martes, 23 de noviembre de 2010

INTERNACIONAL: La santa cruzada

Hemos llegado a una transición decisiva en la evolución de la doctrina militar estadounidense. La “guerra global contra el terrorismo” dirigida contra al Qaeda y emprendida tras el 11 de septiembre está evolucionando hacia una “guerra de religión” con todas las de la ley, a una “santa cruzada” contra el mundo musulmán.

El dogma militar y la guerra de propaganda estadounidenses bajo el gobierno Bush se basaban más en combatir el fundamentalismo islámico que en atacar a los musulmanes: “Esto no es una guerra entre Occidente y el Islam, sino... una guerra contra el terrorismo”. Hay que distinguir a los llamados “buenos musulmanes” de los “malos musulmanes: Apenas se había asentado el polvo de las derrumbadas Torres Gemelas el 11 de septiembre cuando empezó una búsqueda febril de “musulmanes moderados”, personas que proporcionarían respuestas, que se distanciarían de esta atrocidad y condenarían los actos violentos de los “extremistas musulmanes”, “fundamentalistas islámicos” e “islamistas”. Rápidamente emergieron dos categorías de musulmanes: los “buenos” y los “malos”; los “moderados”, “liberales” y “laicos” frente a los “fundamentalistas”, “extremistas” e “islamistas” (Tariq Ramadan, “Good Muslim, Bad Muslim”, New Statesman, 12/II/10).

Tras el 11 de septiembre la comunidad musulmana en la mayoría de los países occidentales estaba claramente a la defensiva. La división entre “buen musulmán” y “mal musulmán” se aceptaba ampliamente. Los atentados del 11 de septiembre supuestamente cometidos por musulmanes no sólo fueron condenados, sino que comunidades musulmanas también apoyaron la invasión y ocupación estadounidense y de la OTAN de Afganistán e Irak como parte de una campaña dirigida contra el fundamentalismo.

Sin embargo, desde principios de la década de 1980 Washington ha apoyado de manera encubierta a las facciones más conservadoras y fundamentalistas del Islam, en gran parte con vistas a debilitar los movimientos laicos, nacionalistas y progresistas de Oriente Medio y Asia Central. Tal como es sabido y está documentado, los servicios de inteligencia estadounidenses apoyaron de forma encubierta las misiones fundamentalistas wahhabi y salafi de Arabia Saudí, enviadas no sólo a Afganistán sino también a los Balcanes y a las repúblicas musulmanas de las antiguas repúblicas soviéticas. Lo que se suele denominar “Islam político” es en gran parte creación del aparato de inteligencia estadounidense (con el apoyo de los servicios de inteligencia MI6 británico y Mossad de Israel).

La mezquita de la Zona Cero. Acontecimientos recientes sugieren un límite, una transición desde la “guerra contra el terrorismo” a la demonización categórica de los musulmanes. Al mismo tiempo que pone de relieve la libertad de culto, el gobierno de Obama está “pregonando con bombo y platillo” una guerra más amplia contra el Islam: “Como ciudadano y como presidente, creo que los musulmanes tienen el mismo derecho a practicar su religión que cualquier otra persona en este país... Esto es Estados Unidos y nuestro compromiso con la libertad de culto debe ser inquebrantable” (citado en “Obama Backs Ground Zero Mosque; Iranian Link Questioned”, Israel National News, 15/VIII/10).

Tras la cortina de humo política se está descartando la distinción entre “buenos musulmanes” y “malos musulmanes”. Supuestamente la anunciada mezquita de la Zona Cero está siendo financiada por “el radical Estado canalla de Irán... mientras Estados Unidos está redoblando las sanciones contra el régimen iraní en represalia por su apoyo al terrorismo y lo que se teme que sea un programa ilegal de desarrollo de armas nucleares” (“Ground Zero mosque developers refuse to outright reject funding from Iranian president Mahmoud Ahmadinejad, NYPOST.com, 19/VIII/10).

La creciente oleada de xenofobia, desencadenada por la propuesta de hacer una mezquita y un centro comunitario en la Zona Cero, tiene toda la apariencia de una PSYOP (Operación Psicológica) que contribuye a fomentar el odio contra los musulmanes en todo el mundo occidental.

Aunque “no todos los musulmanes son terroristas”, los medios de comunicación informan que todos los atentados terroristas (planeados o realizados) los han perpetrado musulmanes.

En Estados Unidos se está atacando a la comunidad musulmana en su conjunto. Se describe el Islam como una “religión de guerra”. Cuando se anunció la propuesta de levantar una mezquita y un centro comunitario en la Zona Cero, la opinión reaccionó: El proyecto supone “escupir a la cara de cada una de las personas asesinadas el 11 de septiembre” (“Plan to build mosque at Ground Zero angers New Yorkers”, National Post, 17/V/10).

“Terroristas locales”. Tanto las detenciones con base en acusaciones falsas como los juicios espectáculo de supuestos terroristas islámicos “locales” desempeñan una importante función. Mantienen la impresión en la conciencia íntima de los estadounidenses de que los “terroristas islámicos” no sólo constituyen una amenaza real sino que la comunidad musulmana a la que pertenecen apoya ampliamente sus actos: La amenaza proviene cada vez menos de extranjeros con un inglés rudimentario y pasaportes dudosos. En vez de ello, reside mucho más cerca de casa: en las casas unifamiliares urbanas, sótanos oscuros, en cualquier lado con una conexión de Internet. Los terroristas locales son la última encarnación de la amenaza de al Qaeda (“How terror came home to roost”, Ottawa Citizen, 27/VIII/10, informa sobre un supuesto ataque terrorista en Canadá).

Se describe a al Qaeda como una poderosa organización terrorista multinacional (que posee armas de destrucción masiva) con filiales en los países musulmanes. Se presenta enseguida a al Qaeda (con sus correspondientes acrónimos) en varios puntos geopolíticos conflictivos y escenarios de guerra: Al Qaeda en Irak (AQI), Al Qaeda en la Península Arábiga (AQAP, compuesta de al Qaeda en Arabia Saudí y la Yihad Islámica de Yemen), al Qaeda en el sudeste de Asia (Yamaa Islamiya), Organización al Qaeda en el Maghreb islámico, Harakat al-Shabaab Muyahidin en Somalia, la Yihad Islámica egipcia, etc.

La Inquisición estadounidense. En la conciencia íntima de muchos estadounidenses la “santa cruzada” contra los musulmanes está justificada. Aunque el presidente Obama confirme la libertad de culto, el orden social inquisitorial estadounidense ha institucionalizado modelos de discriminación, prejuicio y xenofobia en contra de los musulmanes. El perfil étnico se aplica para viajar, al mercado laboral, al acceso a los servicios sociales y más generalmente a la movilidad social.

La Inquisición estadounidense tiene una estructura ideológica que en muchos sentidos es similar al orden inquisitorial prevaleciente en Francia y España durante la Edad Media. La Inquisición, que empezó en Francia en el siglo XII, se utilizó como justificación de la conquista y de la intervención militar (véase Michel Chossudovsky, 9/11 and the “American Inquisition”, Global Research, 11/IX/08).

Las detenciones, juicios y condenas de los llamados “terroristas locales” (procedentes de la comunidad musulmana de Estados Unidos) con base en acusaciones falsas mantiene la legitimidad del Estado de Seguridad Nacional y su aparato legal y de aplicación de la ley inquisitorial.

Una política inquisitorial pone la realidad al revés. Es un orden social basado en mentiras e invenciones. Pero debido a que estas mentiras emanan de la más alta autoridad política y forman parte de un amplio “consenso”, invariablemente permanecen sin ser cuestionadas.

El objetivo es mantener la impresión de que “Estados Unidos está siendo objeto de ataque” y que los musulmanes de todo el país son cómplices del “terrorismo islámico” y lo apoyan.

La demonización de los musulmanes mantiene una agenda militar global. Bajo la inquisición estadounidense, Washington tiene un autoproclamado mandato santo de extirpar el Islam y “expandir la democracia” por el mundo. La santa cruzada de Estados Unidos contra el mundo musulmán es un flagrante acto criminal dirigido contra millones de personas.

(Texto de Michel Chossudovsky, rebelión, 1/IX/10).

OPINIÓN: Invitación

Creo que la Revolución Cubana dignificó a nuestro país y a los cubanos. Y que el Gobierno Revolucionario ha sido el mejor gobierno de nuestra Historia.

Sí: antes de la Revolución La Habana estaba mucho más pintada, los baches eran raros y uno caminaba calles y calles de tiendas llenas e iluminadas. Pero ¿quiénes compraban en aquellas tiendas? ¿Quiénes podían caminar con verdadera libertad por aquellas calles? Por supuesto, los que “tenían con qué” en sus bolsillos. Los demás, a ver vidrieras y a soñar, como mi madre, como nuestra familia, como la mayoría de las familias cubanas. Por aquellas avenidas fabulosas sólo se paseaban los “ciudadanos respetables”, bien considerados en primer lugar por su aspecto. Los harapientos, los mendigos, casi todos negros, tenían que hacer rodeos, porque cuando un policía los veía en alguna calle “decente”, a palos los sacaban de allí.

Esto lo vi con mis propios ojos de niño de 7 u 8 años y lo estuve viendo hasta que cumplí 12, cuando triunfó la Revolución.

En la esquina de mi casa había dos bares, en uno de ellos, a veces, en vez de cenar, nos tomábamos un batido. En varias ocasiones pasaron marines, cayéndose de borrachos, buscando prostitutas y metiéndose con las mujeres del barrio. A un joven vecino nuestro, que salió a defender a su hermana, lo tiraron al suelo, y cuando llegó la policía ¿con quién creen que cargaron? ¿Con los abusadores? Pues no. A patadas por los fondillos se llevaron a aquel joven universitario que, lógicamente, después se destacaba en las tánganas estudiantiles.

Ahí están las fotos de un marine meando, sentado en la cabeza de la estatua de Martí, en el Parque Central de nuestra Capital.

Eso era Cuba, antes del 59. Al menos así eran las calles de la Centrohabana que yo viví a diario, las del barrio de San Leopoldo, colindante con Dragones y Cayo Hueso. Ahora están destruidas, me desgarra pasar por allí porque es como ver las ruinas de mi propia infancia. Lo canto en “Trovador antiguo”. ¿Cómo pudimos llegar a semejante deterioro? Por muchas razones. Mucha culpa nuestra por no haber visto los árboles, embelesados con el bosque, pero culpa también de los que quieren que regresen los marines a vejar la cabeza de Martí.

Estoy de acuerdo en revertir los errores, en desterrar el autoritarismo y en construir una democracia socialista sólida, eficiente, con un funcionamiento siempre perfectible, que se garantice a sí misma. Me niego a renunciar a los derechos fundamentales que la Revolución conquistó para el pueblo. Antes que nada, dignidad y soberanía, y asimismo salud, educación, cultura y una vejez honorable para todos. Quisiera no tener que enterarme de lo que pasa en mi país por la prensa de afuera, cuyos enfoques aportan no poca confusión. Quisiera que mejoraran muchas cosas que he dicho y otras que no.

Pero, por encima de todo, no quiero que regrese aquella ignominia, aquella miseria, aquella falsedad de partidos políticos que cuando tomaban el poder le entregaban el país al mejor postor. Todo aquello sucedía al tibio amparo de la Declaración de los Derechos Humanos y de la Constitución de 1940. La experiencia prerevolucionaria cubana y la de muchos otros países demuestra lo que importan los derechos humanos en las democracias representativas.

Muchos de los que hoy atacan la Revolución, fueron educados por ella. Profesionales emigrados, que comparan forzadamente las condiciones ideales de “la culta Europa”, con la hostigada Cuba. Otros, más viejos, quizá alguna vez llegaron a “ser algo” gracias a la Revolución y hoy se pavonean como ideólogos pro capitalistas, estudiosos de Leyes e Historia, disfrazados de humildes obreros. Personalmente, no soporto a los “cambiacasacas” fervorosos; esos arrepentidos, con sus cursitos de marxismo y todo, que eran más papistas que el Papa y ahora son su propio reverso. No les deseo mal, a nadie se lo deseo, pero tanta inconsistencia me revuelve.

La Revolución, como Prometeo (le debo una canción con ese nombre), iluminó a los olvidados. Porque en vez de decirle al pueblo: cree, le dijo: lee. Por eso, como al héroe mitológico, quieren hacerle pagar su osadía, atándola a una remota cumbre donde un buitre (o un águila imperial) le devore eternamente las entrañas. Yo no niego los errores y los voluntarismos, pero no sé olvidar la vocación de pueblo de la Revolución, frente a agresiones que han usado todas las armas para herir y matar, así como los más poderosos y sofisticados medios de difusión (y distorsión) de ideas.

Jamás he dicho que el bloqueo tiene toda la culpa de nuestras desgracias. Pero la existencia del bloqueo no nos ha dado nunca la oportunidad de medirnos a nosotros mismos.

A mí me gustaría morir con las responsabilidades de nuestras desdichas bien claritas.

Por eso invito a todos los que aman a Cuba y desean la dignidad de los cubanos, a gritar conmigo ahora, mañana, en todas partes: ¡Abajo el bloqueo!

(Texto de Silvio Rodríguez, cubadebate, 10/IX/10).

ANÁLISIS: China y el nuevo orden mundial

En medio de todas las supuestas amenazas a la superpotencia mundial reinante, un rival está emergiendo en silencio y con fuerza: China. Y Estados Unidos está analizando de cerca las intenciones de ese país.

El 13 de agosto, un estudio del Pentágono planteaba la preocupación de que China estuviera expandiendo sus fuerzas militares de manera que “pudiera neutralizar la capacidad de los buques de guerra estadounidenses de operar en aguas internacionales”, da cuenta Thom Shanker en The New York Times. Washington ha hecho sonar la voz de alarma de que “la falta de transparencia de China sobre el crecimiento, las capacidades y las intenciones de sus militares inyecta inestabilidad a una región vital del globo”.

Estados Unidos, por el contrario, es bastante transparente sobre sus intenciones de operar libremente a lo largo y ancho de la “región vital del globo” que rodea China (y donde sea). Estados Unidos publicita su vasta capacidad para hacerlo: con un presupuesto militar en crecimiento que casi alcanza al del conjunto del resto del mundo, cientos de bases militares por todo el planeta, y un indiscutible liderazgo en la tecnología de destrucción y dominación.

La falta de entendimiento de las reglas de cortesía internacionales por parte de China quedó reflejada en su objeción al plan de que el portaaviones nuclear USS George Washington participara en las maniobras militares de Estados Unidos y Corea del Sur cerca de las costas chinas en julio, alegando que este tendría la capacidad de hacer blanco en Pekín.

En cambio Occidente entiende que dichas operaciones se llevaron a cabo para defender la estabilidad y su propia seguridad. El término estabilidad tiene un significado técnico en el discurso de las relaciones internacionales: la dominación por parte de Estados Unidos. Así, ninguna ceja se arquea cuando James Chace, ex editor de Foreign Affairs, explicaba que, a fin de conseguir “estabilidad” en Chile en 1973, fue necesario “desestabilizar” el país, derrocando al Gobierno legítimo del presidente Salvador Allende e instaurando la dictadura del general Augusto Pinochet, que procedió a asesinar y torturar sin miramientos y estableció una red de terror que ayudó a instalar regímenes similares en otros lugares, con el apoyo de Estados Unidos, por el interés de la estabilidad y la seguridad.

Es fácil reconocer que la seguridad estadounidense requiere un control absoluto. El historiador John Lewis Gaddis, de la Universidad de Yale, dio a esta idea un análisis académico en Surprise, Security and the American Experience, donde investiga las raíces de la doctrina de la guerra preventiva del presidente George W. Bush. El principio operativo es que la expansión es “el camino a la seguridad”, una doctrina que Gaddis rastrea con admiración dos siglos hacia atrás, hasta el presidente John Quincy.

Adams, autor intelectual del Destino manifiesto. En relación con la advertencia de Bush de que los estadounidenses “deben estar listos para acciones preventivas cuando sea necesario luchar por nuestra libertad y defender nuestras vidas”, Gaddis observa que el entonces presidente “se estaba haciendo eco de una vieja tradición, en vez de establecer una nueva” al reiterar principios que varios presidentes ya habían defendido y que desde Adams a Woodrow Wilson “habrían entendido muy bien”.

Lo mismo ocurre con los sucesores de Wilson hasta el presente. La doctrina de Bill Clinton era que Estados Unidos estaba autorizado a utilizar la fuerza militar para asegurar “el acceso fácil a mercados clave, suministros energéticos y recursos estratégicos”, sin siquiera la necesidad de inventar pretextos del tipo de los de Bush hijo.

Según el secretario de Defensa de Clinton, William Cohen, Estados Unidos debe consecuentemente mantener una enorme formación de fuerzas militares “desplegadas” en Europa y Asia “con el fin de moldear la opinión de la gente sobre nosotros”, y “para forjar acontecimientos que afectarán nuestra subsistencia y nuestra seguridad”. Esta receta para la guerra permanente –observa el historiador militar Andrew Bacevich– es una nueva doctrina estratégica, que fue amplificada más tarde por Bush Jr. y por Barack Obama.

Como todo capo de la Mafia sabe, incluso la pérdida más sutil de control puede desembocar en el desmoronamiento del sistema de dominación cuando otros se animan a seguir un camino similar. Este principio central de poder se formula como la teoría dominó en el lenguaje de los estrategas políticos. Se traduce en la práctica en el reconocimiento de que el “virus” del exitoso desarrollo independiente puede “contagiarse” en cualquier otro lugar y, de esta manera, debe ser destruido mientras las víctimas potenciales de la plaga son inoculadas, normalmente a manos de brutales dictaduras.

Según el estudio del Pentágono, el presupuesto militar de China se expandió a unos 150 mil millones de dólares, cerca de “la quinta parte de lo que el Pentágono se ha gastado para operar y llevar a cabo las guerras de Irak y Afganistán” en ese año, lo cual es sólo un fragmento del total del presupuesto militar estadounidense, por supuesto.

Las preocupaciones de Estados Unidos son comprensibles si uno toma en cuenta la virtual e indiscutida suposición de que Estados Unidos debe mantener un “poder incuestionable” sobre la mayoría del resto de países, con “una supremacía militar y económica”, mientras asegura la “limitación de cualquier ejercicio de soberanía” por parte de los Estados que puedan interferir con sus designios globales.

Estos fueron los principios establecidos por los planificadores de alto nivel y expertos de política exterior durante la Segunda Guerra Mundial, cuando desarrollaron el marco para el mundo de la posguerra, el cual fue ampliamente ejecutado. Estados Unidos debía mantener esta dominación en una “Gran Área”, que debía incluir, como mínimo, el hemisferio occidental, el lejano Oriente y el antiguo Imperio Británico, incluyendo cruciales recursos energéticos de Oriente Próximo.

Mientras Rusia comenzaba a pulverizar a los ejércitos nazis tras Stalingrado, las metas de la “Gran Área” se extendieron lo máximo posible por Eurasia. Siempre se ha entendido que Europa pudiera escoger seguir una causa alternativa, quizás la visión gaullista de una Europa desde el Atlántico hasta los Urales. La Organización del Tratado del Atlántico Norte nació en parte para contrarrestar esta amenaza y este asunto permanece muy vivo hoy en día en momentos en que la OTAN se expande hacia una fuerza de intervención de Estados Unidos, responsable del control de “infraestructuras cruciales” del sistema global del que depende Occidente.

Desde que se convirtiera en la potencia mundial dominante durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha buscado mantener un sistema global de control. Pero ese proyecto no es fácil de mantener. El sistema se erosiona visiblemente, con implicaciones significativas para el futuro. China es un jugador potencial muy influyente y desafiante.

(Texto de Noam Chomsky, rebelión, 6/IX/10).

CLAUDIO KATZ: Las tres dimensiones de la crisis (IV)

Escenarios y alternativas. Resulta muy difícil predecir cuánto tiempo podrá el neoliberalismo posponer el estallido de sus contradicciones estructurales. Pero la prórroga de estos desenlaces seguramente conducirá a conmociones más severas. Existen varias posibilidades para el desemboque de la crisis.

Otro reciclaje. Al comienzo del 2010 el ajuste comienza a reemplazar al socorro, en la gestión de la crisis. La socialización de pérdidas a cuenta del Estado tiende a ser sustituida por ataques más directos a las condiciones de vida de los trabajadores. Con distinta intensidad y temporalidad, en varios países se ha puesto en marcha este giro hacia el atropello. El recorte capitalista exige depurar bancos, eliminar firmas poco competitivas, achicar el financiamiento público e introducir reestructuraciones globales, para compensar las desbalances comerciales y monetarios.

Este proceso de desvalorización de capitales obsoletos siempre se ha instrumentado con sufrimiento popular. Lo que se dirimirá en próximo período es la magnitud de una cirugía que multiplicará el desempleo, la pobreza y la caída del salario. Una hipótesis es la consumación de esta agresión repitiendo lo ocurrido en las últimas dos décadas. En ese período los ajustes provocaron enormes conmociones en distintas economías, sin desembocar en una eclosión generalizada y sin modificar la tónica de la etapa.

Al cabo de serios padecimientos populares, estas sacudidas financieras concluyeron con una descompresión del temblor en los países de origen y con irrupciones en nuevas zonas. Esta trayectoria la siguieron los estallidos que conmovieron a Estados Unidos (1987, 1991, 2001), Europa (1987), Rusia (1998), Japón (1993), el Sudeste Asiático (1997) y América Latina (México 1994, Brasil 1999, Argentina 2001).

Si la convulsión actual reitera esta secuencia, la reorganización de los bancos más comprometidos y de las empresas más endeudadas se consumará con transferencias de ingresos, limpiezas de pasivos y liquidaciones de las deudas, solventadas en la degradación del nivel de vida popular. De esta reorganización surgiría un interregno preparatorio de nuevos desplomes. El ritmo de estos colapsos se ha intensificado desde mediados de los años 80, potenciando las turbulencias que entre 1970 y el 2007 derivaron en 124 crisis bancarias, 208 crisis cambiarias y 63 crisis de deuda soberana.

Pero un escenario de este tipo exigiría también dilatar las crisis de realización y valorización del capital, mediante los mismos mecanismos que permitieron sobrellevar estos desequilibrios durante veinte años. Requeriría la permanencia de ajustes competitivos en los momentos de alivio y socorros estatales en las situaciones críticas.

La regeneración del modelo actual exigiría posponer los desequilibrios de la demanda, con otro impulso del consumo financiado desde fuera de Estados Unidos, ya que la convulsión actual ha golpeado como nunca a los consumidores de la primera potencia (y de otros países que abusaron del modelo crediticio, como España y Gran Bretaña). Se necesitaría incorporar al consumo financiero a nuevos segmentos de la clase media de la semiperiferia, recurriendo a políticas económicas neo-desarrollistas.

Esta expansión de la demanda en China, India, Brasil o Rusia podría compensar, pero no sustituir al volumen consumo del Primer Mundo. Aunque en los últimos meses se avizoran cierto cambios de roles en la economía mundial, con mayores exportaciones de los países centrales y crecientes importaciones de las economías semiperiféricas, los grandes mercados internos están localizados en el primer segmento y las posibilidades de fabricar con bajos costos se ubican en el segundo grupo.

La supervivencia de la etapa neoliberal necesitaría cimentarse también en un continuado repunte de la tasa de ganancia. Una vez superada la erosión de beneficios que generará el desplome recesivo del 2008-10, los mecanismos para sostener esa rentabilidad no diferirían de los utilizados en las últimas décadas. Pero exigirían profundizar ciertos cursos.

Un aumento de la tasa de explotación sería el principal instrumento para preservar la valorización del capital. Ya sobran indicios de esta tendencia con la arremetida reaccionaria en Grecia, España y Portugal. En estos países se procesa el gran test de un atropello, que las clases dominantes han tomado como hoja de ruta.

Otro instrumento de esta batalla serán los recortes de los convenios laborales que prepararan las grandes corporaciones, siguiendo el modelo establecido por General Motors. Una empresa quebrada es actualmente monitoreada por los delegados de un gobierno, que invirtió 50 mil millones de dólares en el rescate y ha tomado a su cargo el 60% de las acciones de la compañía. Este manejo orienta la recuperación de la rentabilidad a costa de los trabajadores. Los despidos, el deterioro de las condiciones laborales y la pérdida de las conquistas sociales se financian con fondos públicos.

La posibilidad de sostener la tasa de ganancia con mayor abaratamiento de las materias primas presenta, en cambio, mayores dificultades. Estos insumos se han encarecido en el último quinquenio como reacción cíclica a la desvalorización precedente. Como existe, además, un contexto de escasez de los productos básicos demandados por las economías intermedias es improbable un retorno a las bajas cotizaciones de los años 90.

Tampoco es nítido el nivel que alcanzaría la depuración de empresas. Los procesos de fusión y concentración de firmas coexisten con socorros estatales, que a veces reciclan el dinamismo inversor y en otros casos deterioran los patrones de competitividad que instauró el neoliberalismo.

Contexto de desenlace. Otro escenario de la crisis es un agravamiento sin respiro de todos los desequilibrios, con pocas compensaciones y virulentas definiciones. En este caso, tendería a producirse una confluencia de los desarreglos coyunturales del 2008-10, con las crisis de realización y valorización de las últimas décadas. Este empalme sería factible por la magnitud de una conmoción que afectó en forma simultánea a las economías desarrolladas, introdujo un contagio global y desató recesiones más acentuadas.

En este escenario la crisis asumiría una intensidad mayúscula, que podría emular lo ocurrido durante la depresión del 30 o asemejarse a la stanflation de los años 70. La deflación constituiría el rasgo típico del primer sendero. Supondría una virulenta caída del poder adquisitivo, junto a la masificación del desempleo en las economías centrales. Esta declinación de los precios introduciría un mecanismo de ajuste para desvalorizar la fuerza de trabajo y depurar los capitales. Un desemboque inflacionario conduciría por otro camino, a esa misma adaptación de los precios a los nuevos valores de las mercancías.

Las tendencias más recientes de Europa y Asia parecen indicar cierta preeminencia del recorrido inflacionario, que en todo caso será anticipado por las políticas económicas de los gobiernos. En Estados Unidos ha comenzado una discusión sobre la forma de reducir la deuda pública y muchos economistas se inclinan por repetir su liquidación, mediante el mismo aumento de los precios que se registró en la posguerra. Pero ese procedimiento requeriría, además, una elevada tasa de crecimiento que resulta muy improbable.

También podría irrumpir una combinación de ambas variantes, adaptada a la actual etapa de capitalismo mundializado. Pero cualquiera de estas alternativas conduciría a colapsos mayúsculos. Lo ocurrido en los años 30 y 70 demuestra, además, que este tipo de crisis puede desembocar en giros cualitativos de la dinámica del sistema, que en la actualidad tendrían connotaciones planetarias.

Resulta imposible anticipar cuál será el desenlace final de la eclosión del 2008-10. En los primeros meses de la crisis parecía inminente un desplome mayor, pero el alivio del 2009 moderó esta impresión. Entre los marxistas existen distintos presagios sobre la envergadura de esta eclosión.

Ortodoxos y heterodoxos. Los debates sobre la crisis han concentrado la atención de todos los economistas. Los neoliberales ya dejaron atrás su desconcierto inicial y recitan nuevamente la mitología del capitalismo eterno. Consideran que este sistema retomará su marcha floreciente, luego de corregir las imperfecciones que desencadenaron el transitorio desplome financiero del 2008-10.

Pero este tipo de fábulas ha perdido credibilidad. Es evidente que la magia del mercado no remonta espontáneamente las crecientes recaídas de la economía. Además, ya no es tan fácil encubrir los terribles padecimientos sociales que rodean a esas convulsiones. A medida que los ajustes se tornan más virulentos, el mensaje neoliberal pierde argumentos, encuentra menor auditorio y se torna más pragmático.

También los heterodoxos exoneran al capitalismo, con sus propuestas de regulación financiera y supervisión de los bancos. Atribuyen exclusivamente la crisis al descontrol de las finanzas y proponen enmendar esta inoperancia con reglamentos y castigos a los movimientos especulativos. Estiman que estas normas permitirán encarrilar la economía, si se reinstalan segmentaciones operativas en la actividad financiera con cierta primacía de la banca pública. Otras propuestas añaden el desmantelamiento de los grandes bancos y una restricción de operaciones que reduzca la gravitación de los inversores institucionales, en los mecanismos del capitalismo patrimonial.

En los momentos más álgidos de la crisis, estas medidas fueron discutidas en las cumbres presidenciales. Allí se consideró reformar el FMI para reafirmar su rol supervisor del capital financiero internacional. También se ha evaluado la introducción de una tasa Tobin, para acotar los trastornos que genera la vertiginosa movilidad de los fondos circulantes.

Pero con el alivio que siguió al socorro estatal, estas propuestas han perdido predicamento en las cúpulas del poder. Las convocatorias a la regulación siguen en la agenda, pero nadie obstruye la continuada preeminencia del liberalismo financiero. La prohibición de los paraísos bancarios ha pasado a segundo plano, junto a la prometida supresión de las bonificaciones a los directivos. La reforma de entidades que promueve Obama es una versión tan light de la iniciativa original, como la tasa Tobin que propone Brown en Inglaterra.

Sin embargo la sola intención de introducir ciertas restricciones a la actividad de los bancos ha desatado una fuerte presión de Wall Street, que mantiene bloqueado un proyecto para limitar el tamaño de las entidades y transparentar los riesgos involucrados en las operaciones con títulos complejos. También se propone introducir alguna protección a los pequeños tenedores de bonos y otorgar poder a los accionistas para limitar los premios de los ejecutivos.

Pero hasta ahora existe poca predisposición del establishment norteamericano para implementar estos cambios. Algunos teóricos heterodoxos cuestionan la impotencia gubernamental frente a estas presiones. Despotrican contra la insensibilidad de Wall Street y la corrupción de Washington, pero no indagan las razones que condujeron a reemplazar el añorado modelo de posguerra por la desreglamentación liberal.

Especialmente ignoran el papel que asumió la propia competencia entre los bancos, en la primacía de este curso. Esa rivalidad es una característica del capitalismo, que invariablemente socava las regulaciones estatales. La propia expansión de los negocios incentiva este deterioro, a medida que aumenta la búsqueda de nuevas fuentes de provisión crediticia.

Los determinantes capitalistas de la hipertrofia bancaria son desconocidos por todos los analistas que fetichizan las regulaciones y desconocen el basamento social de estas normas. Como suponen que el Estado es una institución neutra al servicio de la sociedad (y no de las clases dominantes), vislumbran a los reglamentos como un equitativo paraguas que cubre a la comunidad (sin favorecer a los poderosos).

En los genéricos elogios a futuras regulaciones financieras nunca se aclara quién será beneficiado y afectado por estas reglas. Se omite explicar, que si favorecen a los banqueros no implicarán cambios significativos y si apuntalan a otros sectores (como los industriales), abrirán una pugna competitiva para la recomposición ulterior del poder financiero.

Los keynesianos más afamados y amoldados al poder se han resignado al funcionamiento regresivo del capitalismo. No solo convalidan la gravitación de los banqueros, sino que aceptan la tormentosa expansión del desempleo. Esta actitud los sitúa muy cerca de las posturas conservadoras. Su apoyo al socorro estatal de los bancos es un ejemplo de esa adaptación.

Esta orientación actualiza el patrón de estrategias macro-económicas, que en la postguerra adoptaron en común los keynesianos y los neoclásicos. Esas convergencias se repitieron posteriormente, mediante regulaciones adaptadas a los principios del libre-mercado y políticas anti-cíclicas amoldadas a los criterios neoliberales.

¿Capitalismo humano? Otras vertientes heterodoxas discrepan con esa confluencia y proponen una remodelación progresiva del capitalismo, mediante la reducción de la desigualdad. Convocan a revertir el modelo anglosajón a favor de un esquema socialdemócrata para sustituir el neoliberalismo financiero por algún relanzamiento productivo.

Ciertas versiones de este enfoque sugieren introducir de inmediato medidas de protección de los grupos más afectados por la crisis (frenar desalojos, aumentar el seguro de desempleo, introducir un ingreso mínimo universal), junto a reformas sociales (especialmente en salud y educación) que permitan restablecer el destruido estado de bienestar. Otros postulan recrear el espíritu del laborismo y la estrategia de la economía mixta.

Estas visiones no ocultan su nostalgia por el esquema que naufragó en los años 70. Pero convocan a resucitarlo sin explicar las causas de su hundimiento. Cuestionan en forma simultánea al liberalismo y a la gestión colectivista, destacando el carácter fallido de ambos experimentos. Pero olvidan agregar que la estrategia socialdemócrata fue ensayada en mayor escala durante gran parte del siglo XX. No se entiende por qué razón exceptúan a ese esquema de las grandes frustraciones de la centuria pasada.

Muchas de estas vertientes comparten la expectativa de humanizar al capitalismo. Consideran que este sistema perderá su impronta brutal, a medida que las reformas sensibilicen a las elites que comandan el sistema.

Pero este tipo de llamados nunca encuentra eco entre los altos funcionarios de los Estados. Estos directivos suelen amoldar el sistema a las cambiantes necesidades de las clases dominantes. Propician acotadas mejoras sociales en los momentos de gran descontento popular y anulan estas reformas en los períodos de reflujo de la resistencia. Lo mismo ocurre con las regulaciones financieras. El capitalismo incorpora ciertos controles que abandona cuando se diluyen las tensiones.

Lo que torna imposible la gestación de un “capitalismo humano” es la continuada rivalidad por el beneficio. La búsqueda de este inalcanzable objetivo conduce a dilapidar las energías transformadoras de la población. Un sistema asentado en la explotación del hombre por el hombre no puede ser humanizado, ya que vulnera el principio básico de la convivencia entre individuos. Mientras que la competencia por la ganancia impide generar relaciones de cooperación, la ambición por el lucro impone una despiadada cultura de arribismo, egoísmo y darwinismo social.

Estos pilares del sistema explican también la periódica recreación de esquemas regulados y liberales. Cuando el principio de la rentabilidad es afectado por el primer curso se abre una traumática sustitución hacia el segundo y en condiciones inversas opera la tendencia complementaria.

La compulsión de los dominadores a agredir a los trabajadores constituye un rasgo intrínseco del capitalismo y no un defecto exclusivo del modelo anglosajón. La conducta conservadora que adoptan los socialdemócratas cuando asumen el gobierno es una prueba contundente de esta dinámica. Lo único que puede limitar los atropellos de los dominadores es la resistencia social de los oprimidos y la gestación de estrategias políticas anticapitalistas.

Un nuevo tipo de socialismo. La visión heterodoxa convencional es impugnada por muchos analistas radicales, que cuestionan los remiendos superficiales a la misma estructura de dominación. Resaltan la profundidad de la crisis actual, destacando la multiplicidad de sus impactos y objetando la simple apelación a las regulaciones. Consideran que el estallido del 2008-10 ha puesto contra las cuerdas a todo el régimen de acumulación instaurado por el neoliberalismo.

Este enfoque evalúa acertadamente la magnitud del temblor, pero no explica las conexiones existentes entre este esquema y sus pilares capitalistas. La convulsión actual presenta un doble alcance: afecta las estructuras del neoliberalismo, pero socava al mismo tiempo sus cimientos capitalistas.

Es un error divorciar ambas facetas, aludiendo de forma genérica al carácter sistémico de la crisis, sin precisar su naturaleza capitalista. Hay que subrayar cuál es el modo de producción corroído por esa eclosión. Si se recurre a múltiples términos y calificaciones sin mencionar a este sistema, resulta imposible comprender el sentido de la crisis.

La principal implicación de esta caracterización es su corolario. Cuando se resalta el carácter capitalista de la crisis se pone también sobre la mesa la necesidad de una opción socialista. El capitalismo no es una variante de las relaciones entre la sociedad civil y el Estado, que podría mejorarse perfeccionando una u otra entidad. Es un régimen asentado en la propiedad privada de los medios de producción y en la explotación del trabajo asalariado, que sólo puede erradicarse con iniciativas de construcción socialista.

El significado de esta meta ha generado muchos interrogantes desde el colapso del denominado “socialismo real”. Este desplome introdujo gran desconfianza en la posibilidad de gestar una sociedad que supere las desgracias del capitalismo. Pero la reaparición de la crisis vuelve a poner en debate esta opción.

Hasta los fanáticos defensores del orden vigente, reconocen en la actualidad, que el capitalismo ha perdido la atracción que reconquistó luego de la implosión de la URSS. En otros textos hemos explicado por qué razón ese derrumbe coronó el fracaso de una experiencia incompatible con un genuino proyecto socialista. También señalamos en qué medida resulta indispensable reconstituir esta meta sobre nuevos pilares democráticos y revolucionarios.

Un horizonte de este tipo presupone propuestas anticapitalistas, también ajenas al “socialismo de mercado”, que planteó inicialmente la irrupción de China en el escenario global. Las referencias a ese proyecto han declinado en los últimos años, con la consolidación de una clase dominante que afianza la conversión de ese país en una típica potencia capitalista. Este acelerado viraje torna particularmente ilusorias las expectativas de forjar un “consenso de Pekín” progresista y favorable, en contraposición al regresivo “consenso de Washington” .

Ningún dato de la política internacional de China avala esta creencia. Al contrario, todas las iniciativas que adopta el gigante oriental en Asia, África o América Latina están guiadas por cálculos de rentabilidad y ambiciones de dominación. En los tratados comerciales, en los convenios de inversión y en las definiciones geopolíticas, no existen diferencias significativas entre China y Estados Unidos, Europa o Japón.

El socialismo es un proyecto a recrear desde abajo, con experiencias que abran horizontes anti-capitalistas. En estas acciones comenzarían a vislumbrarse los contornos de un futuro de igualdad, democracia y libertad. Se han propuesto muchos términos para definir ese porvenir, pero el socialismo continúa aportando la denominación más certera. El desafío es adaptar esa meta a un nuevo tipo de cataclismo, que amenaza a la sociedad contemporánea.˜

(Tomado de argenpress, 6/V/10).

Notas:

Ver: Le Monde, 30/III/10.

Escenarios de este tipo son evaluados por analistas como: Yeldan Erinc, “On the nature and causes of the collapse of wealth of nations”, Working Series n 197, PERI, Amherst, 2009.

La diferencia entre ambas variantes es parcialmente expuesta por Arrighi Giovanni, “The winding paths of capital”, New Left Review 56, March-April 2009.

Entre 1946 y 1956 la deuda pública del país pasó de 271 mil millones de dólares a 274 mil, pero como el PIB se duplicó y se registró una inflación del 40%, la deuda quedó reducida en forma drástica. La repetición de este esquema enfrenta enormes obstáculos en la actualidad. Ver: Krugman Paul, “La deuda de Grecia, una espiral mortal hacia el default”, Clarín, 10/IV/10.

Esta nueva proyección espacial es analizada por Harvey David. Los límites del capitalismo y la teoría marxista, Editorial Fondo de Cultura Económica; 1990 (cap 13- Punto 6 y cap 10).

Pantich estima que tendrá un alcance limitado y Brenner que producirá un desmoronamiento mayúsculo. Panitch Leo, Konings Martijn, “US Financial power in crisis”, Historical Materialism, vol 16, Issue 4, 2008. Brenner Robert, “Un análisis histórico-económico de la actual crisis”, Sin Permiso, 22/II/09.

Una apología de este tipo plantea: Sorman Guy, “El sistema capitalista no muere, siempre rebota”, Clarín, 28/X/09.

Esta visión es expuesta por: Orlean André, “La crise moteur du capitalisme”, Le Monde, 30/III/10. También Ghymers Christian, “Una visión europea”, XI Encuentro Internacional sobre Globalización y problemas del Desarrollo, La Habana, 2-6 marzo 2009. D´Arista Jane, “Limitar el apalancamiento”, Página 12, 26/V/09.

Estos planteamientos han sido formulados por Krugman Paul, “Es hora de reflotar la tasa Tobin”, Clarín, 28/XI/09. Krugman Paul, “Los dilemas de nacionalizar”, Clarín, 7/III/09. También: Stiglitz Joseph, “Un nuevo sistema de crédito es vital para frenar esta crisis”, Clarín, 11/IV/09. Lavagna Roberto, “La crisis global reclama reformas no cosméticas”, Clarín, 24/II/09.

Blackburn Robin, “La crisis de las hipotecas subprime”, New Left Review, n 50, 2008.

Boyer Robert, “Hoy el estado está en mejor posición para definir el futuro”, Página 12, 29/XII/08. Hobsbawn Eric, “Si el socialismo colapsó y el capitalismo está en bancarrota: ¿qué viene después?”, 29/IX/08 www.kaosenlared.net

Un proyecto de este tipo expone: Ricupero Rubens, “De la crisis global surgirá un capitalismo mucho más humano”, La Nación, 3/VI/09.

Ver por ejemplo: Guillen Arturo, “En la encrucijada de la crisis global”, ALAI, 18/VI/09.

También Kregel Jan, “Regulaciones para después de la crisis”, Página 12, 26/V/09. Kregel, Jan, “Taming the bond market vigilantes: gaining policy space”, XI Encuentro Internacional sobre Globalización y problemas del Desarrollo, La Habana, 2-6 marzo 2009.

Katz Claudio, El porvenir del socialismo. Primera edición: Editorial. Herramienta e Imago Mundi, Buenos Aires, 2004. Segunda edición: Monte Avila, Caracas, 2006.

Esta tesis Arrighi Giovanni, Adam Smith en Pekín, Akal Madrid, 2007 (epílogo).

FERNANDO DEL PASO: El Estado laico no necesita el perdón de dios

I. La Iglesia y la ignorancia. Dijo el obispo: el pueblo mexicano no es laico.

Tiene razón: los pueblos no son laicos. Los individuos no son laicos. Son los Estados los que son laicos. Son las instituciones las que son laicas.

Pero el obispo, y con él la Iglesia, fingen ignorarlo, y le echan la culpa del laicismo a Satanás. De la misma manera que los antisemitas lo atribuyen a una conspiración judeo-masónica o algunos “intelectuales” musulmanes lo acusan de ser un “producto puro del judaísmo talmúdico”, o como los anticomunistas lo endilgan a Carlos Marx.

La Iglesia finge ignorar que el propio Marx, y con él Engels, y con ello los promotores del laicismo en Francia: Condorcet, Aristides Briand y Jean Jaurés, advirtieron sobre el peligro de “una visión del mundo basada en el odio hacia la religión”.

La Iglesia prefiere no saber que en el siglo XVIII, el más jacobino de los jacobinos, Robespierre, condenó al anticristianismo feroz de la Revolución Francesa.

La Iglesia, al menos la Iglesia mexicana, prefiere pensar que el Estado laico fue la invención de un partido político mexicano.

La Iglesia olvida que la formulación del laicismo como una “doctrina que preconiza la independencia del hombre, la sociedad y el Estado frente a todo tipo de influencia religiosa o eclesiástica”, apareció en la Baja Edad Media. Esto lo afirma el Diccionario de ciencias jurídicas, políticas, sociales y de economía, dirigido por Víctor de Santo.

La Iglesia olvida que la inviolabilidad entre las dos jurisdicciones –que son la propia Iglesia y el Estado– fue configurada desde finales del siglo V, con la anuencia del papa Gelasio I, con la imagen de “las dos espadas” que no pueden empuñarse con una sola mano. Con una de ellas se defiende a la Iglesia. Con la otra, al Estado.

La Iglesia mexicana no sabe que el laicismo –o laicidad– fue enarbolado como defensa de la recién nacida Tercera República francesa, a la que se unieron protestantes y judíos, atemorizados por el dogma de la infalibilidad papal, promulgado por Pío IX, el Papa que en un documento, el Syllabus, anexó a su encíclica Quanta cura, condenó como un error la opinión en el sentido de que “el pontífice romano puede y debe reconciliarse, y estar de acuerdo, con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna”. Esto no era sino un eco de la declaración hecha varios siglos antes por Pío VI, quien no había vacilado en condenar como sacrilegio la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, así como la libertad de expresión. En su encíclica Quod aliquantum dijo que no podía “imaginarse tontería mayor que tener a todos los hombres por igual y libres”.

En Francia, una vez adoptado el laicismo por la República, no tardó en aplicarse a la enseñanza pública. Se hizo célebre una frase de Adophe Crémieux: “El cura a la iglesia y el profesor a la escuela”, y quien fuera ministro de Instrucción Pública de 1879 a 1885, Jules Ferry, puso en vigor la ley del 28 de marzo de 1882, que confirió a la enseñanza primaria las características de gratuidad y laicismo. Al mismo tiempo, se prohibió la enseñanza religiosa en las escuelas primarias del Estado.

Siete años más tarde, en México, y sin duda inspirado por la legislación francesa, el llamado Primer Congreso Pedagógico Nacional postuló también la instrucción primaria, laica, obligatoria y gratuita, cuya ley reglamentaria entró en vigor en 1892.

Francia presume de haber sido el país que inventó el Estado laico. Así fue, pero no todos los avances del laicismo en Occidente se han debido a los franceses.

Por ejemplo, fue sólo hasta 1905 que se estableció, en Francia, la separación definitiva de la Iglesia y el Estado. Esta separación había ya tenido lugar en México casi medio siglo antes.

Y esto es un orgullo para México.

Pero...

II. ¿Qué tan “laico” es el Estado mexicano? En México, en el Estado laico mexicano, la Iglesia católica está exenta de pagar impuestos. No paga impuesto sobre la renta. No paga IETU. No tiene, siquiera, la obligación de hacer una declaración fiscal anual. Y este extraordinario privilegio, una de las tantas, quizás la peor de las varias aberraciones del sistema tributario mexicano, no fue concedido por un gobierno panista. Viene de lejos.

Esto quiere decir que la Iglesia mexicana, de todos esos inmensos ingresos destinados a engordar las arcas del Vaticano y las suyas propias, no dispone de un solo centavo destinado a enriquecer el erario nacional.

Quiere decir que la Iglesia no participa, ni con una décima de centavo, en la lucha contra la inseguridad y el crimen.

Que la Iglesia no contribuye, ni con una centésima de centavo, a la educación del pueblo mexicano.

Que la Iglesia, que con sus ingresos le alcanza y sobra para pagar los jugosos salarios de sus obispos, arzobispos y cardenales, sus palacetes, sus viajes a Roma, sus automóviles y sus choferes, sus inscripciones en los clubes de golf, no colabora, ni con la milésima de un centavo, a la salud del pueblo mexicano.

Y quiere decir que el Estado mexicano financia, cuando menos en una tercera parte, todos los gastos de la Iglesia mexicana. Quiere decir que el Estado que se llama “laico”, es sólo laico a medias.

Y esto es una desgracia para México. Esto es corrupción. Corrupción de la Iglesia y corrupción del Estado. Equivale a un soborno que el Estado le paga a Iglesia para tenerla tranquila y callada.

Es la Iglesia mexicana la que necesita el perdón de dios, y el de sus fieles. Es el Estado quasi laico mexicano, el que necesita el perdón de los mexicanos.

El 2010 sería una magnífica oportunidad para que en este 15 de septiembre, y en nombre de la libertad, el presidente incluyera, en el Grito de Independencia, la expresión “¡Viva el Estado Laico Mexicano!”

Lo invito, con todo respeto, señor Felipe Calderón, a hacer así, y a restaurar la integridad de nuestro laicismo.

(Texto de Fernando del Paso, La Jornada, 8/IX/10).

FERNANDO DEL PASO: Plegaria de los huérfanos

Nosotros, Señor, los niños huérfanos y las niñas huérfanas de México te rogamos:

Déjanos gozar la plenitud de nuestra orfandad.

Nuestros padres murieron porque fue tu Voluntad. Nuestros padres nos abandonaron porque fue tu Voluntad. Porque Tú así lo quisiste, nuestras madres fueron violadas por desconocidos a los que nunca volvieron a ver, y ellas nos arrojaron a un basurero o nos dejaron a las puertas de un Templo.

Déjanos, Señor, honrar tu Divina Voluntad.

Es nuestro privilegio.

No nos entregues a la adopción de parejas del mismo sexo. Por mucho amor que piensen darnos.

Por mucho amor que, de verdad, nos den.

Preferimos el desamor del abandono.

Preferimos el desamor de la indiferencia.

Es nuestro privilegio.

Preferimos, a tener dos padres amorosos o dos madres amorosas, vivir como vinimos a este mundo: sin un solo padre, sin una sola madre. Preferimos, a tener el amor toda la vida de dos hombres o dos mujeres de buenas intenciones y buena alma, no tener el amor de nadie desde siempre y para siempre.

Preferimos el desamor de la orfandad.

Déjanos, Señor, la libertad de vivir como huérfanos en un orfanatorio. De vestir como huérfanos, el uniforme del orfanatorio. De comer, como huérfanos, la miserable comida del orfanatorio. De dormir, como huérfanos, en los multitudinarios dormitorios de los orfanatorios. Déjanos, Señor, que cuando lleguemos a los albores de nuestra adolescencia nos echen a la calle, como a todos los huérfanos, del orfanatorio.

Es nuestro privilegio.

Así honramos tu Divina Voluntad.

Déjanos, Señor, quedarnos sin estudios, crecer sin moral y sin religión, sin nadie a quien aprendamos a amar, sin nadie que nos enseñe a amarte.

Déjanos ser niños de la calle, hombres de la calle, mujeres de la calle.

Déjanos disfrazarnos de payasos y malabaristas para malganarnos la vida en las esquinas.

Déjanos ser franeleros toda la vida. Déjanos ser mendigos.

Es nuestro privilegio.

Déjanos dedicarnos a limpiar los parabrisas de los automóviles.

Déjanos ser presa fácil del crimen y de la droga, del alcohol.

Déjanos ser criminales. Déjanos ser ladrones y narcos.

Déjanos caer muertos a los veinte años de una sobredosis.

Déjanos morir de hambre en un callejón, déjanos ser asesinados en la flor de nuestra juventud.

Déjanos vivir parte de nuestra orfandad en las cárceles.

Es nuestro privilegio.

Danos la oportunidad, como se la diste a nuestros padres biológicos, de fundar hogares que podamos destruir para poder tener hijos que, con su orfandad, sean el espejo de la orfandad de sus padres y de sus madres, de su crueldad, de su irresponsabilidad, de su desapego.

Déjanos, Señor, prostituirnos a los doce, a los trece, a los catorce años.

Déjanos, Señor, ser las putitas y los putitos de los proxenetas.

Déjanos, Señor, ser pasto de los pederastas en las escuelas, en tus templos.

Pero no nos des por guía a dos mujeres, o a dos hombres, aunque todos sean, como nosotros, tus hijos, y todos, como nosotros, seres humanos. Por mucho amor que nos prometan. Por mucho amor que nos tengan. Y así nos colmen con alegrías y comprensión. Así nos dignifiquen como pobres criaturas de dios y por mucho amor que tengan a ti mismo. No merecen nuestro amor recíproco porque no merecen, siquiera, el tuyo.

Preferimos el desamor de la ausencia. Preferimos el desamor del olvido.

Pero si es tu Divina Voluntad, Señor, darnos un hogar y arrancarnos así el privilegio de no haberlo tenido, Señor, haz que las buenas familias cristianas de México que ya tienen hijos, nos adopten; haz que todas las parejas sin hijos de México, nos adopten. A todos, Señor. Cualquiera sea el color de nuestra piel. Así seamos blancos o indios, negros. Así estemos ciegos, o cojos, o mudos. Tú, si te lo propones, Señor, puedes hacerlo.

Diles a esas buenas familias cristianas que así aliviarán sus conciencias: evitándonos ser adoptados por parejas del mismo sexo.

No nos des dos padres o dos madres, Señor. Tú nos diste el frío de la ciudad y el silencio de la noche: los preferimos al calor de sus hogares y a la dulzura de sus palabras.

Y si nada de esto puedes hacer porque no lo quieres hacer, porque tu Divina y misteriosa e inescrutable Divina Voluntad se impone a tu Divina Omnipotencia, Señor, déjanos tranquilos.

Déjanos, así como nacimos parias, ser parias toda la vida para salvaguardar tu Voluntad. Déjanos crecer desprotegidos en el desamor de la intemperie, en la periferia de la sociedad, en el vacío del rechazo y el desdén.

Déjanos Tú, tú, el Señor sin cuya voluntad no se mueve la hoja de un árbol, déjanos, Señor, que como hojas nos arrastre el viento de la soledad.

Es nuestro privilegio: somos los privilegiados de la Tierra porque sabemos que, gracias a tu infinita Misericordia, le has prometido, a aquellos que en esta vida habitan un infierno, que en la otra vida serán ciudadanos del Reino de los Cielos.

Gracias, Señor.

(Texto de Fernando del Paso, La Jornada, 18/VIII/10).