domingo, 21 de agosto de 2011

OPINIÓN: La poesía no canta en vano

“Comprendí que mi misión humana no era otra que agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma, con pasión y esperanza, porque sólo de esa henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y a los pueblos”. Pablo Neruda escribió estas palabras en 1971, al recoger el Premio Nobel de Literatura. Recordó a Rimbaud y acabó diciendo que, con la “ardiente paciencia” de la lucha, “la poesía no habrá cantado en vano”. Neruda poeta y militante comunista escribió sobre la vida, el amor, las mujeres y, también sobre la opresión y “el tiempo encendido del combate”. Dicen que murió en su casa de Isla Negra a los pocos días del golpe militar. Después de 38 años, la justicia chilena ha decidido esclarecer lo que todo el mundo pensó y nadie dijo: que Neruda fue asesinado por orden de Pinochet. “Nuestras estrellas primordiales –escribió– son la lucha y la esperanza. Pero no hay lucha ni esperanzas solitarias. Por eso tal vez he llegado hasta aquí con mi poesía y también con mi bandera”. ¿Qué sensibilidad especial poseen los poetas hacia la revolución, o la revolución hacia la poesía? ¿Dónde se juntan y se separan? ¿Dónde permanecen? El 7 de junio de 1968, el dirigente de ETA Txabi Etxebarrieta murió acribillado por la Guardia Civil en Benta Aundi. Contra el muro quedó la historia de su militancia, de su compromiso. Pero, como pensaba Neruda, su bandera y su esperanza se hicieron tan grandes como el tiempo de esa poesía, a la que no dejaron ser y todavía vive. “De saber que muero esta noche/ te buscaría locamente/ te auparía sobre mi muerte/ al país donde ha vivido mi amor por ti”. 20 de febrero, 1966.

(Texto de Amparo Lasheras, gara, 3/VI/11).

Los problemas de la crisis griega (y europea) son de origen estructural. No se deben a errores o a percances inesperados sino que expresan la clase de resultados previsibles y esperables cuando la especulación y el parasitismo rentístico asumen el puesto de comando del proceso de acumulación de capital. Por algo en el fragor de la Gran Depresión de los años treintas John Maynard Keynes recomendaba, en su célebre Teoría General de la Ocupación, el Interés y el Dinero, practicar la eutanasia del rentista como condición indispensable para garantizar el crecimiento económico y reducir las fluctuaciones cíclicas endémicas en el capitalismo.

Su consejo fue desoído y hoy son aquellos sectores los que detentan la hegemonía capitalista, con las consecuencias por todos conocidas. Comentando sobre esta crisis Istvan Meszaros decía hace pocos días que “una crisis estructural requiere soluciones estructurales”, algo que quienes están administrando la crisis rechazan terminantemente. Pretenden curar a un enfermo en gravísimo estado con aspirinas.

Es el capitalismo el que está en crisis y para salir de ella se torna imprescindible salir del capitalismo, superar cuanto antes un sistema perverso que conduce a la humanidad al holocausto en medio de enormes sufrimientos y una depredación medioambiental sin precedentes. Por eso la mal llamada “crisis griega” no es tal; es, en cambio, el síntoma más agudo de la crisis general del capitalismo, esa que los medios de comunicación de la burguesía y el imperialismo aseguran desde hace tres años que ya está en vías de superación, pese a que las cosas están cada vez peor.

(Texto de Atilio A. Boron, cubadebate, 25/VI/11).

OPINIÓN: No es Grecia. Es el capitalismo, ¡estúpido!

Los medios, las consultoras, los economistas, los bancos de inversión, los presidentes de los bancos centrales, los ministros de hacienda, los gobernantes no hacen otra cosa que hablar de “la crisis griega”. Ante tanta vocinglería mal intencionada es oportuno parafrasear aquella frase de campaña de Bill Clinton para decir e insistir que la crisis es del capitalismo, no de Grecia. Que este país es uno de los eslabones más débiles de la cadena imperialista y que es a causa de ello que por allí hacen eclosión las contradicciones que lo están carcomiendo irremisiblemente.

La alarma de los capitalistas, justificada sin dudas, es que el derrumbe de Grecia puede arrastrar a otros países como España, Irlanda, Portugal y comprometer muy seriamente la estabilidad económica y política de las principales potencias de la Unión Europea. Según informa la prensa financiera internacional, representativa de los intereses de la “comunidad de negocios” (léase: los gigantescos oligopolios que controlan la economía mundial) la resistencia popular a las brutales medidas de austeridad propuestas por el ex presidente de la Internacional Socialista y actual primer ministro griego, Georgios Andreas Papandreu, amenazan con arrojar por la borda todos los estériles esfuerzos hasta ahora realizados para paliar la crisis.

La zozobra cunde en el patronato ante las dificultades con que tropieza Atenas para imponer las brutales políticas exigidas por sus supuestos salvadores. Con toda razón y justicia los trabajadores no quieren hacerse cargo de una crisis provocada por los tahúres de las finanzas, y la amenaza de un enorme estallido social, que podría reverberar por toda Europa, tiene paralizada a las dirigencias griega y europea.

La inyección de fondos otorgada por el Banco Central Europeo, el FMI y los principales países de la zona euro no han hecho sino agravar la crisis y fomentar los movimientos especulativos del capital financiero. El resultado más visible ha sido acrecentar la exposición de los bancos europeos ante lo que ya aparece como un inevitable default griego. Las conocidas recetas del FMI, el BM y el Banco Central Europeo: reducción de sueldos y jubilaciones, despidos masivos de empleados públicos, remate de empresas estatales y desregulación de los mercados para atraer inversiones han surtido los mismos efectos padecidos por varios países de América Latina, notablemente la Argentina.

Parecería que el curso de los acontecimientos en Grecia se encamina hacia un estrepitoso derrumbe como el que conocieran los argentinos en diciembre del 2001. Dejando de lado algunas obvias diferencias hay demasiadas semejanzas que abonan este pronóstico. El proyecto económico es el mismo, el neoliberalismo y sus políticas de shock; los actores principales son los mismos: el FMI y los perros guardianes del imperialismo a escala global; los ganadores son los mismos: el capital concentrado y muy especialmente la banca y las finanzas; los perdedores son también los mismos:

los asalariados, los trabajadores y los sectores populares; y la resistencia social a esas políticas tiene la misma fuerza que supo tener en la Argentina. Es difícil imaginar un aterrizaje suave de esta crisis. Lo previsible y lo más probable es precisamente lo contrario, tal como ocurrió en el país sudamericano.

Claro que a diferencia de la crisis argentina, la griega está destinada a tener un impacto global incomparablemente mayor. Por eso el mundo de los negocios contempla con horror el posible “contagio” de la crisis y sus devastadores efectos entre los países del capitalismo metropolitano. Se estima que la deuda pública griega asciende a 486 mil millones de dólares y que representa un 165% del PIB de ese país. Pero tal cosa ocurre en una región, la “eurozona” en donde el endeudamiento ya asciende al 120% del PIB de los países del euro, con casos como Alemania con un 143%, Francia, 188% y Gran Bretaña con el 398%.

No debe olvidarse, además, que la deuda pública de Estados Unidos ya asciende al cien por ciento de su PIB. En una palabra: el corazón del capitalismo global está gravemente enfermo. Por contraposición la deuda pública china en relación a su gigantesco PIB es de apenas el 7%, la de Corea del Sur 25% y la de Vietnam 34%. Hay un momento en que la economía, que siempre es política, se transforma en matemática y los números cantan. Y la melodía que entonan dicen que aquellos países están al borde de un abismo y que su situación es insostenible.

La deuda griega -exitosamente disimulada en su gestación y desarrollo gracias a colusión criminal de intereses entre el gobierno conservador griego de Kostas Karamanlis y el banco de inversión favorito de la Casa Blanca, Goldman Sachs- fue financiada por muchos bancos, principalmente en Alemania y, en menor medida, Francia. Ahora son acreedores de papeles de una deuda que la calificadora de riesgo Standard & Poor’s (S&P) calificó con la peor nota del mundo: CCC, es decir, tienen acreencias sobre un deudor insolvente y que no tiene condiciones de pagar.

En igual o peor posición se encuentra el ultraneoliberal Banco Central Europeo, razón por la cual un default griego tendría consecuencias cataclísmicas para este verdadero ministro de finanzas de la Unión Europea, situado al margen de cualquier control democrático. Las pérdidas que originaría la bancarrota griega no sólo comprometerían a los bancos expuestos sino también a los países en problemas, como España, Irlanda, Italia y Portugal, que tendrían que afrontar el pago de intereses mucho más elevados que los actuales para equilibrar sus deterioradas finanzas. No hace falta mucho esfuerzo para imaginar lo que sucedería si se produjese, como se teme, una cesación unilateral de pagos griega, cuyo primer impacto daría en la línea de flotación de la locomotora europea, Alemania.

OPINIÓN: El PRI no es lo mismo que fue

Es un error pensar que el Partido Revolucionario Institucional es el mismo de hace 30 años. El PRI de ahora, y no sólo por el relevo generacional, no es ni puede ser el de antes de Salinas de Gortari. Por lo que es también un error decir que si gana la Presidencia de la República sería como regresar a los nefastos tiempos del pasado. Esto es un invento de ignorantes o de quienes quieren convertir al PRI en el petate del muerto para justificar sus intentos de aliarse con el PAN que, por cierto, está en su peor momento desde que se apropió la Presidencia de la República.

Otro error ha sido creer que el PRI era un partido de Estado. Se ha querido entender por éste el hecho de que el aparato estatal ha sido en realidad el partido. La oposición, dijo alguna vez Alberto Aziz Nassif, tenía que competir no contra un partido sino contra el aparato estatal convertido en partido. Esto es en parte correcto. El error ha sido confundir el aparato estatal con el Estado y que éste se convierta en partido. Históricamente no ha sido así. El gobierno, como materialización del Estado, creó su partido y pudo hacerlo porque tenía el poder casi absoluto. El casi es importante, porque cuando se fundó el Partido Nacional Revolucionario siguieron existiendo por un tiempo los partidos locales y regionales. Poco a poco, sobre todo a partir de Lázaro Cárdenas una vez que se deshizo de los callistas, el gobierno le dio un uso más directo a su partido convirtiéndolo en un organismo aglutinador de fuerzas sociales al servicio del presidente en turno. Para que no hubiera duda del poder presidencial, Cárdenas quitó a los gobernadores que no le eran afines y puso en su lugar a los que sí lo eran. No fue el partido el que subordinó a los gobernadores a la Presidencia de la República, fue ésta la que, con su poder, los subordinó, al igual que a los diputados federales y a los senadores (y de paso, gracias al control del Senado, al Poder Judicial de la Federación). El partido sólo jugaba dos papeles principales: organizar y controlar los procesos electorales en todo el país, y darles juego a los grupos políticos para que llenaran sus alforjas políticas siempre y cuando no se indisciplinaran al presidente en turno. Dicho de otra manera, el partido era la escalera al cielo (la Presidencia del país), pero no el cielo. Y ni siquiera la única escalera, la otra era, como dijera Cosío Villegas, la administración pública federal. Unos pasaban de ésta al partido y viceversa, pero otros hacían carrera en un solo carril: el partido o la administración pública. Pero todos, y esto es lo importante, con el visto bueno del jefe del Ejecutivo federal como consecuencia de sus negociaciones que tenía que hacer, pues tampoco el presidente ha sido, como se le ha querido ver, omnímodo ni la sustantivación del poder absoluto.

A la forma de Estado se le ha llamado también régimen político, y el aparato estatal es el tipo de composición de los órganos del Estado para llevar a cabo su función en la lógica del régimen político adoptado por las fuerzas sociales y políticas y por las tradiciones culturales del país de que se trate en un momento histórico determinado. En palabras de Lucio Levi, es el conjunto de instituciones que regulan la lucha por el poder y el ejercicio del poder y de los valores que animan la vida de tales instituciones. Y aquí es donde cae el partido como una de esas instituciones. Fue por esto que Lázaro Cárdenas, en un gran acierto teórico, señaló que los dos organismos básicos en que se sustentaba el régimen eran el gobierno y el partido, siendo éste el organismo dinámico del régimen, con relativa independencia del gobierno pero sujeto a éste como complemento disciplinado y armónico. La palabra clave es régimen.

Mientras el régimen político fue, además de autoritario, estatista y populista, el partido también lo fue. Cuando ese régimen comenzó a transfigurarse en otro, para consolidarse bajo el gobierno de Salinas de Gortari, el PRI tuvo que sufrir cambios y éstos se dieron a partir de que el mismo Salinas le dio una nueva ideología, abandonando el nacionalismo revolucionario que retomara Zedillo sólo como declaración retórica.

Estos cambios se dieron cuando los viejos priístas ya estaban muy viejos y los nuevos comenzaban a ocupar sus lugares. De la Madrid, para darles espacios a los viejos, pero fuera de la esfera del gobierno, les arrimó las sillas del Congreso de la Unión. Una suerte de compensación de peor es nada para luego jubilarlos.

El nuevo régimen político, consolidado por Salinas, dejó de ser estatista para convertirse, en alianza lógica con el PAN, en un régimen más o menos liberal (en lo económico, sobre todo), denominado neoliberal. Los priístas, por lo mismo, tenían que ser funcionales al nuevo régimen so pena de desaparecer. Fue así que el poder en México, materializado en la Presidencia de la República, adoptó un nuevo régimen y el partido del viejo régimen tuvo que adaptarse. El PRI de antes, por lo tanto, era distinto al PRI de ahora. No son lo mismo aunque su nombre sea igual.

Al adoptar la ideología neoliberal (un nuevo liberalismo) el (nuevo) PRI comenzó a parecerse al PAN, de origen liberal, sin ser los mismos. Liberalismo, para quienes no lo recuerden, quiere decir antiestatismo y subordinación a los mercados (garantizar la libertad de mercados).

Esta semejanza es la que no quieren ver ciertos sectores de la mal llamada izquierda (en realidad centro-izquierda) que, aunque no lo dicen, piensan lo mismo que esa derecha ahora más clara que nunca y que conforman, en la esfera partidaria, el PAN y el PRI.

Es así que quienes se oponen al PRI y plantean alianza con el PAN para evitar que el primero gane la Presidencia porque sería el regreso de lo mismo que nos gobernó por más de 70 años no han entendido nada. Ni el PRI es lo mismo que fue ni el PAN es diferente, ahora, a lo que es el nuevo PRI. Son casi lo mismo, para no decir iguales. La única diferencia entre ambos partidos es que el PAN ha demostrado impericia total para gobernar. El punto es que los neopriístas no heredaron el ADN de sus antepasados. Ni tampoco los neopanistas, que en nada se parecen a los fundadores de su partido.

Son iguales, habrá que combatirlos por igual. ¿Las izquierdas serán capaces de hacerlo? No se sabe. Primero tendrán que entender quiénes son sus enemigos.

(Texto de Octavio Rodríguez Araujo, La Jornada, 14/VII/11).

OPINIÓN: ¿Comienza una revolución anti-capitalista?

1. Ningún hombre es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, predicaba John Donne. Ningún país está fuera del planeta: el genocidio cometido contra un pueblo me asesina. Todo lo que acontece en Libia me hiere, te daña, nos afecta.

2. Hablemos como hombres, y no como chacales o monopolios mediáticos. A Libia no se la bombardea para proteger su población civil. A ningún pueblo se lo protege arrojándole explosivos ni despedazándolo con 4 mil 300 ataques “humanitarios” durante más de cien días. A Libia se la incinera para robarle su petróleo, sus reservas internacionales, sus aguas subterráneas. Si el latrocinio triunfa, todo país con recursos será saqueado. No preguntes sobre quién caen las bombas: caerán sobre ti.

3. Encarcelaron a los comunistas; nada podría importarme menos, porque no soy comunista, ironizaba Bertold Brecht. El Consejo de Seguridad de la ONU aprueba una zona de “exclusión aérea” a favor de los secesionistas libios, pero permite un bombardeo infernal; China y Rusia se abstienen de vetar la medida porque como no son libios nada podría importarles menos. De inmediato Estados Unidos amenaza a China con declarar una “moratoria técnica” de su impagable deuda externa con ella y agrede Pakistán. China replica que “toda nueva injerencia de Estados Unidos en Pakistán será interpretada como acto no amistoso” y arma al país islámico con cincuenta cazas JF-17. Ningún pueblo está fuera de la humanidad: si no vetas la agresión contra otro, la desencadenas contra ti.

4. Cuenta Tolstoi que un oso ataca a dos campesinos: uno escala un árbol, cediendo al otro el privilegio de defenderse solo. Éste vence, y cuenta que las últimas palabras de la fiera fueron: “Quien te abandona no es tu amigo”. La Liga Árabe, la Unión Africana, la OPEP trepan al árbol de la indecisión esperando el turno de ser descuartizadas. Al abandonar a las víctimas te abandonas.

5. Como en los tiempos cuando el fascismo asaltaba África, hoy Italia, Alemania, Inglaterra, Francia y otros sicarios de la OTAN sacrifican armamentos y efectivos en una guerra que sólo favorecerá a Estados Unidos. Impedido por su Congreso de invertir fondos abiertamente en el conflicto, Obama regaña a sus cómplices de la OTAN porque sacrifican al gasto militar menos del 2% de sus PIB, y les ordena inmolar por lo menos el 5%. Son instrucciones inaplicables cuando la protesta social, la crisis financiera, la deuda pública impagable y el mismo gasto armamentista socavan los gobiernos del G-7. Ante tales requerimientos, Italia opta por no participar más en el agavillamiento. La Agencia Internacional de Energía autoriza para gastar de las reservas que no tiene sesenta millones de barriles de petróleo en dos meses. Estados Unidos derrocha para 2010 un gasto militar de 698 mil millones de dólares, 43% del total mundial de un millón 600 mil millones de dólares (Confirmado.net, 17/VI/11). Así se dilapidan en muerte los recursos que deberían salvar la vida. Si montas guerras para devorar a otro, las guerras te devorarán a ti.

6. Como en épocas de Alí Babá y los cuarenta ladrones, los banqueros internacionales que tan benévolamente recibieron 270 mil millones de dólares en depósitos y reservas de Libia asaltan el botín y estudian traspasarlo a quienes intentan asesinar a los legítimos dueños. También le crean a los monárquicos de Benghazi un banco central y una divisa secesionistas. Son los mismos financistas cuyo latrocinio cuesta a la humanidad el actual colapso económico: no indagues a quién roban los banqueros: te desfalcan a ti.

7. Al estilo de las blitzkrieg nazis, el presidente de Estados Unidos inicia guerras sin autorización de sus legisladores y las prolonga ignorando al Congreso, donde diez diputados denuncian al Presidente y al secretario de Defensa saliente Robert Gates y vetan los fondos para la agresión contra Libia tachándola de ilegal e inconstitucional. No averigües si debes imponer a tiros la democracia a otros pueblos: antes acaba con los vestigios de ella que quedaban en tu propio país.

8. Cada hombre es pieza del continente, parte del todo, insiste John Donne. Los enemigos del hombre no cesan de fragmentarlo para destruirlo mejor. Los imperios, que son inestables rompecabezas de piezas juntadas a la fuerza, en el exterior fomentan o inventan el conflicto de civilización contra civilización, la rencilla del iraní contra el kurdo, del chiíta contra el sunita, del hindú contra el musulmán, del serbio contra el croata, del descendiente contra el ascendiente, del ancestral contra el menos ancestral, del libio contra el libio, del venezolano contra el venezolano. De cada variante cultural pretenden hacer un paisito y de cada paisito un protectorado. Quien nos separa nos hace añicos, quien me divide me mutila. No indagues cómo trizan Libia: te descuartizan a ti.

9. Todo pillaje arranca con promesas de golpe fácil y se empantana en carnicería insoluble. Las guerras de Afganistán, Irak, Libia, Yemen y la agresión contra Pakistán despegan como paseos triunfales, se estrellan en holocaustos catastróficos y ninguna concluye ni se decide. La resistencia de sus pueblos retarda la inmolación de la que no te librarán ni vetos omitidos ni organizaciones abstencionistas ni banqueros carteristas ni Congresos nulificados. No preguntes por qué son asesinados los patriotas libios: están muriendo por ti.

(Texto de Luis Britto García, cubadebate, 26/VI/11).

ANÁLISIS: Fin del trabajo pagado y visiones de futuro

En su libro El fin del trabajo1, Jeremy Rifkin (JR) narra el debate nacional que tuvo lugar en EU sobre los efectos sociales de la automatización de los procesos productivos. Su narración comienza con la carta abierta al presidente de EU, publicada en el New York Times en marzo de 1963 por un grupo de distinguidos científicos encabezados por Robert Oppenheimer, director del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Princeton. La carta, dice JR, advertía de los peligros de la automatización en el futuro de la economía de EU y llamaba a un diálogo nacional al respecto. Los autores, entre los que se encuentran algunos nombres que me son familiares (Michael Harrington, Gunnar Myrdal y Robert Theobald2) argumentaron que las tecnologías cibernéticas estaban forzando un cambio en la relación entre ingreso y trabajo3 y urgían al presidente Kennedy y al Congreso, narra JR, a considerar el garantizar a cada ciudadano, como un asunto de derecho, un ingreso adecuado (pp.81-82). En julio de ese mismo año, como respuesta a la solicitud de este grupo de autores, el presidente Kennedy llamó a establecer una Comisión Nacional sobre la Automatización, que habría de formarse ya siendo presi-dente Johnson. La comisión publicó su informe en 1965. Según JR la Comisión decidió adoptar un curso de acción intermedio entre quie-nes sostenían que la revo-lución cibernética requería una respuesta gubernamental y la gente de negocios que sostenía que el desplaza-miento de la mano de obra por la tecnología era un re-sultado normal del progreso económico y que dicha mano de obra sería absorbida por una economía robusta. La comisión declaró (citada por JR en la p. 82):

“De acuerdo con un punto de vista extremo, el mundo— o al menos Estados Unidos — está en el borde de un exceso de productividad que sería suficiente para hacer obsoletas tanto nuestras instituciones económicas como la noción de empleo remunerado. Disentimos de tal punto de vista...Sin embargo, también disentimos del otro punto de vista extremo que niega la existencia de serios problemas económicos y sociales relacionados con el impacto del cambio tecnológico”.

Paradójicamente, dice JR, aunque los autores del Informe Gubernamental intentaron tomar distancia entre ellos y los críticos y establecer un enfoque centrista, muchos de sus hallazgos reforzaron las conclusiones del Comité Oppenheimer. Por ejemplo, la siguiente frase: hay ahora 700 mil empleos fabriles menos que al final de la Guerra de Corea. La comisión argumentó que la tecnología reduce el número de empleos, no el trabajo. JR comenta que ese también fue el punto de vista del Comité Oppenheimer: si la economía produce trabajo sin trabajadores, como ambos lados sugieren, entonces alguna forma de intervención gubernamental sería necesaria para proveer una fuente de ingreso, de poder de compra, al creciente número de trabajadores desplazados por la tecnología. Al final de cuentas, la Comisión Presidencial concluyó que el desplazamiento tecnológico era una condición necesaria y temporal engendrada por el progreso.

El resto del capítulo lo dedica Rifkin a narrar lo que llama la capitulación de los obreros, la cual contribuyó a que se apagara el debate sobre los efectos de la automatización. La voz del movimiento obrero parloteó, dice Rifkin, sobre el asunto de la automatización y, finalmente, ter minó dejando su suerte en manos de la administración de las empresas, en detrimento de los trabajadores. Varios líderes obreros se manifestaron al respecto, pero como dice el historiador David Noble (citado por JR) la mayor parte de los sindicatos capitularon ante la empresa en los asuntos de automatización. Temerosos de ser catalogados como Luditas4 modernos y obstáculos al progreso, los líderes obreros fueron puestos a la defensiva. Muchos abiertamente abrazaron las tecnologías ahorradoras de mano de obra, lo cual llevó al movimiento obrero a perder la fuerza que había obtenido en los años de posguerra. Arrinconados, en la contratación colectiva dejaron de demandar el control sobre la tecnología y pusieron el énfasis en la re-capacitación de los trabajadores. Dice Rifkin:

En la víspera de la histórica transición de la mecanización a la automatización de la producción, el movimiento obrero tomó una decisión calculada de empujar por la re-capacitación, en la creencia de que si bien un vasto número de puestos de trabajo no calificados y semi-calificados serían eliminados por las nuevas tecnologías computarizadas, el número de puestos calificados y técnicos serían aumentados... Al abandonar la cuestión del control sobre la tecnología a favor de la re-capacitación, los sindicatos perdieron una buena parte de su poder de negociación. Si el tema del control de la tecnología se hubiese mantenido como fuerte prioridad, los trabajadores podrían haber negociado contratos colectivos que les asegurasen participación en las ganancias de productividad derivadas de la automatización. (Véase en la gráfica la enorme magnitud de estas ganancias). Los sindicatos sobreestimaron mucho el número de puestos de trabajo calificado que se crearían con las nuevas tecnologías. El resultado fue que los sindicatos perdieron miembros e influencia. Eventualmente, la automatización destruyó su arma más poderosa, la huelga. Las nuevas tecnologías permitían a la gerencia operar las plantas con muy poco personal (pp.85-86)

Rifkin termina el capítulo contando la historia del caso excepcional del Sindicato Internacional de Tipógrafos que logró mantener el control tecnológico en los diarios de Nueva York durante varios años, pero después fue culpado de la quiebra de los diarios más pequeños y tuvo que ceder a la administración la introducción de nuevas tecnologías. Rifkin dice que los trabajadores de cuello azul han casi desaparecido. Su rol en la economía norteamericana es insignificante.

1 Cito la versión en inglés: The End of Work. The Decline of the Global Labor Force and the Dawn of the Post-Market Era (El fin del trabajo. El declive de la fuerza de trabajo global y el amanecer de la era pos-mercado), G. P. Putnam’s Books, Nueva York, 1996. En español fue publicado por Paidós en 1996 con un subtítulo diferente.

2 Michael Harrington es el cura católico que en 1962 había provocado un verdadero shock de autoconciencia a los estadunidenses al develar que una parte significativa de la población de EU vivía en la pobreza. El libro se llamó The Other America y, en español fue publicado por el Fondo de Cultura Económica (FCE) con el desafortunado título de La cultura de la pobreza en EU. Gunnar Myrdal fue un destacado economista del desarrollo. En México se hizo famoso por su libro El reto a la sociedad opulenta, publicado por el FCE. Le fue otorgado el Premio Nobel de Economía en 1974. Robert Theobald, economista, fue uno de los primeros promotores del Ingreso Ciudadano Universal (ICU).

3 Señala el texto amplio del Comité Oppenheimer (que se autodenominó Comité ad hoc sobre la Triple Revolución, refiriéndose a la revolución cibernética, revolución armamentista y revolución de los derechos humanos): “La continuidad de la liga ingreso-vía-empleo como el único gran sistema de distribución de la demanda efectiva -para otorgar el derecho a consumir- ahora actúa como el freno principal de la casi ilimitada capacidad del sistema cibernético de producción”. Para valorar la importancia de lo que están diciendo, analícese la frase en cursivas en relación a la siguiente frase del Prólogo a La Contribución a la Crítica de la Economía Política de Marx (Siglo XXI editores, 1980, p.5): En un estadio determinado de su desarrollo, las fuerzas productivas materiales de la sociedad entran en contradicción con las relaciones de producción existentes...Esas relaciones se transforman de formas del desarrollo de las fuerzas productivas en ataduras de las mismas. Se inicia entonces una época de revolución social El texto completo del Comité ad hoc fue publicado en el vol.24, N° 3, de 1964, de International Socialist Review y está disponible en www.marxists.org/history/etol/newspaper/isr/vol25/no03/adhoc.html.

4 Wikipedia señala que el ludismo fue un movimiento obrero que adquirió auge en Inglaterra a partir del odio incondicional hacia las máquinas. Su nombre lo tomaron del semi legendario líder del movimiento, Ned Ludd, que fue el primero en romper un telar como protesta. El ludismo representaba las protestas de los obreros contra las industrias por los despidos y los bajos salarios ocasionados por la introducción de las máquinas, estas revueltas eran desorganizadas y los obreros atentaban contra las máquinas destruyéndolas.

(Texto de Julio Boltvinik, La Jornada, 8/VII/11).

“Ser marxista hoy significa no sólo poner en juego la inteligencia para fundamentar la necesidad y posibilidad de esa alternativa (al capitalismo), sino también tensar la voluntad para responder al imperativo político-moral de contribuir a realizarla”.

Adolfo Sánchez Vázquez, “Por qué ser marxista hoy”, Discurso pronunciado al recibir el

Doctorado Honoris Causa de la Universidad de La Habana

Una triste noticia: el 8 de julio, moría a los 95 años de edad don Adolfo Sánchez Vázquez, quien sin exageración podría ser caracterizado como uno de los más grandes filósofos marxistas de la segunda mitad del siglo veinte y cuya influencia se dejara sentir hasta nuestros días. Falleció en México, país que lo acogiera con su proverbial hospitalidad, al finalizar la Guerra Civil española en 1939.

Por muchas razones, la desaparición física de don Adolfo me llegó a lo más profundo del alma. Fue él quien me invitó a introducirme a fondo en el campo de la filosofía política, instándome a completar mis análisis sociopolíticos y económicos del capitalismo con una mirada más filosófica que me abriera las puertas a una reflexión más integral, totalizadora y dialéctica de las sociedades contemporáneas. Eso ocurrió en México, en 1976, cuando en la FLACSO -por ese entonces todavía un foco de pensamiento crítico- lo invitaron a dictar un curso de Filosofía Política en la Maestría de Ciencia Política que se dictaba en esa institución. Al aceptar, me solicitó que fuera su asistente de cátedra y desde ese momento su obra y su persona se convirtieron en una fuente constante de estímulo para mi pensamiento. Como diría otro español excepcional, Alfonso Sastre, don Adolfo se convirtió en mi sombra con la cual habría de dialogar permanentemente desde entonces; sombra inquisidora y socrática, que me impulsaba a formularme las preguntas fundamentales, sorteando cualquier tentación de facilidad, las engañosas certezas de las apariencias, o la comodidad del saber establecido. Por eso no exagero al decir que aquella experiencia de trabajo con él me cambió la vida y mi visión del mundo. Cuando gran parte de lo que en aquel entonces pasaba por marxismo era una indigesta colección de “manuales estalinistas” o de confusos desvaríos estructuralistas o post-estructuralistas –porque Gramsci todavía estaba a la espera de su relectura en clave comunista y no socialdemócrata, y porque Mariátegui, Fidel y el Che no habían logrado horadar el obstinado europeísmo y la colonialidad que aún prevalecía en las filas del marxismo–. Con su valiente ejemplo Sánchez Vázquez me enseñó a descartar tanto las imposiciones teóricas de una burocracia pseudo revolu-cionaria como a desconfiar de las modas intelectuales de la época, por más seductoras que fueran. Esas modas, decía, eran los señuelos que la burguesía alentaba con astucia para captar y extraviar a los espíritus rebeldes pero ingenuos, desviando su potencial contestatario hacia los estériles campos de las pequeñas disputas en la intrascendente “república de las letras”, lejos, bien lejos de los cruciales frentes en donde el capital libraba sus cruciales batallas contra los trabajadores.

El de don Adolfo era un marxismo abierto, antidogmático, fresco y, por lo tanto, en permanente renovación, sintonizado constantemente –al igual que Marx, Engels, Lenin– con el desenvolvimiento de las contradicciones del capitalismo en cuyos entresijos se internaba con audacia para descubrir, desde allí, la ruta hacia la nueva sociedad. No le arredraban ni la feroz crítica de la derecha, ni su sistemático “ninguneo”, ni la furia de las momias de la ortodoxia, a cuyo cargo estaba la custodia de un dogma que nada tenía que ver con el marxismo. En esta empresa su sabiduría le permitió distinguir con precisión entre la necesidad de una continua reactualización de la gran herencia de la tradición marxista del “liquidacionismo” posmoderno en virtud del cual los supuestos “renovadores” del marxismo lo “renovaron” con tanto entusiasmo que terminaron pasándose a las filas del pensamiento burgués. Por eso, con su muerte se nos ha ido un grande de la filosofía marxista aunque, al releer estas líneas aclaro, para ser fiel a sus enseñanzas, que don Adolfo fue, como buen marxista que era, filósofo pero también sociólogo, economista, historiador y politólogo, aparte de poeta. Esas fronteras disciplinarias sólo tienen sentido al interior del pensamiento fragmentador y fetichizado, por eso siempre profundamente conservador, de la burguesía. Quien nos ha abandonado fue un intelectual de una sabiduría y erudición deslumbrantes que enalteció como pocos la palabra “maestro” y que jamás abjuró de sus convicciones revolucionarias ni hizo concesión alguna al capitalismo, al cual nunca se cansó de denunciar por su incorregible esencia predatoria, explotadora y antihumana, que hacía de la revolución socialista una imperiosa necesidad. Fiel al legado marxiano sabía que si la humanidad no se sacudía el yugo del sistema capitalista, en todas sus formas y manifestaciones, su futuro sería la barbarie. Sus enseñanzas, recogidas en más de veinte libros e infinidad de artículos, seguirán siendo fuente perdurable de inspiración, arrojando un potente haz de luz en medio de las tinieblas que genera la sociedad burguesa en su lenta pero inexorable putrefacción. ¡Hasta la victoria siempre, don Adolfo!

(Texto de Atilio A. Boron, rebelión, 10/VII/11).

REFLEXIÓN: Adversarios y aliados del imperio/I

Desde el 11 de septiembre del 2001, Estados Unidos reforzó su papel de gendarme internacional. Inició un ciclo de agresiones tendentes a contrarrestar los desafíos que afronta en varios frentes, con acciones que apuntan contra sus viejos enemigos, sus nuevos adversarios y sus tradicionales a liados.

Intervencionismo generalizado. Desde el final de la Guerra Fría el Pentágono ha extendido su red de bases militares. Ingresó en varias regiones anteriormente vedadas (Báltico, Europa Central, Ucrania, Asia Central), acrecentó su presencia en América Latina e irrumpió en África. Estados Unidos ejerce un rol determinante en los conflictos armados, como invasor, instigador, proveedor de pertrechos o sostén de los bandos en pugna. Actúa en forma directa o lateral en todas las sangrías de África (Sudán, Chad y Somalia), Asia (Shri Lanka y Pakistán) y Medio Oriente (Afganistán, Irak, Libia).

El rol jugado por la CIA en estos choques sólo se conoce mucho tiempo después de su ocurrencia. Hay un trabajo sucio de los servicios de inteligencia financiado con enormes partidas del presupuesto militar. La penetración del espionaje en las actividades habituales de la diplomacia tradicional se acrecienta día a día.

En las zonas de ocupación se recurre a bombardeos sistemáticos contra la población civil, que la prensa adicta describe como “daños colaterales”. Los asesinatos de ciudadanos indefensos se presentan como acciones necesarias contra el terrorismo. Disparar a mansalva y balear a los sospechosos son ejercicios habituales de los marines en Afganistán o Irak1.

Esa brutalidad aumenta en proporción al número de mercenarios incorporados a las tareas de ocupación. Las empresas de seguridad actúan sin ninguna atadura a las reglas militares y cuentan con protección oficial para comportarse como pistoleros. Estos actos de salvajismo son la carta de presentación que utilizan las compañías para obtener nuevos contratos del Pentágono2.

La comandancia estadounidense monitorea formas inéditas de terrorismo de Estado, mediante secuestros y torturas que se realizan en una red mundial de cárceles clandestinas. Los prisioneros soportan condiciones inhumanas, se les traslada de un punto a otro y tienen anulado el derecho de defensa. La mitad de los detenidos de Guantánamo es totalmente inocente de las acusaciones que condujeron a su secuestro.

También se ha perfeccionado el asesinato selectivo a través de unidades especializadas. El ajusticiamiento de Bin Laden constituye el ejemplo más reciente de esta modalidad de terrorismo estatal. El líder de Al Qaeda no fue apresado como otros personajes semejantes (Noriega, Sadam) para exhibirlo en algún tipo de tribunal, sino que fue directamente acribillado por un comando elogiado por Obama. El relato infantil que montó el Departamento de Estado para presentar ese crimen como un acto heroico no logró ocultar que simplemente liquidaron un individuo desarmado.

Estados Unidos afirma que debe ejercer su “responsabilidad de proteger a los civiles”. Pero termina consumando masacres, que se ubican en las antípodas de cualquier “intervención humanitaria”.

Las agresiones siempre se perpetran con alusiones a la libertad y la democracia, hasta que salen a flote los verdaderos propósitos. En ese momento se destapa que lo importante en Irak era el petróleo (y no las armas de destrucción masiva), que en Panamá el problema era el canal (y no las drogas) y que Afganistán es un sitio geopolítico esencial (con o sin Bin Laden). El imperialismo redobla la apuesta frente a cada obstáculo y responde con nuevas convocatorias guerreristas ante cualquier “peligro que afronte Occidente”.

Continuismo y degradación. Obama ha mantenido sin cambios esta política belicista y abandonó sus promesas de moderar la agresividad. Perpetúa Guantánamo, preserva la censura militar, avala la tortura, alienta a las tropas y repite las mismas vulgaridades que Bush sobre el terrorismo. Sólo modificó el estilo y transformó un discurso prepotente en retórica calibrada, para restablecer alianzas y obtener más recursos. Esta continuidad ha generado decepción y el receptor del premio Nobel de la Paz ya fue penalizado por el electorado con expectativas progresistas.

Obama retoma la política de Bill Clinton, que encubrió con disfraces humanitarios los ataques a Somalia (1992-93), los bombardeos de Bosnia y los Balcanes (1995), la agresión a Sudán (1998), la incursión en Kosovo (1999) y el hostigamiento de Irak (1993-2003). Actualiza el paradigma de “guerras justas” y concertadas, que durante los años 90 se implementaron en nombre de la globalización y el multilateralismo. Con ese molde corrige los excesos de la soberbia unipolar de Bush, buscando garantizar los objetivos militares que comparten los legisladores demócratas y republicanos.

La agresividad imperial externa se traduce, además, en un recorte de las libertades democráticas. Resulta imposible masacrar afuera y preservar dentro del país un sistema de información irrestricta. El giro hacia el totalitarismo interno incluye mayor control sobre la difusión de los acontecimientos bélicos.

El espionaje interno ha quedado desbordado en Estados Unidos por una enorme red de agencias. Estas entidades receptan y almacenan diariamente un cúmulo ingobernable de información, que nadie logra procesar y coordinar con alguna seriedad. El número creciente de personas con acceso a los sistemas clasificados ha deteriorado también el carácter confidencial de esa actividad y muchos secretos salen a la superficie.

Hay casos de hackers que difunden esa información por competencia informática o por simple afán de gloria. Pero también hay reacciones frente a la barbarie militarista. El periodismo militante tiende a multiplicarse para contrarrestar la censura de impuesta a la prensa3.

La militarización interna es un efecto de la paranoia, que ha generado la cruzada contra el terrorismo. El estado policial hace germinar fuerzas más descontroladas, entre una población habituada al uso de las armas, al racismo y a la persecución de inmigrantes. Algunas leyes en danza autorizan la detención de un individuo por cualquier tipo de sospecha.

Bloquear a los adversarios. El imperialismo estadunidense enfrenta actualmente el ascenso de un grupo de países de creciente gravitación, como China, India, Brasil, Sudáfrica o Rusia. Han sido bautizados con el término de emergentes por sus enormes recursos demográficos, naturales y mili-

tares o por su experiencia en la dominación político-militar. Esta irrupción representa un serio desafío para la primera potencia.

El ritmo de expansión de esos países no se detuvo con la crisis financiera del 2008-2010. Mientras que las economías centrales afrontaron los efectos de una severa recesión, los emergentes mantuvieron un importante nivel de actividad. Esa asimetría explica los intensos debates sobre acoples, desacoples y re-acoples, que rodearon a esa convulsión.

Este nuevo grupo de países se perfila como un tercer bloque, igualmente distanciado de las econo mías avanzadas y del Tercer Mundo. Mantienen una participación limitada en el PIB global, que se incrementa año tras año (del 14% en el 2007 % al 18% en el 2010). Este conglomerado creció tres veces más que las economías avanzadas durante el 2010, con deudas públicas en disminución y clases medias en expansión. Estos dos últimos indicadores presentan una evolución muy negativa en la tríada.

En el año 2000, sólo 26 de las mayores 500 empresas (por su nivel de capitalización bursátil) pertenecían al grupo emergente. En la actualidad llegan a 119 y han liderado varios procesos de adquisiciones de grandes firmas. Además, un tercio de los bonos de tesoro estadunidense se encuentra actualmente atesorado en sus Bancos Centrales4.

China. China se afirma como segunda economía del mundo, luego de superar a Japón. Mantiene un promedio de crecimiento del 10% anual y se ha transformado en el mayor exportador del planeta. Encabeza la tabla mundial de fabricantes de autos y alberga el principal mercado de nuevos vehículos. Como se transformó en el principal usuario de energía, ya lidera la emisión de monóxido de carbono5.

Las consecuencias geopolíticas de ese progreso se vislumbran en la presencia de la sombra china en todas las regiones con recursos naturales. Las empresas orientales conquistan espacios en los países asiáticos y en cualquier zona de África o América Latina con gas, petróleo, minerales o insumos agrícolas. Este dinamismo oriental desestabiliza la pretensión estadounidense de preservar su liderazgo imperial. El incremento del gasto militar chino -que saltó de la moderación a la expansión en la última década- es también un dato relevante.

El avance chino ha generado más desconcierto entre los diseñadores de la política exterior estadounidense, que la irrupción japonesa de los años 80. Hay varias estrategias abiertas, en un abanico de posturas beligerantes (promovidas por Pentágono) y conciliatorias (alentadas por las empresas transnacionales).

Un sector (Kaplan y Mearsheimer) propone retomar la guerra fría y crear un clima beligerante entre los aliados de la zona (Japón, Australia, Taiwán y Corea del Sur) para reproducir el hostigamiento que debilitó a la Unión Soviética. Otra postura (Pinkerton) promueve incentivar los conflictos con otras potencias (India, Japón), para lucrar con el debilitamiento de todos los competidores. Otra tesis (Kissinger y Brezhinski) sitúa la amenaza china sólo en el flanco económico y busca formas de asociación. Durante su gestión Bush no privilegió ninguna de estas opciones y esta vacilación persiste con Obama6.

Esta misma variedad de posturas se verifica en la contraparte china. Hasta ahora ha prevalecido la de la elite costera, que promueve preservar estrechas relaciones económicas con Estados Unidos, con el propósito de mantener la primacía de las exportaciones y el financiamiento de un socio privilegiado. Esta orientación limita todos los ensayos de giro hacia el mercado interno, la mayor inversión en el agro y la apreciación del yuan.

La postura opuesta propone diversificar los créditos y tomar distancia del deudor estadunidense. Propugna contrarrestar los desequilibrios que genera un esquema exportador, que descontrola la afluencia rural hacia las ciudades, mantiene los salarios contraídos y limita el consumo de los sectores más humildes. La influencia de este sector es mayor en las provincias del interior y no logra preeminencia entre los conductores de la política exterior oriental7.

Es evidente que China amplía su esfera de influencia con exportaciones de capital y mercancías. Pero su perfil futuro no depende sólo del continuado despliegue productivo, sino también de un desenlace político, entre las estrategias en pugna en las elites dirigentes.

(Texto de Claudio Katz, rebelión, 18/VI/11).