miércoles, 27 de julio de 2011

ANÁLISIS: Smith, Keynes: paradojas de la ciencia económica

El 5 de junio fue el aniversario del nacimiento de dos de los pensadores más influyentes en la historia de la ciencia económica, Adam Smith y John Maynard Keynes. Muchos han hablado y escrito sobre ellos, pero pocos han realizado una comparación de sus vidas y de sus obras, y ésta es la ocasión para hacerlo en momentos en que el capitalismo, el sistema que uno propulsó y el otro intentó salvar, se debate en una profunda crisis. Nuestro objetivo es exponer a grandes rasgos algunas de sus coincidencias y diferencias, lo que nos permitirá comprender, también, los límites del sistema económico en el que vivimos.

1. Toda teoría económica debe ser enmarcada en su época y las ideas de ambos tuvieron que ver con la problemática que le correspondió vivir a cada uno. Las razones del éxito que los acompañó están vinculadas con sus aciertos en descifrar y entender las tendencias y fenómenos históricos predominantes. En el caso de Adam Smith, la emergencia de un modelo capitalista de desarrollo en la Europa del siglo XVIII, marcado por la Revolución Industrial en lo económico y por cambios políticos que destruyeron o restringieron los privilegios de las monarquías absolutas. En el de Keynes, la época de declinación y primera gran crisis del capitalismo, que no comenzó, como lo señala él mismo en sus Ensayos de Persuasión (1931), con la caída de la Bolsa de Wall Street en 1929, sino antes, en la primera posguerra, a través de síntomas que advirtió tempranamente, como el fin del patrón oro y los desequilibrios crecientes del sistema económico internacional. Una evolución histórica que coincide con su etapa de formación y desarrollo como economista.

2. Ni el uno ni el otro fueron meramente economistas. Entendieron la ciencia económica como formando parte de saberes más amplios que permitían una comprensión de las sociedades de su tiempo y de la naturaleza de los individuos que las constituían. Adam Smith inició su carrera universitaria como titular de la cátedra de Lógica y Filosofía Moral en la Universidad de Glasgow, donde elaboró, progresivamente, sus teorías sobre el derecho, la moral y el Estado que se plasmaron en su obra Teoría de los sentimientos morales (1759) y en sus Lecturas sobre jurisprudencia. Su teoría económica se deriva de sus concepciones éticas donde el egoísmo domina la esfera económica mientras que el altruismo funda las bases de la vida social. En este sentido, no puede comprenderse su obra principal La riqueza de las naciones (1776) sino en relación con un corpus ideológico y filosófico en el cual se enmarcan sus aportes a la economía política. Keynes tenía también una formación filosófica y una visión amplia de la realidad de su época. No era adicto a los modelos econométricos que sólo podían aprehender aspectos limitados de la realidad y, aunque profesor en Cambridge y funcionario en distintos momentos de su vida, se caracterizaba a sí mismo, irónica o modestamente, como un “publicista”, un autor que escribe para el público en forma periódica con el objeto de difundir sus ideas. En todo caso, para Keynes, todo economista debía poseer una rara combinación de cualidades: ser a la vez matemático, historiador, hombre político y filósofo. Estudiar el presente a la luz del pasado y con perspectiva de futuro, sin dejar de lado ninguna de las instituciones creadas por el hombre.

3. Ambos concebían al capitalismo como un sistema. No obstante, para Smith era el estadio más elevado en la evolución económica. Keynes, en cambio, consideraba ese sistema como una fase en el desarrollo histórico de la humanidad, aunque por el momento la más conveniente. Adam Smith vio a la economía como un todo orgánico, natural, que a través del mercado tiende a un equilibrio. El hombre, al perseguir su propio interés individual buscando el máximo beneficio, trabaja necesariamente para hacer que el ingreso anual de una sociedad sea el máximo posible. Es llevado a ello por “una mano invisible” que “lo conduce a promover un fin que no estaba en sus intenciones”. En cambio Keynes dice, criticando al laissez faire, que “no es verdad que los individuos poseen, a título prescriptivo, una libertad natural en ejercicio de sus actividades económicas”. No existe –según él– ningún pacto que pueda conferir derechos perpetuos a los poseedores de bienes. A su vez, no es correcto deducir de los principios de la economía política que el mundo estaba gobernado por la Providencia, y que el interés personal obra siempre en favor del interés general.

4. Sus teorías intentaban modificar determinadas condiciones económicas y políticas. En La riqueza de las naciones se destaca la preocupación de Smith acerca de las políticas mercantilistas que afianzaban los monopolios coloniales. El libre cambio era una condición necesaria para el florecimiento de la competencia, los bajos precios y la expansión de los mercados. En consecuencia, la división del trabajo, principal motor del incremento de las fuerzas productivas, no encontraría trabas para su completa generalización y derivaría en una mayor riqueza de las naciones. Algunos de sus seguidores dedujeron de ello que las crisis serían imposibles dentro del sistema en la medida en que el poder de compra del mercado dependiera de la ampliación de la producción y de los ingresos que ésta generara. Por el contrario, Keynes demostró en su Teoría General (1936), y los años ’20 y ’30 le darían la razón, que al aumentar los ingresos puede no producirse un crecimiento similar del consumo, y aquella parte que se ahorra no necesariamente volcarse hacia la actividad productiva, directamente o a través del financiamiento. Esa insuficiencia en los niveles de consumo e inversión, que no cubren la oferta existente, trae graves consecuencias sobre el producto y el empleo y origina las crisis. De ese modo, como dice Joan Robinson, el economista inglés retoma el problema moral que la teoría del libre mercado había aparentemente abolido: su incapacidad para generar ocupación plena y la necesidad de que existan formas de regulación del sistema económico. Ante tal diagnóstico le competía al Estado lograr el pleno empleo: incrementando el gasto, reformando el sistema fiscal, mejorando la distribución del ingreso y regulando el comercio exterior.

5. Adam Smith no representa, sin embargo, completamente, la teoría ortodoxa actual que se impuso en los años del neoliberalismo. En su época, el libre cambio suponía la competencia de muchos capitalistas en respuesta al control monopólico del comercio por parte de ciertas corporaciones privadas y estatales. Hoy, en un mundo signado por compañías multinacionales de carácter oligopólico, el mismo principio implica el dominio de los mercados por parte de unas pocas empresas que determinan la producción y los precios, captando para sí la mayor parte del excedente generado por la acumulación de capital, tanto en la esfera propiamente económica como en la financiera. Por su parte, las políticas keynesianas tampoco significan que la intervención del Estado consista en el salvataje de aquellos mismos sectores, empresas y bancos que provocaron la actual crisis y el posterior ajuste de los ingresos de la mayor parte de la población. Está muy lejos del pensamiento de Keynes subvencionar al mercado financiero y rebajar salarios y jubilaciones.

6. Ni Smith ni Keynes merecen ser valorados por lo que no son, estemos o no de acuerdo con sus postulados. En cambio, valorarlos por lo que son va a ayudarnos a crear un pensamiento propio que responda a nuestras propias necesidades y circunstancias históricas.

(Texto de Mario Rapoport y Ricardo Lazzari, página 12, 6/VI/11).

MOZART: Flauta mágica

Un lugar común clasificatorio sitúa a Mozart en la casilla denominada “música clásica”, entendiéndose por tal cosa la música de escuela, canónica, producida hasta finales del siglo XIX. ¿A qué se opone esta ubicación? ¿A la música popular? ¿Acaso no tomaron motivos populares muchos grandes de la llamada “clásica”? ¿A la música moderna? ¿A la música de vanguardia? Me resulta tan difícil creerlo que me pregunto si es necesaria y justa esa colocación, si son inteligentes esas oposiciones.

Mozart, ya se sabe y es una experiencia repetida, fue un innovador y en su obra están replegados conceptos musicales que se desarrollan y florecen después. Por esa razón, ni siquiera los vanguardistas más radicales lo recluirían en la cárcel de los retrógrados, tradicionalistas, reaccionarios, escolásticos, calificativos todos que se suelen aplicar con liviandad, y hasta brutalmente, a la música llamada clásica. No lo pueden hacer simplemente porque su potencia creativa fue tan asombrosa, incluso para sus contemporáneos, que toda resistencia se abate: además de ser su obra entera un jardín de delicias, es una proliferación de ideas que alimentaron gran parte de la música posterior, ni qué hablar de la romántica.

Por esa razón, nada más justo que los homenajes que se le rindieron en 2006 a los doscientos cincuenta años –¡casi nada!– de su nacimiento. Esa cantidad de años no es un dato trivial: habla de una entropía que sería, en términos sencillos, el seguir diciendo de una obra más allá del tiempo y de las innumerables generaciones. También se lo rememoró a los doscientos de su muerte. Cualquier fecha era buena para recordarlo, pero hay una diferencia: a su muerte ya había entregado una obra prodigiosa; después de nacer tardó un poco, unos cuatro o cinco años, para iniciar lo que llegaría a ser esa obra prodigiosa.

En todas las rememoraciones se señala, como al pasar, que algunas de sus obras, sobre todo finales, fueron concebidas y realizadas al amparo ideológico y filosófico de la masonería. Eso es cierto, sobre todo en lo que concierne a La flauta mágica, que es como una culminación y cuyo estreno se produce muy poco antes de su muerte (¿misteriosa?), pero no por ello se enfatiza mucho su pertenencia a una logia y a un rito, causas que habría abrazado con tanto entusiasmo como para llegar a asomarse a lugares prominentes en la jerarquía tan peculiar de una orden masónica y haber sido objeto de invitaciones a componer algunas de sus obras más perdurables, marcadas por esa asociación.

Ese dato tiene peso y el que se lo soslaye o se lo anecdotice muestra dos cosas: por un lado que Mozart es ineliminable desde donde se lo quiera ver y, por el otro, que más vale no hablar de lo que pudo ser una sensibilidad política e ideológica tan nerviosa como su música y que lo llevó a una toma de conciencia semejante a la que se registra en los espíritus más esclarecidos de su época.

En la actualidad, desde luego, la masonería parece estar fuera de moda, pero, porque sigue siendo una sociedad secreta o semisecreta o nada secreta, no podría afirmarse que no gravite para nada sobre la vida social del modo en que lo hizo en otro tiempo, no se puede saber. Es posible que la masonería haya cambiado de carácter y que no guíe ahora en sus melancólicas reuniones una perspectiva de poder como la que hizo antaño que muchos de sus adherentes llegaran a las más altas posiciones de gobierno en todas partes del mundo, en particular en este país, pero no se puede decir por eso que haya renunciado a su finalidad y su proyecto original, la libertad del hombre ante todo.

Hay ahí una historia compleja y apasionante y seguramente muchas investigaciones sobre lo que fue, lo que quiso ser y lo que es, así como las persecuciones de que fue objeto, con acusaciones tan absurdas como la hechicería, el agnosticismo y otros delirios inquisitoriales. Para el funesto Franco, grotesco caudillo de una sombría España, la masonería fue, como encarnación del demonio, un enemigo jurado, al que había que matar. Dato curioso: para mostrar las aberraciones de ese movimiento hizo construir un museo en la ciudad de Salamanca, con tal ironía del destino que ese museo, que sobrevivió felizmente al franquismo, exhibe todo lo que el franquismo supuso que la masonería era: se ven ahí símbolos y cartas, fotos y recuerdos que permiten al visitante entender exactamente lo contrario de lo que se intentó denigrar. Lo que se quería que fuera repugnante amenaza devino gloriosa certidumbre.

Pero estoy mencionando el fenómeno Mozart, que si bien evoca, pero de paso, ese apasionante tema del pasado y el presente de una sociedad secreta que no sacrificaba niños ni intentaba convertir plomo en oro, es también muchas otras cosas. Y tal fenómeno reside en su inexhaustividad: para quien tenga los oídos abiertos, cada día hay una composición nueva, cada día hay una revelación, de lo encantador de la escucha a la profundidad de lo que se percibe.

Experiencias que con los homenajes se renuevan y hacen volver, como es lo que desencadena estas anotaciones, por ejemplo a ese privilegio que se titula La flauta mágica; como interpretación, lo mejor del mundo en una partitura compleja y difícil y en la que las partes vocales, la orquesta y el coro, de pronto todos juntos, producían un efecto de temblor, de cataclismo, controlado sabiamente por el director. ¡Qué decir sobre las voces, tenor, barítono, bajo, contralto, sopranos! El sonido de la flauta explica, más que su origen, lo mágico de su designación; el juego de la celesta que simula salir de la figura de Papageno tocando el caramillo muestra que no hay ningún símbolo del mal o de la noche; el diálogo burlesco y tartamudo entre Papageno y Papagena irradia un humor que la música raramente puede transmitir.

En cuanto a un presunto significado, desde luego que el dato de la masonería favorece determinadas interpretaciones; de este modo, a un argumento en realidad atrabiliario, o por lo menos ingenuo, y formulado según el patrón de la galantería del siglo XVIII, se diría que perfecto en Cosi fan tutte, también adecuado a un texto clásico, entre teológico y moral, como Don Giovanni, se le ha querido quitar ese carácter y ver en sus argucias símbolos nítidos, los propios del culto masón: luz contra oscuridad, sabiduría contra torpeza, amor contra cálculo y otras oposiciones de una dialéctica sumaria. No se equivocan, porque eso se puede hacer con casi todo texto, quienes así traducen las incidencias ligeras de un argumento a entidades elevadas, sagradas si se quiere. Pero, en lo que me concierne, esa lectura, inmediata y bienintencionada, me deja indiferente, no veo en ella la gracia que tiene ese artefacto increíble que es la obra concreta, tal como suena y se hace oír siendo el ver, propio igualmente pero en menor medida, de la ópera, infinitamente menos significativo.

Lo que quisiera ahora destacar es la presencia en la ópera de los personajes “rústicos”, siempre secundarios y, en otros términos, poco o nada nobles; éstos, en cambio, solían ser para la época los protagonistas principales, atravesados por altas cuestiones, conflictos, dramas y perplejidades filosóficas pesadísimas. Aquí, en cambio, el noble es, anticipándose al romanticismo, un héroe débil y si no está enfermo, como lo habría querido Heine, al menos es monotemático e irresoluto, lo que no impide que las arias en las que expresa sus deseos y su desconcierto sean bellísimas; correlativamente, el pajarero, cómico y divertido, al cual las grandes cuestiones le son ajenas, ocupa un lugar central y los sones que se le atribuyen son, para mi gusto, resplandecientes, de tal modo que si en su representación Papageno es un villano, gracias al sortilegio de la música gana enorme cantidad de puntos: transforma, o muestra una transformación posible de esa figura, es lo imprevisto, es el lugar de lo nuevo. Tal vez Papageno se ennoblezca por sus actitudes pero no lo pretende y, sin embargo, se agiganta, musicalmente desde luego.

Es algo para pensar. Mozart procede como lo hicieron por su lado Schiller y muchos otros escritores y artistas que, permeables a las ideas de la Ilustración –léase Revolución Francesa– quisieron representar simbólicamente el ingreso a la escena histórica de las clases sociales que habían estado a la sombra de la nobleza, sometidas y subyugadas por ellas, carentes de todo protagonismo. El protagonismo por vía de la transformación tiene una enorme importancia: relaciona lo que, haciendo interactuar lenguajes, se puede lograr en materia de presencia del arte en los conflictos sociales. Si eso es así, si esta lectura no es excesivamente reducida, esta reflexión puede ser la respuesta a una pregunta que legítimamente se puede hacer: Mozart simpatizó con la masonería, ingresó en ella, pero de qué modo el pensamiento masón ingresó en su poética, o sea en la materialidad misma de su música, acerca de cuya prodigalidad, diversificación y genialidad se diría que ya no tenemos dudas. En la presencia y transfiguración de un personaje bufo, secundario, hallamos, quizás, esa respuesta.

(Texto de Noé Jitrik, página 12, 2/VI/11).

JACK KEVORKIAN: Jack Kevorkian


Hace pocos días murió Jack Kevorkian, patólogo de profesión y figura central a escala local –vivía en Estados Unidos– e internacional en el debate sobre suicidio asistido. Se puede o no estar de acuerdo con su filosofía. Lo que no se puede es ignorarlo. Cuando falleció tenía 83 años.

Jack Kevorkian nació por primera vez en 1928. Posteriormente nació, aunque fuese de otra forma, en tres ocasiones. La primera en 1987 cuando, en un periódico de Detroit, anunció la apertura de su consultorio para ofrecer “orientación hacia la muerte. La segunda en 1990 cuando colaboró por primera vez en la muerte de una persona, acto que publicitó, a pesar de romper con los cánones tradicionales, con la absoluta convicción de esas raræ aves, completamente seguras de su actuación. La tercera fue en 1999, año en que lo encarcelan acusado de homicidio por haber suministrado fármacos a un paciente con esclerosis lateral amiotrófica.

Por lo sucedido en 1987 le retiraron su licencia médica. El evento de 1990 dio pie para que la justicia estadunidense lo persiguiese incansablemente. Nunca pudieron sumar cargos suficientes para encarcelarlo. Años después (1995), la American Medical Association lo llamó de dos formas: imprudente instrumento de muerte y, gran amenaza para la sociedad. En 1999, tras publicitar en un video la muerte de un enfermo por medio de una inyección letal, se le encarceló durante ocho años acusado de asesinato en segundo grado. Se le condenó también por haber utilizado sustancias médicas sin contar con licencia médica vigente.

Mucho le deben la opinión pública y la medicina contemporánea a Kevorkian. Sus actitudes dividieron. Unos en favor, otros en contra. No había tonos grises. Quienes niegan la autonomía del ser humano y se cobijan en la figura de dios, y quienes consideran que el médico es el dueño de todas las decisiones concernientes al enfermo lo demonizaron. Las iniciativas de Kevorkian fueron bienvenidas por librepensadores, médicos o individuos. Para sus detractores, dios da la vida y es el único que puede decidir sobre ella. Para sus seguidores, la vida no es una obligación sino un derecho; morir puede ser una elección. Su lema era: Morir no es un crimen.

La sociedad se mueve más rápido que las instituciones. Exige más. Las propuestas de Kevorkian, dignificar la vida y la muerte, dotar a las personas de autonomía para decidir cuándo morir y acompañar a los enfermos terminales en sus decisiones, fueron escuchadas y bienvenidas por amplios sectores de la sociedad estadunidense y del mundo. Gracias a sus propuestas, Kevorkian se convirtió en la figura central a escala mundial en el tema del suicidio asistido (proveerle al enfermo los medios necesarios para que él decida dónde y cuándo morir).

Sus opiniones y acciones llevaron a la sociedad a proponer cambios. Los enfermos terminales o personas aquejadas por problemas irreversibles deberían contar con el derecho de solicitar suicidio asistido. Aunque cada Estado se rige por leyes propias y diferentes a las máquinas ideadas (vide infra) por Kevorkian, en Oregon (1997), Washington (2008) y Montana (2009), Estados Unidos, el suicidio asistido es una práctica que se lleva a cabo de acuerdo a lineamientos médicos estrictos. En Suiza también existen dos centros donde se ejerce el suicidio asistido.

Kevorkian llamó a la primera máquina Thanatron (máquina de muerte): por medio de ella el enfermo se administraba los fármacos letales. La segunda se denominó Mercitron (máquina de misericordia): funcionaba mediante la aplicación de monóxido de carbono. Utilizó la segunda cuando se le retiró la licencia médica.

Kevorkian luchó contra el anquilosamiento de la medicina y de la sociedad. Buscó romper estigmas. Buscó humanizar a la muerte. Propuso acortar sufrimientos innecesarios y prolongados. Supo darle voz a los enfermos terminales y tuvo la inmensa y admirable valentía de luchar casi solo contra la sociedad estadunidense, líder imbatible en el ejercicio de la doble moral.

Algunos segmentos de la profesión médica cambiaron debido a Kevorkian. En muchos sentidos humanizó la medicina. Gracias a él y a la presión de la sociedad, algunos médicos prescriben más opiáceos hacia el final de la vida, y en algunas sociedades médicas se busca que los doctores se acerquen a los pacientes terminales.

Más que bregar por la eutanasia activa bregó por el ser humano. Intentó hablar con las autoridades para darle sentido a la vida y a la muerte de los reos condenados a la pena de muerte. No fue escuchado. Procuró abrir un consultorio para orientar a las personas que preferían morir en vez de aguardar a la muerte. Su consultorio fue clausurado.

Kevorkian acompañó a 130 enfermos terminales o con patologías irreversibles que habían hecho de su vida una pesadilla. Acompañar a los enfermos es una obligación médica. Acompañarlos hacia la muerte es un compromiso complicado. Hacerlo y publicitarlo requiere valor y convicción. Kevorkian sumaba esos méritos. La prensa estúpida lo llama Doctor Muerte. Los familiares de los enfermos que murieron acompañados por Kevorkian deben recordarlo con agradecimiento. La medicina moderna, dotada del poder de una tecnología ilimitada, mucho le debe: El médico tiene que cavilar en el enfermo y no sólo en la ciencia.

La vida no es una obligación. La medicina tiene límites. Las personas tienen dignidad, son autónomas y son libres. Al dignificar la muerte se dignifica la vida. De ahí que el suicidio asistido sea un derecho. Todo eso nos enseñó Kevorkian. Todo eso lo debemos a Kevorkian.

(Texto de Arnoldo Kraus, La Jornada, 8/VI/11).

PROKOFIEV: Prokofiev

De haberlo sabido, para un hombre tan hambriento de la fama y el reconocimiento de los otros como Ernesto Sabato, habría sido trágico morirse en un día en que al siguiente no salían los diarios. Prokofiev no tenía ese problema. Y le sobraron la fama, el reconocimiento. Pero se murió en su Santa Madre Rusia, a la que había regresado en 1933, el mismo día que Stalin. No sólo no salió en los diarios aun cuando al día siguiente aparecieron, sino que nadie se enteró de su deceso. El acontecimiento-Stalin oscureció por completo su partida. Sin embargo, la memoria de su genio llena los corazones de la cultura universal, en tanto que el Santo Padrecito de las purgas y los pogroms ocupa un lugar entre los grandes asesinos del siglo XX, y no por “la propaganda de Occidente”, sino porque fue cierto, porque mató a millones de personas, porque detrás de esa fachada de simple campesino latía un demonio en que la pulsión de muerte y la paranoia asesina tuvieron una explicitación duradera y sanguinaria. Su peor pecado es el de haber matado también los sueños del socialismo, los de una sociedad justa, de hombres libres que debieron vivir hermanados por los más altos valores de la esencia humana. A Stalin, a Mao y a otros que evitaré nombrar les debe el socialismo un desprestigio que sólo puede favorecer a sus detractores, todos mala gente, amos que viven del ocio de la plusvalía, sociedades que perduran por las guerras y los grandes negociados, corporaciones avariciosas, medios en manos de quienes son sus poseedores y los utilizan para colonizar la ya escuálida subjetividad de un mundo que acepta la guerra, la tortura y el despojo como alimento cotidiano, como mera información que a nadie conmueve, como entretenimiento. Prokofiev vivió sus días entregado a un arte del que era un sublime, gigantesco exponente: la música. El día de su muerte todos habrán hablado de la de Stalin. Pero durante toda la eternidad –o lo que eso sea– hablaremos de Sergei Prokofiev.

Tal vez sea una incógnita indescifrable por qué volvió a Rusia. A la Rusia de Stalin. Era una gran figura, un consagrado, un grande indiscutido en Occidente. ¿Por qué regresar a una sociedad en que reinaba la censura, la arbitrariedad, en que era el torpe campesino que ocupaba la cima del poder el encargado de decir qué música debían componer los artistas? ¿No conocía los problemas que habrían de estallar a propósito de la ópera de Shostakovich Lady Macbeth del distrito de Mtsensk? Un burócrata escribiría a Stalin que se estaba en presencia de “el más infame episodio de la música soviética”. Prokofiev, sin embargo, se adapta al clima staliniano y hasta llega a componer, en 1939, una cantata para coro y orquesta sinfónica basada en textos populares rusos, mordovios, ucranianos y demás. Se estrena en Moscú el 21 de diciembre de 1939. ¿Su título? Zdrávitsa, Saludo a Stalin. ¿Porque qué Occidente ha “perdonado” más a Prokofiev que a Shostakovich, que sí, y muchos, tuvo problemas con Stalin? ¿Por qué casi no se le reprocha su obsecuencia con el Padrecito? Con el camarada honrado, adulado por todos. Y al que todos se sometían. ¿No es evidente el mensaje de Pedro y el Lobo? ¿Por qué conmueve hasta a Walt Disney y a todo Occidente que educa a sus niños haciéndoles escuchar esa (bellísima, qué duda cabe) partitura? ¿No era claro lo que expresaba la frase: Niños como Pedro no temen a los lobos? No, el regreso de Prokofiev a su tierra está silenciado. O a nadie le importa. O, tal vez, no es importante.

Sin embargo, la relación de los grandes compositores con su tierra rusa es profunda, emocional, les entrega una identidad que nada podrá reemplazar. Rachmaninoff, que no volvió ni jamás pasó por su cabeza hacerlo, nunca deja de ofrecer la imagen de un ruso exiliado. Aun cuando se vea como un aristócrata. Pero la “ruseidad” está en su música. ¿Hay algo más ruso que el tema de apertura del Tercer Concierto para Piano? Está basado en una melodía religiosa del Medioevo. Domina todo el concierto. La célebre cadencia del primer movimiento lo tiene como base. Y esa cadencia es un momento ontológico en la historia del piano. Le da al instrumento una consistencia, un ser en el mundo (por decirlo a la Heidegger) que lo impone como el medio más insoslayable para que lo más sublime de la música se exprese. (Volveremos sobre el tema al ocuparnos de Rachmaninoff.) Shostakovich se mete de cabeza en el centro de la guerra contra los nazis. Está en Leningrado. Compone su Séptima Sinfonía (que lleva ese nombre: Leningrado) y hasta se crea a su alrededor un relato cuasi mítico de gran belleza. Todos los atardeceres se escuchaba en la ciudad una campana cuyo mensaje era el de decirles a todos los combatientes que la ciudad seguía viva, intocada, luchando aún. El que tocaba esa campana era Dimitri Shostakovich. Prokofiev, durante los años de la guerra, compone muchas de sus mejores partituras. Lo inspira la defensa de la santa tierra rusa.

En Occidente se lo amaba. Entre 1917 y 1921 compone el que posiblemente sea el más grande concierto del siglo XX. O uno de los más grandes. (Estoy tratando de apartarme de las aseveraciones absolutas.) Es el Concierto N 3 para piano y orquesta. Empieza también con un tema hondamente ruso y el piano entra por medio de uno de los crescendi más perfectos que se hayan escrito. (Ya he regresado a las aseveraciones absolutas.) ¿Qué pianista no se ha propuesto tocar este concierto? Se estrena el 16 de diciembre de 1921, en Chicago, con el propio compositor al piano. Alguna vez, hace unos cuantos años, me narró Miguel Angel Estrella una anécdota reveladora. Alberto Ginastera lo fue a ver (ocurrió antes del encarcelamiento de Miguel y de sus torturas, de la refinada crueldad de picanearle las manos a un pianista que igual tiene la entereza espiritual de armarse un teclado mudo) y le dijo que estaba terminando un concierto para piano. “Quiero que usted lo estrene”. Como Miguel vacilaba, Ginastera insiste: “Va a ser uno de los grandes conciertos de este siglo. Como el N 3 de Prokofiev”.

En Occidente, la vida de Sergei era intensa y hasta mundana. Vivía en París en 1928. Era amigo de Diaghilev que le pedía insistentemente un ballet. Cierto día le informan que Vladimir Golshmann, prestigioso pianista de la época, toca esa noche en la Opera de París el concierto para piano de un nuevo y arrasador compositor estadounidense. Prokofiev y Diaghilev acuden. Vladimir Golshmann toca el Concierto en Fa mayor de George Gershwin. Al terminar, Diaghilev se permite una frase que la historia recoge: “Buen jazz, mal Liszt”. Prokofiev no está de acuerdo. La obra lo ha atraído fuertemente. En Estados Unidos, cuando asistió a su estreno, ya Stravinsky había dicho: “No sé si es la obra de un loco o de un genio. Pero es maravilloso”. Una frase que si Saint-Saëns hubiera pronunciado a propósito de La consagración de la Primavera, habría quedado en más elegante posición ante la posteridad. Sergei quiere conocer al impetuoso norteamericano. Lo invita a su departamento. Gershwin apareció, fue directamente al piano y “tocó como un loco”, según testimonio de los presentes. Prokofiev quedó deslumbrado ante tanta facilidad. Luego, sin embargo, confesó en su círculo íntimo que “su amor por los dólares y las cenas” volvían “sospechoso” al joven prodigio. Sergei no compartía esos amores. Era austero y sólo quería trabajar. Probablemente residan aquí algunas de las claves para entender su regreso a Rusia.

(Texto de José Pablo Feinmann, página 12, 19/VI/11).

JORGE SEMPRÚN: Jorge Semprún

Los supervivientes tienen obligaciones. Obligaciones impuestas por una condición no elegida. Todo superviviente es testigo, de sí mismo, de quienes murieron y de las acciones de sus verdugos. Ser testigo obliga. Sus testimonios no borran el mal pero al menos lo denuncian. Los verdugos procuran el silencio. Sus proyectos genocidas, sus acciones asesinas, sus propósitos de desaparecer a las víctimas triunfan cuando impera el silencio. Al lado de la muerte los genocidas labran proyectos de olvido. Olvido es silencio.

El testigo impide el triunfo del mutismo y aminora la impunidad. Cada genocida preso es un pequeño logro. Todo testimonio es vital: de Auschwitz a Ruanda; de Ratko Mladic y las atrocidades cometidas contra los musulmanes en Srebrenica hasta los miles de desaparecidos por Pinochet; de Luis Lala Pomadillo, el migrante ecuatoriano que sobrevivió a la matanza en Tamaulipas en 2010 hasta las guerras sucias y las guerras abiertas por los duopolios políticos-narcotraficantes como hoy sucede en México. Jorge Semprún fue testigo del mal.

Semprún nació en Madrid en 1923 y murió hace pocos días en París, ciudad que lo acogió desde temprana edad como exiliado. Durante la Segunda Guerra Mundial participó como miembro de la Resistencia y en 1943 fue apresado por los nazis y enviado al campo de Buchenwald, de donde fue liberado dos años después. En 2010, cuando rondaba los 87 años, leyó, con motivo del 65° aniversario de la liberación del campo de concentración El archipiélago del horror nazi, discurso donde evoca la memoria y la liberación del campo.

En ese discurso, su último discurso, alertó nuevamente al mundo contra la evidencia del mal. Fue una especie de continuación de las palabras de Baudelaire que utilizó como título del primer capítulo de su libro Adiós, luz de veranos, Tengo más recuerdos que si tuviera mil años. Ese discurso fue también una suerte de compromiso con él mismo, con su historia como testigo de la barbarie nazi y con los jóvenes que le pedían que no dejase de escribir. Nuestros padres nunca nos quisieron hablar de los campos, siga escribiendo porque es la única manera de romper el silencio de nuestros familiares. Con la muerte de Semprún finaliza uno de los últimos baluartes del valor de la memoria viva, de la memoria narrada por la piel de la persona.

Quienes lo conocieron y quienes lo han leído coinciden: el meollo de la obra de Semprún es su lucha contra el mal. Entre La escritura o la vida (Tusquets, 1995) y su liberación del campo de Buchenwald transcurrieron casi cincuenta años, tiempo necesario para restañar sus heridas, tiempo indispensable para hablar sin atentar contra su propia vida. La culpa de los supervivientes es una culpa que sólo ellos pueden entender.

Ese libro es fundamental para comprender la historia del siglo XX. El libro es un testimonio escrito a partir de la memoria de la muerte y contra la muerte ordenada desde las oficinas de los verdugos: “No poseo nada salvo mi muerte, mi experiencia de la muerte, para decir mi vida, para expresarla, para sacarla adelante. Tengo que fabricar vida con tanta muerte. Y la mejor forma es con la escritura“; en él alerta contra el olvido: Desde hacía dos años, yo vivía sin rostro. No hay espejos en Buchenwald. Veía mi cuerpo, su delgadez creciente una vez por semana, en las duchas; reflexiona acerca de la muerte: Era la muerte la que canturreaba, sin duda, en alguna parte de los cadáveres amontonados. La vida de la muerte, en suma, que se hacía oír; explora su condición de testigo: “…me dije que por lo menos en Buchenwald habría aprendido eso, a identificar los múltiples olores de la muerte. El olor del humo del crematorio, los olores del bloque de los inválidos… el olor a cuero y a colonia de los Sturmführer S.S.”.

Semprún fue testigo del mal. Alertó contra él. Alertó contra la desertificación de la Terra Ethica. Alertó contra el totalitarismo nazi y contra la ceguera del comunismo, motivo por el cual fue expulsado del Partido Comunista. Le preocupaba que no se oyesen las voces de los testigos, “Están desapareciendo los testigos del exterminio… los testigos desaparecen… ¿Sabe usted qué es lo más importante de haber pasado por un campo? ¿Sabe usted que eso, que es lo más importante y lo más terrible, es lo único que no se puede explicar? El olor a carne quemada”.

Sobrevivir para que el mal no triunfe. Sobrevivir para que el olvido no entierre a la memoria e impedir la victoria del silencio. Sobrevivir y hablar no como destino sino como necesidad. Sobrevivir y contar como obligación.

Algunos supervivientes tuvieron que escoger entre el silencio de la vida y de la cotidianidad contra el lenguaje, en ocasiones mortal, de la escritura. Quien sobrevive a los genocidios programados – musulmanes en Srebrenica, judíos y gitanos en los campos de concentración nazis, tutsis en Ruanda– y habla o escribe, no impide nuevas matanzas pero siembra conciencia y obliga. Como lo hizo Semprún.

(Texto de Arnoldo Kraus, La Jornada, 15/VI/11).

VENTANAS: El aullido acallado

Preparaos malditos, el horno arde ya en calores propicios al exterminio de las escorias que somos. El infierno es un Miami placentero con palmeras de plástico que no dan sombra. El bronceado en la piel de sus pobladores es tan ficticio como el fantasma tragicómico en un thriller de serie B. Urgen lobotomías. Urgen camisas de fuerza a cuadros escoceses. Urgen fanales agitados por lluvias de sanguijuelas. Lodos de sangre y princesas marchitas. Gólgotas con cruces de diseño. Ya no quedan cobradores con carteras alargadas llamando a puertas de morosos, porque se ha perdido el temor a las hipotecas. Los automóviles tienen cada vez menos pedales y el paisaje tenebroso y el aullido que nos contaba Ginsberg se ha perdido en una nueva generación beat que nació descafeinada. Burroughs y sus acólitos harían hoy el ridículo más espantoso. Se lleva el plagio, se lleva la mierda sintética que ni siquiera apesta. Priva lo ininteligible, lo falso y facilón. Una vez vi un eclipse y algunos me contaron la verdad de lo que sucedía en sus sombras momentáneas. No podría repetirlo sin sonrojo; sin que me tomaran por loco. Los pechos de las estarlettes no son sino grandes gominolas semicuradas, producto de quirófanos en penumbra. Plagiemos, hermanos. Busquemos verdades en las mentiras de los ingenuos que siguen predicando con el ejemplo, gurús para oídos sordos que desfilan por alamedas despobladas. Los desfiles terminaron hace siglos y es imposible recuperar las marciales hileras de hambrientos con fusiles. ¿A quién disparar si los blancos se mueven? Tendrías que verme ahora, soñando un sueño absurdo arrebujado en mi manta azul con flecos. Creando arengas irreverentes que confundan a los legionarios de la verdad caótica. Yo podría conseguirlo si este sueño durase unos minutos más. Pero eso es imposible. Ya amanece y la suciedad del alba asoma ya por entre los barrotes de mi celda sin paredes. Decía la canción: ¿quién vaciará mis bolsillos? Yo añadiría: ¡Idiotas! No es ahí, no perdáis el tiempo en inútiles afanes. La cafetera silba como la locomotora de un tren enloquecido en una vía muerta. Atrévete a despertar. Aún queda tiempo, hijo mío. Un último favor, antes de regresar a la realidad: Deja que yo disfrute de la nostalgia y entone antiguos himnos surrealistas:

Cuando estas junto a mí,/ esta habitación no tiene paredes,/ sino árboles, árboles infinitos.

Cuando tú estás cerca/ y el cielo tiembla sobre nosotros/ que permanecemos aquí,/ abandonados,/ como si no hubiese nada más en el mundo...

(Texto de Paco Piquer, luke, no. 95).

VENTANAS: Carta al Movimiento Ciudadano por la Justicia 5 de Junio

“El dolor nos recuerda/ Que podemos ser buenos,/ Que alguien mejor nos habita,/ Que corre en noble sentido el río de las lágrimas.

Dolor llamamos al envés de la hoja de la risa,/ A la tiniebla que queda al otro lado de la estrella/ Que en tu frente tenía apacible nombre/ Y orientaba nuestros pasos día a día.

Dolor es el combustible con que arde/ La llama de recuerdos que ilumina/ Una noche del olvido derrotado/ Por el rayo de tu risa al revolar.

Dolor se llama el duelo/ De vivir por tu memoria.”

Fragmento de “49 Globos”. Juan Carlos Mijangos Noh.

Al: Movimiento Ciudadano por la Justicia 5 de Junio, a los familiares de l@s niñ@s muertos y heridos en la Guardería ABC el 5 de junio del 2009, y a tod@s quienes se han solidarizado con su lucha. Hermosillo, Sonora, México.

De: Subcomandante Insurgente Marcos. Chiapas, México.

Les escribo a nombre de las mujeres, hombres, ancianos y niños del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, para saludarlos y manifestarles nuestro respeto y admiración por su digna lucha.

No es fácil sacar palabras del dolor, nosotros lo sabemos.

¿Y de la rabia? ¿Del saber que los malos gobiernos ignoran propositivamente los reclamos de justicia? ¿De ver cómo se manipula el calendario para simular justicia, y para calcular que la desmemoria cubrirá la muerte? Esa muerte absurda de los 49 pequeños y las decenas de heridos, infantes sin más culpa que haber nacido en un país donde el gobierno ha unido el nepotismo con la corrupción y la impunidad.

Poco o nada podemos agregar a lo que sus dignas palabras han señalado sobre lo que ocurrió; la irresponsabilidad que la propició; la complicidad de gobiernos, legisladores y jueces; la continua postergación de una investigación a fondo. Y los nombres y las imágenes de las niñas y los niños, las actividades y movilizaciones para honrarlos de la mejor manera, es decir, exigiendo castigo a los responsables, justicia para las víctimas y la adopción de medidas que impidan que la tragedia se vuelva a repetir.

La muerte de una niña, de un niño, siempre es desproporcionada. Llega atropellando y destruyendo todo lo cercano. Pero cuando esa muerte es sembrada y cultivada por la negligencia y la irresponsabilidad de gobiernos que han convertido la ineptitud en negocio, algo muy profundo se sacude en el corazón colectivo que abajo hace andar la pesada rueda de la historia.

La mentira es siempre un ultraje, pero cuando desde el Poder se teje para esconder a familiares y amigos, es una villanía.

Allá arriba no se han arrepentido. No lo harán. En lugar de honrar a los infantes muertos de la única forma que les sería permitida, es decir, con justicia, siguen en sus juegos de guerra donde ellos ganan y todos pierden.

Porque no es resignación ante la muerte la que se predica desde allá arriba. Lo que quieren es el conformismo frente a la irresponsabilidad que calcinó e hirió esas vidas. Allá arriba deberían saber que no sólo el dolor une, también el ejemplo de tenaz lucha que en ese dolor se anima.

Porque ustedes, hombres y mujeres llevados por la desgracia a esta lucha, son seres extraordinarios que despiertan la esperanza en muchos rincones de nuestro país y del planeta. Como extraordinarios son esos hombres y mujeres que han echado a andar de nuevo, en la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad, para recordarle a quienes mal gobiernan, a los criminales y al país entero, que es una vergüenza el nada hacer cuando la guerra de todo se apodera.

Y a estas líneas que ahora les escribimos, sólo las anima el deseo de decirles una cosa:

Bien haya la sangre que les dio vida a esas niñas y niños, y malhaya la de quien se las quitó.

Ojalá algún día puedan llegar a estas tierras. Acá encontrarán un corazón moreno que los abrazará, unos oídos atentos para escuchar, y una historia dispuesta a aprender de ustedes.

Porque las grandes lecciones, las que cambian el rumbo de la historia, vienen precisamente de personas que, como ustedes y quienes ahora andan, hacen de la memoria el camino para crecerse.

Con ustedes, y con quienes ahora marchan, podremos entonces, juntos, ustedes, ellos, nosotros, hablar palabras donde el dolor sea una cicatriz que nos recuerde y comprometa a que nunca más se repita la desgracia, y a que por fin termine el carnaval sangriento con que arriba festejan la impunidad y la desvergüenza.

Mientras eso ocurre, desde acá seguiremos escuchándolos y aprendiendo de ustedes.

Vale. Salud y que la justicia por fin camine abajo.

Desde las montañas del Sureste Mexicano. México, Junio del 2011.

(Tomado de la haine, 8/VI/11)