domingo, 2 de enero de 2011

INTERNACIONAL: Estados Unidos: narcopotencia

¿Quién le ha dado el derecho a Estados Unidos para incluir o excluir a los que cumplen o incumplen compromisos en la lucha internacional contra el narcotráfico? “Nadie tiene ese derecho y si alguien lo tuviera sería la ONU”. Ésta fue la respuesta de Hugo Chávez a la inclusión de Venezuela en un memorando de la Casa Blanca al Departamento de Estado que lista a los “países que no cooperan” en la lucha antinarco. El documento, además, promueve una mayor intervención y ocupación de Centroamérica con el pretexto de que “la guerra sin cuartel de México y Colombia” obligó al narco a replegarse hacia “Honduras, Costa Rica y Nicaragua”, por primera vez incluidos en la lista de “grandes productores o plataformas del narcotráfico en el mundo”.

Como se esperaba ya, el gobierno de Laura Chinchilla, de Costa Rica, que autorizó la presencia militar de Estados Unidos en su territorio, ofreciendo inmunidad a soldados y oficiales de ocupación que incurrieran en rupturas a la ley penal internacional, encabeza una “iniciativa centroamericana” para “presionar” a Estados Unidos en pos de más ayuda contra el narco.

El memorando también se usa en el caso de Venezuela, con fines político-electorales. Su sesgo oportunista, unilateral y parcial, junto a la cada vez más notoria participación de Estados Unidos en todos los niveles de la estructura y dinámica del narcotráfico, desautorizan la retórica de su guerra antinarco/crimen o sea, lo que en la guerra sicológica y política se conoce como “historia de cobertura”, la mampara que encubre campañas antipopulares y diseños de intervención y ocupación policial/militar/empresarial de zonas clave por su posición geográfica o por sus recursos.

No es casual que sean militares, Hugo Chávez o el coronel Sued Castro Lima, de la Fuerza Aérea de Brasil, quienes, entre otros, llamen la atención sobre el fenómeno: Estados Unidos se erige como juez de otros, mientras ejerce el dominio abrumador y es el principal beneficiario de los magnos negocios derivados del narcotráfico y el crimen organizado. Castro Lima muestra lo insostenible del argumento de fachada de combate al narcotráfico de la Casa Blanca: “en Colombia la producción de cocaína aumentó porque también lo hizo el mercado concentrado en Estados Unidos y en años recientes el precio de la cocaína cayó 36% resultado del aumento de la oferta y no de una reducción de la demanda”.

Esos y otros datos indican que a nivel internacional Estados Unidos se perfila como la principal narcopotencia: es gran productor de mariguana y los más de 7 millones de adictos a la cocaína que la consumen en su territorio, constituyen el mayor mercado del orbe. Además se sabe que 70% del dinero se lava ahí, significando, dice Castro Lima, “...que las mafias que operan en su territorio dominen 90% del lucro del gran negocio, que queda en manos de las mafias de Estados Unidos”.

En Afganistán la producción de opio desapareció entre 1996-2001 porque el Talibán consideró a la droga anti-islámica: hoy, con la invasión y ocupación de Estados Unidos, las transacciones ilícitas florecen y “la región produce 70% del opio del mundo”.

En nuestra región la industria armamentista de Estados Unidos es beneficiaria de doble vía de esta guerra sui géneris: Estados Unidos es el principal abastecedor (al 90%) de armas a los cárteles que operan acá ¡y a los ejércitos que los combaten! duplicando así exportaciones y beneficios. Al norte, los dólares; al sur, los muertos.

Castro Lima acierta al decir que la intención es aplastar “los movimientos populares o revolucionarios que surgen en América Latina y la intimidación o neutralización de iniciativas regionales” tipo UNASUR. También lo es debilitar cualquier expresión de jurisdicción estatal, sea en Canadá, México o Venezuela, que interfiera con el fluido acceso de Estados Unidos y sus “socios” a negocios o recursos vitales como electricidad, gas y petróleo.

Es en el territorio de la narcopotencia y no en Colombia, México, Centroamérica o el Amazonas, donde, en palabras de Castro Lima “...debería trabarse el principal combate contra el narcotráfico”.

(Texto de John Saxe-Fernández, La Jornada, 23/IX/10).

OPINIÓN: El Comandante Jorge Briceño

Siempre que un revolucionario cae en combate, se formulan, como es de esperar, dos posicionamientos diametralmente opuestos. Están lo que, como es el caso del gobierno fascista colombiano, su ejército, su burguesía, y sus protectores y proveedores de logística y armamento (bases militares estadunidenses incluidas), festejan y vitorean a la muerte. Como ya ocurriera con el Che, ahora se vuelven a exhibir cadáveres, a dejar fotografiarlos, a firmar columnas “de opinión”, en las que piden más y más sangre, a generar adhesiones de mandatarios de la extrema derecha latinoamericana y europea, que se suman así a este festival sanguinolento, los deseos de “paz” de sus respectivas oligarquías. Una “paz” que todos ellos necesitan para seguir acumulando riquezas y continuar machacando hasta lo indecible a millones de hambrientos de sus respectivos países.

En el caso del Comandante Jorge Briceño, conocido como “Mono Jojoy”, se vuelve a repetir esta situación, con el agravante de que hasta ha quedado entre paréntesis la posibilidad de que los insurgentes atacados y asesinados hayan podido caer “combatiendo” en el sentido literal de la palabra. Y decimos esto porque el enemigo que enfrentan las FARC y el ELN, que es el mismo que soportan iraquíes, afganos, palestinos y otros rebeldes de este planeta, es un enemigo cobarde, rastrero, miserable, y sobre todo, bestial. Para “resolver” este tipo de confrontaciones, no apela al cuerpo a cuerpo. Ahora, este enemigo emplea toda la tecnología militar que le suministran sus protectores de Washington, y en este caso puntual, el ejército de Santos utilizó en su operación “Sodoma”, nada menos que 30 aviones y cerca de 27 helicópteros artillados que bombardearon, ametrallaron, y masacraron todo lo que encontraron a su paso, sean seres vivos, o la propia naturaleza que los protegía, en aquella distante zona del Meta, en La Macarena. Si después de tan descomunal y sorpresivo ataque alguien tuvo la suerte de no morir, no tardó en hacerlo debido al tiro de gracia que le dispararon los cobardes uniformados del cuerpo de infantería.

El imperio se regodea anunciando que “las FARC están derrotadas” y que lo único que les queda es rendirse, entregar las armas y, de rodillas aceptar el castigo que se merecen por haber desafiado al poder establecido. Es precisamente en este punto en que no coincidimos con Juan Manuel Santos, presidente de Colombia por la gracia de Obama y todo su tinglado del Pentágono imperial armamentista. Las FARC y el ELN no se lanzaron al monte hace medio siglo por puro gusto, sino porque la situación que vivía el pueblo colombiano en esos años, era de total pauperización y miseria estructural. Como bien recuerdan los escritos del Comandante Marulanda: “cuando decidimos alzarnos en armas, lo que más nos justificaba a hacerlo era ver a los hijos del campesinado morirse por montones por culpa del hambre, mientras sus padres sufrían la impotencia y el dolor de no poder evitarlo”.

¿Alguien cree que esta situación de pobreza y exclusión no sigue provocando estragos en la Colombia actual? ¿Alguien piensa que la explosiva situación social que genera continuas huelgas obreras y estudiantiles, marchas indígenas y protestas de todo tipo a lo ancho y largo del territorio colombiano, son un invento de la insurgencia, o simplemente la realidad de un país en el que diez familias se apoderan del 90% de lo que produce el grueso de la población? Pero además, ¿alguien supone que una insurgencia como la que se desarrolla en Colombia desde hace cinco décadas, podría haber subsistido si amplios sectores de ese pueblo (obreros, estudiantes, campesinos) no le sirvieran de semillero para seguir generando respuestas dignas a tanto odio y muerte desplegado por los respectivos gobiernos liberales y conservadores?

Se equivocan Santos y sus secuaces cuando creen que la dolorosa muerte del Comandante Briceño y de sus compañeras y compañeros asesinados va a paralizar la lucha de la insurgencia. Aprietan los dientes por la rabia que produce el hecho de que los mejores hijos del pueblo tengan que pagar con sus vidas sus ansias de libertad, pero enseguida surge la digna respuesta de continuar la pelea en que se empeñaron sus antecesores.

El Comandante Jorge Briceño nació de madre y padre guerrilleros, vivió prácticamente toda su vida alzado en armas, y en ese andar, se emparentó con Marulanda, con Jacobo Arenas, con Alfonso Cano, con Simón Trinidad, con Sonia, con Raúl Reyes, y al igual que Camilo Torres, el Cura Manuel Pérez, el Comandante Gabino y otros insurgentes como ellos, abandonaron todas las comodidades que da la vida “normal”, precisamente para que millones de pobres de toda pobreza puedan alcanzar alguna vez la normalidad de tener comida, techo y tierra para ellos y su descendencia.

Ni Briceño, ni Lucero Palmera, ni los que están enterrados en vida en las cárceles-tumba colombianas o en las mazmorras yanquis a los que fueron extraditados, son terroristas, ni seres demoníacos o malévolos (como gustan tipificarlos los medios enganchados a la represión), son patriotas latinoamericanos que algún día serán homenajeados como corresponde. Como lo fueron otros “terroristas” como ellos, llamados Tupac Amaru, Bartolina Sisa, Manuela Sáenz, Martí, Bolívar, Sandino, Mandela, Farabundo Martí, Sendic, Ernesto Guevara, Camilo Cienfuegos, Inti Peredo, Filiberto Ojeda, Miguel Enríquez… En ese momento, quizás no tan lejano, sus ejemplos de entrega y sacrificio, estarán por encima de toda la ponzoña vertida contra ellos por quienes practican hoy el Terrorismo de Estado o masacran a nuestros pueblos.

(Texto de Carlos Aznárez, rebelión, 25/IX/10).

ANÁLISIS: Walter Benjamin y el arte de narrar*

“Todos los pueblos colonizados tienen conciencia de que su verdadera historia ha sido proscrita por el colonizador. Saben que la suya es una historia oculta, clandestina, negada. Saben también que, pese a todo, esta historia existe y que su prueba evidente es la presencia misma de cada pueblo”: Guillermo Bonfil Batalla

Los historiadores suelen decirse artesanos. Al artesanado los une su arte de seguir huellas, encontrar indicios, reunir pruebas y someterlas a una forma de la crítica similar a la que ejerce el carpintero sobre sus maderas y el tejedor sobre sus hilados. Marc Bloch se decía un artesano, cercano a su materia de trabajo y reacio a la generalización especulativa propia de otros terrenos del conocimiento: “Entre los espectros que una falsa comprensión del pasado alza en nuestro camino y que un conocimiento más preciso exorcisa, ubicaría en primer lugar a la falsa analogía”. Uno de esos sencillos exorcismos está en el respeto propio del artesano hacia la materia con la cual trabaja.

Las tesis Sobre el concepto de historia conocieron una larga maduración en la obra previa de Walter Benjamin. Ideas de las tesis, y hasta párrafos enteros, aparecen en sus escritos de los años 30. Entre estos escritos están El narrador. Reflexiones sobre la obra de Nicolás Leskov, de 1936, y Eduard Fuchs, coleccionista e historiador, de 1937. Buscaré en lo que sigue algunos de los hilos que en las tesis se vuelven entramado.

Tomando pie en un conciso párrafo de Paul Valéry, Walter Benjamin dice en El narrador que en el trabajo del artesano existe “una relación estrecha entre el alma, el ojo y la mano. …Esta antigua coordinación del alma, del ojo y de la mano es de origen artesanal y la hallamos en el arte de narrar cada vez que éste está en terreno propio”. Hasta es posible preguntarse, agrega, “si la relación que existe entre la narración y su objeto, la experiencia humana, no es en sí misma una relación artesanal; si su tarea no consiste en trabajar en forma sutil y sólida la materia prima de la experiencia, la propia y la ajena”.

En su obra póstuma de 1942, Apología por la historia, Marc Bloch reclamaba para el conocimiento histórico esa misma primacía de la experiencia y aquella sabiduría propia de las manos del trabajo: “al igual que el tacto de la mano, existe un tacto de las palabras”. El historiador, artesano como a sí mismo se imagina, es y no es un narrador. No lo es en cuanto el narrador, el que cuenta historias bajo un árbol o junto al fuego, no tiene que aportar pruebas de sus dichos, sólo decir que lo sabe por experiencia propia o por experiencia ajena que otros le contaron. Son éstas sus referencias, no las mismas que las que debe aducir el historiador. Artesano es éste, sin embargo, en cuanto él también, historiador, transmite y narra en el presente (“el presente es el fragmento del pasado más cercano a nosotros”, decía Marc Bloch) una experiencia humana pasada que ha reconstruido según ese otro arte artesanal, el del rastreador o el huellero, descubriendo aquellos indicios, muchos o pocos, que de ese pasado pueden aún hallarse si se sabe buscar. Ese investigador sigue siendo uno que en su tarea requiere de aquella antigua coordinación del alma, del ojo y de la mano. Y una vez que ha encontrado los fragmentos y con ellos una imagen de ese pasado, no tiene otro remedio que contar su historia.

Es aquí donde se vuelve narrador, oficio antiguo como el que más.

“La experiencia trasmitida oralmente es la fuente en la cual han abrevado todos los narradores. Y entre los que han escrito sus historias, los grandes narradores son aquellos cuyo texto se separa menos de las palabras de los innumerables narradores anónimos”, escribe Benjamin. Entre éstos, nos dice, existen dos grupos que sin cesar se interpenetran. Uno es el campesino sedentario, que mucho ha vivido. El otro es el marino comerciante, que mucho ha viajado. Uno conoce historias y tradiciones de su comarca, el otro trae las de tierras lejanas. De estos dos arquetipos provienen dos estirpes de narradores. Pero es imposible pensar el arte de contar en toda su amplitud histórica sin una penetración recíproca muy íntima entre estos dos arquetipos.

Si es verdad que los campesinos y los marineros han sido los maestros consagrados del arte de narrar, el artesanado fue su gran escuela. En éste, el mensaje de países lejanos que trae quien mucho ha viajado se une al mensaje del pasado cuyo confidente es el hombre sedentario. El arte de narrar encuentra así sus primeros maestros entre aquellos que viven por sus manos. El investigador histórico, por su parte, tiene ante sí una exigencia específica de su oficio, que no se ocupa tan sólo de narrar. Walter Benjamin le demanda una inquietud espiritual: “dejar de lado toda actitud serena, contemplativa, para tomar conciencia de la constelación crítica en la cual tal fragmento del pasado entra con respecto a tal fragmento del presente”. Le pide, en otras palabras, “poner a trabajar la experiencia de la historia que, para cada presente, es una experiencia personal”. El materialismo histórico, escribe, “se dirige a una conciencia del presente que hace estallar la continuidad de la historia. …Concibe la comprensión histórica como una segunda vida de aquello que ha sido comprendido, cuyas pulsaciones son perceptibles hasta el presente”.

Una segunda vida del pasado en el presente: si esto es así, nos dice Walter Benjamin, el objeto de un conocimiento histórico venidero “no es una madeja de puros y simples hechos, sino un conjunto definido de hilos que muestran, en la textura del presente, la trama de un pasado”. Sería erróneo, agrega, “identificar esta trama con el puro lazo causal. Por el contrario, es un todo dialéctico, y algunos hilos, que pueden haberse perdido durante siglos, son retomados en forma repentina y silenciosa por el curso actual de la historia”. Ese curso, en aquellos años treinta del siglo XX, había adquirido una coloración atroz. Conocedor fino y sutil de los escritos de Marx, de la lógica inhumana del capital y del ascenso en Europa de una barbarie de progreso técnico, Benjamin anota: Las preguntas que la humanidad plantea a la naturaleza están condicionadas, entre otras cosas, por el nivel de la producción. Aquí es donde fracasa el positivismo. En el desarrollo de la técnica, sólo fue capaz de ver el progreso de las ciencias de la naturaleza, pero no las regresiones de la sociedad. No vio que ese desarrollo estuvo condicionado en modo determinante por el capitalismo.

Así se consumó en el siglo XIX un hecho definitorio de lo que vendría, “la recepción abortada de la técnica”. Esta recepción se realizó a través de una serie de concepciones que, “sin excepción, tratan de cancelar el hecho de que, en esta sociedad, la técnica sirve sólo para producir mercancías”. Sigue entonces su diagnóstico sin piedad sobre el siglo XX, el suyo, el que fue el nuestro: “Es el momento de preguntarse si la ‘bonhomía sentimental’ propia de la burguesía de aquel siglo XIX no se debía a la sorda satisfacción de no haber tenido que enterarse nunca de la evolución que iban a tener las fuerzas productivas entre sus manos. Pues, en efecto, esta experiencia correspondió al siglo siguiente. Éste verá cómo la velocidad de los medios de transporte y la capacidad de los aparatos que reproducen la palabra y la escritura va más allá de las necesidades. Traspasado ese límite, las energías que la técnica despliega son destructivas. Favorecen ante todo a la técnica de la guerra y de su preparación por la prensa”.

De esta lucidez de la razón histórica se nutrieron sus escritos a lo largo de la década trágica que trascurre entre la crisis de 1929, el ascenso paralelo del fascismo, el nazismo y el stalinismo, la derrota de la revolución española en la cual los tres convergen, y el inicio en 1939 de la Segunda Guerra Mundial. En el umbral de esta catástrofe, entre 1938 y 1939, esos escritos están animados por lo que llama “el coraje de la desesperación: la conciencia de que el mañana puede traer destrucciones de una amplitud tal que parecerá que nos separan siglos de los textos y las producciones que apenas datan de ayer”. Esa conciencia relampaguea en 1940 en los dos gestos últimos de su alma y de su mano: sus tesis Sobre el concepto de historia y su suicidio en Port Bou. Relámpagos de color oscuro, ellos parecen iluminar los tiempos violentos de la historia que llegarían con el siglo sucesivo. La violencia sin par del siglo XX no sólo incubó la de estos tiempos nuestros que han apenas comenzado. Trajo también consigo una creación y una acumulación de experiencia en resistir, organizar, pensar, imaginar y poner en práctica sentidos y significados de la vida diferentes y opuestos a la barbarie cosificada del reinado universal de la mercancía y la “dependencia respecto de las cosas” como razón y principio moral fundante de la vida.

Experiencia es confianza en las propias fuerzas. “Ninguna clase puede encarar la acción política sin tener confianza en sí misma”, escribía Walter Benjamin –en estos tiempos, la clase sin confines de los oprimidos, los despojados, los expatriados, los explotados y los humillados por la actual e inhumana configuración del mundo–. Pero, agregaba, una cosa es la confianza en la propia capacidad para actuar, y otra diferente es el optimismo sobre las condiciones en que tendrá lugar dicha acción: confianza en lo viviente o confianza en lo instituido, podríamos decir. Este segundo optimismo era el más infundado y problemático: “La posibilidad de la barbarie, de la cual Engels en La situación de la clase obrera en Inglaterra y Marx en su diagnóstico del desarrollo capitalista habían tenido una intuición fulgurante”, prosigue Benjamin, era inimaginable para las mentes socialdemócratas de fines del siglo XIX y principios del siglo XX. No habiendo alcanzado a divisar desde su mirador metropolitano la barbarie colonial, la Primera Guerra Mundial y lo que después siguió se desplomó sobre sus sosegadas y desprevenidas cabezas. La barbarie, el sinsentido, no amenaza desde afuera a las murallas de la presente ciudad del capital, cuyo símbolo y escudo de armas no son los rascacielos de Wall Street, de la City, de Shangai o de Dubai, sino los cinco muros del Pentágono. Viene desde adentro de esos muros y sus proliferantes aledaños financieros y desborda sobre el mundo.

Desde el lado opuesto no la contiene ninguna institución. Se le opone en cambio, difusa y sin fronteras, la experiencia humana, esa “constelación crítica entre tales fragmentos del pasado y tales fragmentos del presente”, “ese conjunto preciso de hilos del pasado en la textura del presente”. Es allí donde se revela, y en los tiempos violentos se vuelve fuerza material, aquella confianza propia de los órdenes subalternos vividos por los humanos, recibida de los hechos de sus múltiples historias a través de las voces de sus narradores, huelleros, viajeros, troveros y cuenteros.

(Texto de Adolfo Gilly, la haine, 29/IX/10).

* Este escrito es el epílogo, levemente modificado, de Adolfo Gilly, Historia a contrapelo – Una constelación, Ediciones Era, México, 2005.

Notas:

Marc Bloch, Histoire et historiens – Textes réunis par Etienne Bloch, Armand Colin, Paris, 1995, ps. 36 y 33. De los recursos que el investigador pone en juego en esta dimensión artesana de su oficio trata el clásico estudio de Carlo Ginzburg, “Señales. Raíces de un paradigma indiciario”, en Aldo Gargani (comp.), Crisis de la razón, Siglo XXI Editores, México, 1983, ps. 55-99.

Walter Benjamin, “Le narrateur. Réflexions à propos de l´oeuvre de Nicolas Leskov”, en Écrits français, Gallimard, Paris, 1991, ps. 205-229.

Walter Benjamin, “Eduard Fuchs, collectioneur et historien”, en OEuvres, III, Folio, Paris, 2000, ps. 170-225.

Walter Benjamin, Écrits français, cit., ps. 228-229.

“No hay menos belleza en una ecuación exacta que en una frase justa. Pero cada ciencia tiene su propia estética del lenguaje. Los hechos humanos son, por su misma esencia, fenómenos muy delicados, muchos de los cuales escapan a la medición matemática. Para traducirlos bien, y luego para penetrarlos bien (¿pues acaso es posible comprender perfectamente lo que no se sabe decir?), es menester una gran finura de lenguaje, un color justo en el tono verbal. Allí donde calcular es imposible, se impone sugerir. Entre la expresión de las realidades del mundo físico y la de las realidades del espíritu humano el contraste, en resumen, es el mismo que existe entre la tarea del obrero fresador y la del violero: ambos trabajan al milímetro; pero el fresador utiliza instrumentos mecánicos de precisión; el violero se guía, ante todo, por la sensibilidad del oído y de los dedos. No estaría bien que el fresador se contentara con el empirismo del violero, ni que el violero quisiera imitar al fresador. ¿Es acaso posible negar que, al igual que el tacto de la mano, existe un tacto de las palabras?”. (Marc Bloch, Apologie pour l’histoire ou Métier d’historien, Armand Colin, Paris, 1993, p.52).

Walter Benjamin, Écrits français, cit., p. 206.

Ibid., p. 207.

Walter Benjamin, OEuvres. III, cit., p. 190.

Ibid., p. 184.

Ibid., p. 185.

Ibid., p. 227.

Ibid., ps. 201-202.

CLAUDIO KATZ: Las tres dimensiones de la crisis (V)

Civilización y medio ambiente. Durante el año pasado proliferaron las cumbres presidenciales para lidiar con la crisis. Hubo encuentros para coordinar el socorro de los bancos (Londres), reuniones para compatibilizar las acciones militares (Estrasburgo) y convites para tratar el cambio climático (Copenhague). Por primera vez la temática ambiental quedó equiparada en la agenda mundial con otros problemas prioritarios.

La degradación ambiental. El desastre climático desborda los desequilibrios corrientes del capitalismo. El dramático impacto del calentamiento global ya es incluso reconocido por los escépticos, que durante años relativizaron la gravedad del problema. La contaminación ha obligado a presidentes, ministros y ejecutivos a discutir cómo se reduce la emisión de gases y de qué forma se reemplaza a los combustibles fósiles.

El tema es abordado por las clases dominantes ante el agravamiento de las sequías, los tsunamis, las inundaciones, los ciclones y el aumento del caudal de los ríos. La propia noción de cambio climático -que evoca una transformación gradual del medio ambiente- no expresa la vertiginosa destrucción de la biodiversidad.

En los últimos años el deshielo de los glaciares del Ártico y el incremento del nivel agua en las costas del Sudeste Asia provocaron una brusca aceleración del deterioro ambiental. Existe gran coincidencia en pronosticar que traspasado cierto punto, estas trasformaciones tendrían un efecto irreversible.

La emisión de dióxido de carbono se consuma a un ritmo que supera en un 44%, el volumen de gases que el planeta puede reabsorber. Esta desproporción va forjando una huella ecológica de creciente dimensión. La cantidad de recursos que se necesita para reproducir la vida reabsorbiendo los desechos se incrementó al doble entre 1961 y 2005. En la actualidad equivale a 1.2 planetas y en el 2030 supondría dos planetas. Otros cálculos de esta biocapacidad para reproducir las condiciones de la vida presentan resultados más alarmantes.

Es completamente falso atribuir este deterioro a la “irresponsabilidad de los hombres”, “al olvido de la naturaleza” o a las “manipulaciones de la ciencia”. La crisis ambiental es consecuencia de un sistema social asentado en el apetito por el lucro. Durante más de 200 años la competencia por la ganancia provocó la aniquilación de los recursos naturales, sin alterar la continuidad de la acumulación. Esta reproducción ha quedado amenazada en la actualidad.

El desarrollo capitalista se basa en una matriz energética de combustión de los recursos no renovables (primero carbón, luego el petróleo), que junto a la deforestación y la emisión de gases han desencadenado el recalentamiento global. La utilización del medio ambiente natural como un simple insumo de la acumulación ha conducido a la demolición progresiva de ese entorno.

En las últimas décadas el neoliberalismo acentúo estos descalabros, al propiciar una sobreproducción de mercancías basada en la utilización creciente de materias primas. La liberalización de los intercambios, la mundialización del transporte, la producción just in time y el incremento de la urbanización han acentuado el sobreuso de los recursos naturales. Particularmente nocivos son los agro-fertilizantes y los agro-carburantes.

El neoliberalismo oxigenó al capitalismo socavando los pilares materiales del sistema. Este deterioro se consumó en la carrera por aumentar la productividad reduciendo costos, incrementando la velocidad de circulación del capital y acortando el ciclo de vida de los productos.

La propia dinámica de la valorización conduce a vulnerar los límites de la naturaleza. El capitalismo se desenvuelve como una fuerza devoradora. Promueve un crecimiento ilimitado que desconoce las restricciones energéticas y materiales. Esta depredación ha sido muy visible en la utilización del petróleo. En tan solo un siglo (1930-2030) se ha dilapidado el grueso de las reservas de ese combustible. El capitalismo absorbe crecientes cantidades de todos recursos omitiendo su escasez potencial. Pero como no puede desenvolverse sin sustentos materiales esa destrucción afecta su propia continuidad.

Compromisos bloqueados. Los principales gobiernos discuten desde hace años alguna salida al deterioro ecológico. Pero todas las posibilidades de acuerdos han sido bloqueadas por la invariable negativa de las potencias a cargar con el costo de atenuar el desastre. No logran conciliar la meta de reducir el calentamiento (evitar un aumento de la temperatura de 0.7 a 2 grados centígrados). Al ritmo actual de emisiones podrían incluso irrumpir escenarios más dramáticos (4 ó 6 grados), si no se suscribe algún compromiso para disminuir la generación de los gases corrosivos.

La reunión de Copenhague concluyó peor de lo esperado, con total ausencia de objetivos o cronogramas para reducir las emisiones. Tampoco se definió cómo se distribuiría, financiaría o controlaría un eventual acuerdo. Sólo se consensuaron mecanismos de intercambio de información. El gran problema de esta parálisis radica en que la permanencia por debajo de los 2 grados del calentamiento, no se improvisa. Se requieren iniciativas que ningún gobierno está dispuesto a instrumentar.

Estados Unidos sigue apostando a trasladar el descalabro a la periferia, potenciando la injusticia climática. El mayor impacto del desastre ambiental recae desde hace años sobre los pueblos con menor responsabilidad en el problema. Las grandes sequías y contaminaciones azotan a los países que tienen escasa incidencia en la combustión global.

Estados Unidos bloquea cualquier tratado global por una simple razón: con el 5% de la población mundial utiliza el 25% de los recursos petroleros. No acepta cargar con el ajuste que le correspondería. Frustró las conferencias de la ONU (1992) y se negó a ratificar el primer convenio de restricción de las emisiones (Kyoto 1997). Los voceros de la primera potencia suelen enunciar vagas promesas de futuras autolimitaciones, mientras impulsan los agro-carburantes, las plantas nucleares y las manipulaciones genéticas.

El gigante del Norte tiende a establecer a veces alianzas con Europa y Japón contra las economías intermedias y en otras ocasiones tantea acuerdos inversos. El problema se agrava día a día, especialmente desde que las negociaciones desbordaron a la Tríada. China se ha convertido en un emisor del mismo porte que Estados Unidos (cada uno es responsable del 22% del total de gases) y se resiste a limitar su crecimiento o a considerar controles externos sobre sus emisiones. También Rusia e India son partícipes importantes de la contaminación (5% cada uno) y Brasil pesa como gran absorbente potencial del calentamiento.

Todo indica que el tema permanecerá en total irresolución, hasta que alguna devastación mayor impacte sobre los centros imperiales. El Katrina ya situó a una localidad estadounidense, en el nivel de tragedia que se vive desde años en el Océano Pacífico, Birmania o Bangla Desh. Sin embargo, esta advertencia ha sido insuficiente.

Capitalismo verde. La calamidad ambiental ha sido tradicionalmente ignorada por los economistas ortodoxos, que están incapacitados para comprender estos trastornos. A diferencia de los científicos que han seguido detalladamente la evolución del problema, oscilan entre la negación y el escepticismo. No pueden percibir el deterioro del medio ambiente desde el momento que excluyen a la naturaleza de su abordaje de la economía.

Los teóricos neoclásicos consideran que ese cimiento opera como sustento de una ilimitada circulación de flujos mercantiles. Los ortodoxos suponen que el mercado puede resolver cualquier anomalía de la ecología y como razonan en horizontes de corto plazo se despreocupan por las perturbaciones del futuro.

El grueso de los economistas heterodoxos espera soluciones de algún logro tecnológico. Las principales expectativas están puestas en los nuevos usos de la energía nuclear y en los alimentos genéticamente modificados. Con argumentos malthussianos, atribuyen la degradación ecológica al incremento de la población o a erróneos modelos de industrialización.

Una versión muy popular de este enfoque apuesta a la disipación de la contaminación, mediante la reconversión automotriz eléctrica, olvidando el agravamiento del problema que genera la propia fabricación de esos vehículos.

La carrera que ha comenzado por la búsqueda de tecnologías verdes opera como un factor de contaminación. Los keynesianos coinciden con sus adversarios neoliberales en intentar salir del laberinto ecológico con proyectos de capitalismo verde. Suponen que no exigirá inversiones desmedidas, ni reducirá el crecimiento. Los más cautelosos condicionan en cambio este éxito, a la superación de los desacuerdos entre potencias que impiden la instrumentación de los bonos eclógicos.

La aparición de estas iniciativas confirma que la degradación ambiental no será superada con leves impuestos al uso del petróleo o el carbón, ni con proyectos aventureros de captura e inyección del carbono en sitios de almacenamiento. Tampoco tiene sentido promover el uso de bicicletas, mientras se acelera la construcción de autopistas. A medida que los efectos de la contaminación se acentúan, decrece el margen para instrumentar paliativos (como limitar la deforestación) y aumenta la necesidad de reducir drásticamente la emisión de gases.

Los proyectos de capitalismo verde rehúyen estas exigencias con ilusiones mercantiles. Los ejemplos más corrientes de esta ensoñación son las campañas conservacionistas (estilo Gore), que impulsa el ambientalismo capitalista. Intentan demostrar que la polución será superada, transformando a la ecología en un gran negocio para el “desarrollo sustentable”. Especialmente las grandes empresas transnacionales están empeñadas en publicitar ahorros de energía, comidas orgánicas y experimentos con fuentes solares. Con estos mensajes buscan mercantilizar cualquier abordaje del descalabro climático.

La concreción efectiva de cualquier proyecto de capitalismo ambiental enfrenta otros obstáculos mayúsculos. Se requeriría cierta organización global de la inversión, para penalizar las ramas consumidoras de energía en favor de los sectores ahorradores y se necesitaría reorientar las finanzas hacia el crédito en tecnologías verdes. Las barreras que bloquean la implementación de estas estrategias son incontables. El impedimento más obvio es la ausencia de un poder global, capaz de imponer estas políticas de concertación a las empresas rivales de las principales potencias. El capitalismo ha registrado varias mutaciones de gran alcance en el pasado, pero no se avizoran por el momento las condiciones para un viraje de este tipo.

Crisis de civilización. El colapso ambiental presenta una dimensión superior a los temblores coyunturales (típicos de la acumulación) y a las crisis estructurales (específicas de cada etapa del capitalismo). Por esta razón no se equipara con la eclosión financiera del 2008-10, ni con los desequilibrios que generó el neoliberalismo en las últimas dos décadas.

El desastre ambiental tiende a quebrar los equilibrios ancestrales, que permitieron construir sociedades basadas en el intercambio del hombre con la naturaleza. Acompaña la irrupción de otros fenómenos que rompen estructuras inmemoriales de convivencia humana. La urbanización contemporánea es un ejemplo de estos cataclismos. Por primera vez en la historia, más del 50% de la población mundial ha quedado aglomerada en ingobernables centros urbanos.

El desastre ecológico es civilizatorio, desde el momento que involucra contradicciones seculares. Expresa, además, tendencias destructivas que escapan al control de los beneficiarios del régimen actual. Los propios capitalistas no pueden manejar los efectos que genera la primacía de la ganancia sobre cualquier otro parámetro social. Este comportamiento “zombie” ilustra cómo las monstruosidades del sistema agobian a sus propios creadores. La continuidad del capitalismo puede desembocar en un desastre sin retorno.

Las crisis históricas siempre han implicado enormes destrucciones de recursos. El capitalismo nació demoliendo a las civilizaciones circundantes y nunca pudo sustraerse a los grandes cataclismos. Se gestó durante los siglos XVII y XVIII con el pillaje de la acumulación primitiva y la expropiación de los campesinos. Introdujo un terrible nivel de devastación entre las poblaciones originarias, que sufrieron la apetencia de músculos, sangre y oro de los conquistadores. En esa época se registró la mayor masacre demográfica de la historia.

Durante la era colonial el sistema se expandió con el crimen de la esclavitud, que impuso la involución del continente africano y bloqueó el desarrollo endógeno de todas las regiones subordinadas a las metrópolis. Nadie sabe cuál es la escala del peligro actual, como tampoco eran previsibles las distintas tragedias del pasado. Pero tomando en cuenta esos precedentes, no son exageradas las advertencias de una posible hecatombe ambiental.

Temporalidades discordantes. La crisis histórico-ecológica está enlazada con el estallido financiero coyuntural y con las tensiones estructurales del neoliberalismo, pero sigue una trayectoria temporal autónoma. Procesa desequilibrios que no están sujetos a la periodicidad del ciclo corto o a las fluctuaciones largas. Únicamente en su maduración, las tensiones ecológicas podrían conectarse en forma directa con los desajustes inmediatos de la acumulación o con las tensiones de la etapa.

Pero ciertos vínculos ya cobran forma a través de dos efectos de la mundialización neoliberal: la sobreproducción de mercancías y la sub-producción de los insumos, requeridos para sostener la nueva escala de productividad global. La penuria de abastecimientos comienza a verificarse en numerosas ramas y refleja la depredación acumulativa que ha sufrido el medio ambiente. La escala de este ahogo es por el momento desconocida, pero el agotamiento de los recursos naturales generado por la producción sobrante, ya es indicativo de la gravedad del desarreglo actual.

La convulsión del capitalismo es múltiple y sus diversas aristas no se han amalgamado. Es cierto que la eclosión financiera expresa una quiebra del capital, entrelazada con signos de debacle ambiental. Sin embargo, este proceso se desenvuelve como una tendencia, que no se tradujo hasta ahora en convergencia temporal de las tres conmociones. ¿El temblor financiero del 2008-2010 marcará el inicio de esta confluencia?

La catástrofe ambiental continúa asediando al capitalismo como una amenaza en ciernes. Mantiene una discordancia paralela a los trastornos coyunturales de las finanzas, la producción y el comercio, que no han hecho eclosionar los desequilibrios estructurales del neoliberalismo. El capitalismo contemporáneo está afectado por una sucesión variada de conmociones, que se desenvuelven sin fusionarse en una crisis convergente.

Una fusión de estos puntos críticos se concretaría, por ejemplo, si la actual recesión se prolonga, no sólo bloqueando las distintas salidas al desmoronamiento financiero, sino desembocando también en una sepultura del neoliberalismo. Otra convergencia de mayor alcance se consumaría, si un gran desastre ambiental -como el descongelamiento del casquete polar del Ártico- impacta de lleno sobre el ritmo de la actividad económica.

Ecosocialismo. La resolución del problema ambiental con distintas variantes de capitalismo verde es el único horizonte avizorado por los neoliberales, los keynesianos y muchas corrientes del ecologismo militante. Estas últimas vertientes aspiran a sensibilizar a los capitalistas, para inducirlos a proteger el medio ambiente en su propia conveniencia. Suponen que los grandes empresarios y banqueros terminarán comprendiendo que el respeto a la naturaleza es indispensable para la continuidad de sus empresas. Con esa expectativa, muchas ONGs ambientalistas endulzan el negocio verde, sin cuestionar la incompatibilidad existente entre la protección ambiental y el reinado de la ganancia.

El principal mensaje de los economistas ortodoxos frente al descalabro ambiental es un llamado general al ajuste, para costear con más desempleo (y quizás menor producción) una reconversión a las tecnologías verdes. Otros defensores del orden vigente proponen inducir el decrecimiento económico y la contracción absoluta del consumo, para frenar la devastación de la naturaleza. Pero omiten la existencia de alternativas progresistas. Es perfectamente factible desenvolver modelos de crecimiento selectivo, que jerarquicen la generación de bienes sociales en desmedro de las mercancías prescindibles. Este proceso permitiría, además, sustituir paulatinamente los combustibles no renovables por la energía solar.

Las propuestas más interesantes son impulsadas por los teóricos del ecosocialismo. Han demostrado que no existe ninguna necesidad de reducir el nivel de vida de población si se redefine el significado de los bienes, diferenciando los productos necesarios de los prescindibles y creando sistemas de información que reemplacen a la publicidad. Estas iniciativas se enmarcan en la perspectiva de creciente control social de los recursos y selección popular de alternativas de producción y consumo, junto al establecimiento de formas de planificación democrática a escala global. Son ideas que contemplan un horizonte socialista de respuestas al desastre ambiental. Varios autores críticos han comenzado a difundir la necesidad de un cambio radical de las concepciones imperantes, fundamentando su visión en el concepto del “buen vivir”, que desarrollaron los pueblos originarios del continente.

En la cumbre de Copenhague más de 100 mil personas se movilizaron demandando la adopción de medidas en defensa de la naturaleza. Las marchas contaron con gran participación de jóvenes de todos los países quienes cuestionaron el socorro de los financistas. “Si el clima fuera un banco, ya lo hubieran rescatado”, gritaron los concurrentes a esas manifestaciones.

“Es lamentable que quien fue impuesto por la funesta camarilla culpable de la tragedia nacional, en vez de pedir per-dón a los mexicanos por el desastre actual siga optando por la mentira, la confrontación y la ofensa a millones de mexicanos que no se dejaron engañar, a los que llama ‘fanáticos’ porque, en uso de sus derechos y libertades, si-guen expresando su decisión de trans-formar a México por la vía pacífica.

“A la mala el grupo de potentados que no piensa en el país ni le importa el destino del pueblo, se continuó con la corrupción, con la política de pillaje…

“Mantengo una inquebrantable fe en la causa que defendemos y estoy conven-cido de que el cambio vendrá y no lo van a impedir ni la mafia del poder ni Salinas, ni Televisa ni Peña Nieto, ni el PRI ni el PAN ni sus voceros, ni los sembradores de veneno…

“Más temprano que tarde habrá un des-pertar ciudadano y el pueblo tomará conciencia de que es más fuerte y más poderoso que sus opresores. Esos son mis principios y mi convicción”.

AMLO, octubre 6, 2010

Este tono anticapitalista es el dato más prometedor de la batalla actual. Planteos de este tipo han presidido la reciente cumbre de Cochabamba (Bolivia), que reunió un importante número de militantes de 42 países. Se resolvió exigir una drástica reducción de las emisiones (50% entre 2013 y 2020), crear un Tribunal Internacional de Justicia Climática, implementar un referéndum mundial en defensa de la naturaleza y demandar transferencias de los países desarrollados hacia la periferia para saldar la deuda climática. La perspectiva ecosocialista comienza a corporizarse en movimientos populares.

(Tomado de argenpress, 7/V/10).

Notas:

Léase Fridman Thomas, “Un ataque preventivo vale la pena”, La Nación, 16/XII/09.

Consultar Tanuro Daniel: “Rapport sur le changement climatique et les taches anticapitalistes”, Inprecor n 551-552, juillet-aout 2009. Foster John Bellamy, “The vulnerable planet fifteen years” Monthly Review n 7, vol 61.

Una medición en hectáreas globales indica la existencia de una regresión de 2.7 gha (13.2 billones de global-hectáreas dividido por 6.3 billones de habitantes) en 1990, a 2.1 gha en la actualidad. Esta medida es utilizada para mensurar el grado de destrucción del planeta. La Nación, 24/XI/09.

Ver: Chesnais Francois, “Orígenes comunes de la crisis económica y la crisis ecológica” Herramienta n 41.

Vega Cantor Renan, “Crisis civilizatoria”, Herramienta n 42, octubre 2009.

Tanuro Daniel “Derrota en la cumbre, victoria en la base”, Viento Sur, 24-12-09.

Ver: Foster John Bellamy, “Capitalism in wonderland”, Monthly Review n 1, vol 61, may 2009.

Es la tesis de Gray John, “Planeta en riesgo”, La Nación, 15/XI/09.

Ver: Sachs Jeffrey, “Está naciendo un nuevo modelo de capitalismo”, Clarín, 14/II/09.

Krugman Paul, “Solución a la vista”, La Nación, 8/XII/09. Stiglitz Joseph, Clarín, 8/I/10.

Wallis Victor, “Capitalist and socialist responses to the ecological crisis” Monthly Review n 6, vol 60, november 2008

Husson Michel, “Un capitalisme vert est-il posible?”, Contretemps, n 1, 1er trimestre 2009, Paris.

Klein Naomi, “Capitalismo estilo Sara Palin”, La Nación, 4/XI/09.

Chesnais Francois, “Socialismo o barbarie: las nuevas dimensiones de una alternativa”, Herramienta n 42.

Bensaid, Daniel. Les discordance des temps. Les editions de la Passion, Paris, 1995.

Lowy Michael, “Changement climatique: Contribution au débat”, septembre-octobre 2009 n°553-554.

Acosta Alberto, “Hacia la declaración universal de los derechos de la naturaleza”, Alainet n 454, 5/IV/10.

Una crónica en: Castedo Antia, Garacía Bernat, “Perder la calle, ganar el discurso”, El País.