
Revolución, revelación: los negros entraban en las playas, antes prohibidas para quienes teñían el agua, y todas las Cubas que Cuba escondía estallaban a plena luz.
Sierra adentro, Cuba adentro, niños que nunca habían visto cine se hacían amigos de Carlitos Chaplin, y los alfabetízadores llevaban letras a perdidos lugares donde esas cosas raras no llegaban ni de visita.
En pleno ataque de locura tropical, la Orquesta Sinfónica Nacional viajaba completa, con Beethoven y todo, hacia pueblitos caídos del mapa, y los eufóricos lugareños garabateaban carteles de invitación:
-¡A bailar y a gozar con la Sinfónica Nacional!
Andaba yo por el oriente, allá donde los caracolitos de colores caen en lluvia desde los árboles y las montañas azules de Haití asoman en el horizonte.
En algún camino de tierra, me crucé con una pareja. Ella venía a lomo de burro, bajo un paraguas que la defendía del sol. Él, a pie. Los dos vestidos de fiesta, reina y rey de esos para- jes, invulnerables al tiempo y al barro: ni una arruga, ni una manchita perturbaban la blancura de esas ropas que habían estado esperando años o siglos, desde el día de la boda, en el fondo de algún armario.
Les pregunté adónde iban. Contestó él:
-Nos vamos a La Habana. Al cabaret Tropicana. Tenemos entradas para el sábado.
Y se palpó el bolsillo, confirmando.
(Eduardo Galeano, cubadebate, 17/I/12).


VENTANAS: Titulares elocuentes




Hay titulares que uno agradece por su elocuencia. De hecho, gracias a ella evitas el tener que adentrarte en la crónica. Y esa elocuencia, además, es creíble cuando te consta que el periódico no está siendo consciente de su desliz. Lo digo por el periódico El País y un titular reciente: “Estados Unidos ratifica su neutralidad en las elecciones mexicanas”.
Por si no fuera suficiente con el titular, un subtítulo igualmente expresivo: “El vicepresidente Joe Biden se entrevista con los tres aspirantes a suceder al presidente Felipe Calderón.”
Para El País, y que me perdone la injerencia, mejor hubiera sido ignorar esta vieja noticia y, aprovechando el espacio libre, seguir especulando con la salud de Chávez o la huelga de hambre de un disidente cubano o las últimas provocaciones del presidente iraní Ahmadineyad. Tampoco sería la primera vez. El que Estados Unidos “ratifique su neutralidad” quiere decir que ya antes de confirmarla la había firmado, noticia ésta de la que no se hizo eco El País. Y si tuvo Estados Unidos que afirmar su neutralidad sólo pudo deberse a que México dudaba de ella, noticia que tampoco leí en El País. Acudí a Google por si acaso sí se había publicado y yo no la había leído.
Escribí el texto: “México acusa a Estados Unidos de injerencia”, y no encontré nada al respecto. Leí sí, en la primera página de Google, las cito por orden, todas las noticias que aparecen: “Los Hermanos Musulmanes acusan de injerencia a Estados Unidos en Egipto”, “Siria acusa a Estados Unidos de injerencia”, “Senegal acusa a Estados Unidos de injerencia”, “China acusa a Estados Unidos de injerencia”, “Nicaragua acusa a Estados Unidos de injerencia”… En la segunda página son India y Bolivia las que acusan de injerencia a Estados Unidos, además de Cuba que acusa de injerencia a España. No seguí leyendo más injerencias. Ninguna noticia en relación a México y su acuse de injerencia. En consecuencia, ¿no hubiera sido más oportuno no publicar el desmentido estadounidense? Al fin y al cabo, sólo existe lo que se publica y ese medio, experto en eclipses informativos y otras prestidigitadoras artes, bien lo sabe y practica.
No es que uno albergue duda alguna sobre quien designa al presidente mexicano y quien, también, se encarga de cesarlo, sino que el titular de El País respaldando el desmentido de la injerencia, lo que venía a hacer era confirmarla. Bastaba con darle la vuelta al titular para entenderlo: “México ratifica su neutralidad en las elecciones estadounidenses… El presidente mexicano Felipe Calderón se entrevista con los aspirantes a suceder al presidente Obama”.
¿Verdad que parece una ficción?
(Texto de Koldo Campos Sagaseta, rebelión, 6/III/12).

VENTANAS: Grandes inventos de la humanidad



El ascensor
Según dicen, el primer ascensor fue un sillón con roldanas, que el gordísimo rey inglés Enrique VIII inventó, hace siglos, para evitar las escaleras del palacio.
Más modernos ascensores utilizó Silvio Berlusconi para subir hacia el poder absoluto en Italia.
En el año 1984, Bettino Craxi, socialista, presidente del Consejo de Ministros, firmó un decreto-ley que bendecía el monopolio de Berlusconi sobre la televisión privada.
Craxi lo había conocido en un crucero, donde Silvio animaba a los pasajeros con sus chistes y sus canciones. Atraído por su insuperable vulgaridad y su extraordinario mal gusto, Craxi le juró amistad eterna y eterna televisión.
La tele fue el principal ascensor de Berlusconi hacia el poder político. El fútbol también ayudó, desde que compró el club Milán y ganó varias torneos. Electo y reelecto varias veces por el voto popular, ejerció el gobierno de Italia y del Milán, se convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo y en el campeón mundial de la impunidad, atravesó invicto una infinidad de procesos judiciales y no estuvo ni un solo día preso, mientras convertía sus vicios en admirables virtudes y sus estafas en hazañas dignas de aplauso.

El chivo expiatorio
Según antiguas tradiciones religiosas, un macho cabrío cargaba los pecados de todos y era castigado con la expulsión al desierto.
Esa invención ha servido y sigue sirviendo para descargar sobre espaldas ajenas la responsabilidad de nuestras desgracias y nuestras culpas.
Algunos pueblos, como por ejemplo los judíos y los gitanos, vienen trabajando de chivos expiatorios desde hace mucho tiempo.
A mediados del año 2008, la revista italiana Panorama, que pertenece a Berlusconi, tituló, en portada: Nacidos para robar.
Se refería a los gitanos; y según las encuestas, la opinión pública coincidía con este veredicto genético.
Poco antes, Alfredo Mantovano, viceministro del gobierno de Berlusconi, había desarrollado la idea, en la televisión de Berlusconi:
–Los gitanos son una etnia inclinada al robo y al secuestro de niños.
O sea: ladrones y, para peor, ladrones de niños.
La Justicia italiana no había comprobado la veracidad de ninguna denuncia de secuestro de niños por gitanos; pero ese detalle carecía de importancia.
(Texto de Eduardo Galeano, rebelión, 3/VIII/10).

domingo, 11 de marzo de 2012